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Al no tratarse de una visita oficial ni de Estado, no habrá un ceremonial demasiado pomposo para la pareja argentina, que viaja a España en compañía de ministros clave, como Rafael Bielsa, Julio De Vido y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández. A propósito de Bielsa, De Vido consiguió ayer enloquecerle «la casa». El problema nace de que este viaje de Kirchner pretende ser motivo de una reconciliación con la dirigencia española, sobre todo con las empresas que invirtieron en el negocio de los servicios públicos. Por lo tanto quien maneja los horarios y movimientos del Presidente, en reuniones en general reservadas, es De Vido, el titular de Infraestructura. Nada más inquietante para la diplomacia tradicional que no poder controlar los movimientos del jefe de Estado en la visita a otro país. Es lo que enardecía anoche a los funcionarios del Palacio San Martín.
El clima será otro en esta oportunidad, por más que a Kirchner le costará llamar la atención como durante el primer viaje. Sucede que don Juan Carlos y doña Sofía están pendientes de «la boda del siglo», que protagonizarán su hijo Felipe con la periodista Letizia Ortiz. Es en marzo. El mismo mes en que Aznar dejará el poder, lo que lo tiene obviamente muy distraído en la campaña de su delfín Rajoy. Kirchner todavía no está en situación de afrontar la boda de sus hijos pero sí entiende de urgencias electorales, por lo que será tolerante con algún desliz de sus anfitriones (en el viaje de regreso a Monterrey admitió, también, que a George W. Bush no había que molestarlo porque está sumergido en el proselitismo). En este contexto, la entrevista con Rajoy y Rodríguez Zapatero es una señal de reconocimiento importante.
Si se mira el cuadro con menos frivolidad, la importancia que el establishment español le concede a la visita de Kirchner se debe a que dirigentes políticos y empresariales deben decidir si vuelven a apostar a la Argentina como nexo principal de la península con Latinoamérica. En el seno de la administración de Aznar existe un debate, bastante sonoro, sobre la conveniencia de sellar una alianza con Brasil. Algunos diplomáticos de primer nivel de la Argentina, que ocuparon en su momento la Cancillería, asistieron a estas discusiones. Kirchner tal vez escuche de boca de Aznar algo que ya escucharon otros interlocutores argentinos: «La caída de vosotros fue el episodio más dramático que debía afrontar en el terreno internacional, porque puso en tela de juicio una apuesta estratégica de expansión atlántica de España». ¿Habrá terminado ese ciclo de disgustos e incertidumbre? ¿Podrá Madrid apostar de nuevo a que Buenos Aires sea su puerta de entrada, cuando el resto de Europa mira con ojos ambiciosos el ingreso de nuevos países a la Unión desde el Este? Estas son las preguntas que, en definitiva, se espera que conteste Kirchner en este viaje.
De manera estilizada, tales inquisiciones aparecerán en la mesa del rey. Cualquiera sea el tema que se trate, habrá seguramente un capítulo para el Congreso Iberoamericano de la Lengua, que debe realizarse este año en Rosario, que presidirá Cristina Kirchner y que contará con la asistencia de los monarcas. En la organización de esta asamblea, que ya se realizó en Valladolid en 2001, intervienen 22 Academias de la Lengua de países hispanoamericanos y también una representación de los Estados Unidos. Se trata sólo superficialmente de un detalle, ya que a través de este simposio España pretende trazar en el plano simbólico un arco que la asocie con sus ex colonias, pero también con los Estados Unidos. Se podría leer allí el mapa en el cual la dirigencia española ve incluido a su país a partir de la Guerra de Irak y la nueva alianza atlántica.
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