La designación de Alicia Castro como nueva embajadora argentina en Venezuela sorprendió a muchos. A quienes escuchan la palabras del Presidente, porque Néstor Kirchner había descartado su nombre cuando circuló aun antes que el de Nilda Garré, su antecesora. Pero también ha llamado la atención de los francotiradores de la izquierda, un sector con el cual la sindicalista ha querido congraciarse durante años, pese a que es difícil encontrar una articulación ideológica en la carrera de esta ex diputada. La página «Argenpress», que expresa percepciones del izquierdismo criollo, trazó un perdil de la sindicalista de las aeromozas del cual reproducimos algunos fragmentos.
Alicia Castro, embajadora en Caracas, es una de las muestras más fulgurantes de pragmatismo de los últimos años en la Argentina. Se trata de un pragmatismo de doble rostro -como el de Jano: doble es la palabra que ella usó contra su ex aliado Chacho Alvarez, calificativo feo que ahora bien podría usar Chacho contra ella y ambos tendrían razón-. Veamos.
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Castro tiene derecho a ser embajadora, eso no es lo criticable. Lo cuestionable es que con su decisión -política- borra casi todo lo que ha dicho sobre el gobierno del que será embajadora. En esa contradicción nace su pragmatismo (también lo llaman realismo, quizá por oposición a «utopía», que implica principios), en todo caso, es la ideología de quienes actúan sobre la realidad para someterse a ella en nombre de sus intereses individuales, no para transformarla en nombre de intereses generales.
Alicia Castro era adversaria de Kirchner y su entorno de poder desde mediados de 2002. En junio de ese año, cuando se cocían las habas del proceso electoral «de salvación nacional» ante el desbarajuste vivido con el argentinazo, Cristina de Kirchner fue la encargada de recibir el primer No de Alicia, a la oferta de Néstor, entonces gobernador de Santa Cruz, para acompañarlo en la fórmula como candidata a vicepresidencia.
Desde aquel No electoral -que la hubiera convertido en la Chacho Alvarez del gobierno actual- Alicia decidió ser la menos transversal de los transversales que acompañan al gobierno: sus críticas al régimen del presidente santacruceño fueron sistemáticas en cada uno de los temas centrales de la política económica, internacional, laboral y nacional.
Nadie olvida su « banderazo» en 2002 contra un Congreso arrodillado a los yanquis y al FMI, pero también es un recuerdo reciente su crítica feroz a lo que hizo el gobierno actual con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central de la República Argentina, las tropas enviadas a Haití, el tráfico de drogas en Southern Winds, la política aeronáutica nacional, la solicitud de renuncia del secretario de Transporte Ricardo Jaime, o su caso más sonado en la prensa: el enfrentamiento feroz con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, ex cavallista denunciado por ella en forma reiterada desde mayo de 2003.
Advertencia
A Fernández le dijo en su cara, en el recinto del Congreso Nacional, hace exactamente 13 meses lo siguiente: «Si el señor jefe de Gabinete (Alberto Fernández) se ríe y no se da cuenta de que tenemos que decidir entre todos si esto va a ser la Argentina o Colombia seguiremos adelante con una convocatoria a la sociedad civil para terminar con la corrupción».
Si es verdad aquella expresión hegeliana según la cual la historia se repite, pero por su lado feo ( primero como tragedia después como farsa), la nueva embajadora es una muestra diminuta de lo que el sabio alemán señalaba para el movimiento de la humanidad conformada en Estados y luchas por el Estado.
Comencemos por lo último. El encargado de negociar con Alicia su pase completo al 'transversalismo K' fue el mismo funcionario cuyo rostro se desmadejaba cuando ella lo imprecaba hace exactamente 13 meses en el recinto: Alberto Fernández.
Alicia decidió silenciar sus críticas desde finales del año 2005, hace cuatro meses, muy poco después ( octubre) de descubrir que se había quedado sin destino político en la Argentina.
Por esas carambolas del pragmatismo y el realismo oportunista al que nos tiene acostumbrado el modo burgués de practicar la política, Alicia Castro terminó al servicio de aquello que criticó.
Su correcta filípica contra Chacho Alvarez terminó volviéndose contra ella, como si hubiera escupido hacia arriba sin moverse de su lugar. Hoy, el jefe del Mercosur representa al mismo gobierno que ella representará en Caracas.
En diciembre de 2003, en el prólogo al libro «El agente doble», ella le dijo a Alvarez unas cuantas verdades.
Por ejemplo: «Alvarez integra en su accionar político la lógica del otro, no como supremo estratega -ahí radicaría su mecanismo estratégico- sino como un perverso efecto especular que produjo confusión por la cual los hasta ahora enemigos parecían cómplices salvadores y los compañeros de ruta mediocres que nada comprendían».
Y le preguntó en el mismo texto: «¿Cuál era su fe verdadera?». Y como si se respondiera a ella misma en forma profética, afirma en el primer párrafo del prólogo: «Demasiado preocupado por sí mismo y su destino, Alvarez funcionó como un agente doble, infiltrado en el campo popular, llevado por el voto progresista, que en la Argentina ha sido definitorio de las elecciones en los últimos veinte años».
Rostros
El primer rostro del pragmatismo muestra al gobierno colocando en una embajada clave a una de sus más cercanas críticas dentro del peronismo. El segundo rostro del pragmatismo muestra a la ex diputada, ex azafata, ex candidata, ex militante nacionalista, entregando todo, absolutamente todo, con tal de no quedar afuera del flash histórico del actual momento latinoamericano.
Un político (o política) habituado a una poltrona de Estado (aunque sea en un sindicato), debe sentirse como alguien que pierde su razón de ser, su destino. Algo así como lo que señalaba Heidegger para el hombre genérico atrapado en las angustias de las entreguerras. Alicia, al final de su fugaz carrera política terminó como el pequeño burgués del siglo XX, envuelta en una existencia con un horizonte incierto.
Desde los lujos del tradicional edificio Kavanagh, Alicia Castro sube a lo más alto de la espuma de la Cancillería como embajadora en Venezuela. El punto justo de la crema kirchnerista para un transversal autodidacta. Que no se corte, pensará en su fuero íntimo desde las comodidades de la quinta Buenos Aires, al Este de Caracas.
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