28 de julio 2006 - 00:00

Estrategia K en peligro: una escalera complicó a Cristina

Cristina Kirchner
Cristina Kirchner
Nadie conoce a ciencia cierta si la racionalidad de Cristina Fernández de Kirchner admite alguna veta de, por decirlo respetuosamente, «pensamiento lateral». En cambio, las cosas están más claras en su esposo, Néstor Kirchner. Como todo líder político que se precie, el santacruceño apela a cábalas e incurre en supersticiones. No hay necesidad de curiosear en su proverbial pasión por la ruleta para confirmar esa propensión. El mismo dio testimonio de ella al hacer los «cuernitos» y tocar madera ante la presencia de quien ostentó su investidura en los 90, Carlos Menem. El riojano no tendría de qué quejarse si no fuera porque también él cultiva brujas, confía en los astros y, como Kirchner, disfruta de los juegos de azar. El poder, ya lo descubrió Maquiavelo,es tan veleidoso como la fortuna y eso explica estas devociones de quienes lo persiguen.

En el caso de la primera dama, todo está por verse en este aspecto. Pero tal vez un episodio que protagonizó esta semana será propicio para poner a prueba su talante frente a los arcanos de la suerte. El lunes, la senadora Kirchner visitó el Palacio San Martín, sede de la Cancillería, con motivo de una reunión de partidos políticos de centroizquierda de Sudamérica. Una más de las que se vienen realizando, con su participación infaltable, desde 2003. El antiguo palacio Anchorena está en restauración, lo que obligó a bloquear las grandes escaleras que se abren a cada lado del gran portal, dando paso a las galerías en elipse. Imposible acceder por allí a los salones.

La esposa del Presidente resolvió la dificultad de la manera más lógica. Cruzó el patio, rodeó el pequeño monumento al general José de San Martín y alcanzó el primer piso por la escalera de dos brazos que se disimula detrás de ese busto. Sólo quienes no conocen los misterios de la casa se asombraron de que la senadora Kirchner hiciera ese tramo sin escolta alguna.

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  • Los diplomáticos que acompañaban hasta allí a la primera dama se frenaron ante esos peldaños. La razón se hunde en el fondo de la historia: una versión muy firme pero de origen indocumentado afirma que esa escalera está maldita. «Nadie que esté en carrera hacia alguna posición subiría jamás por allí, hay mil ejemplos de que es ' fúlmine'», confió un diplomático experimentado.

    Es cierto. Uno de los casos tiene dimensiones importantes. En la Cancillería se recuerda con precisión que el 10 de diciembre de 1983, cuando inauguraba su gobierno, Raúl Alfonsín concurrió a la misma residencia para el besamanos de rigor con los miembros del cuerpo diplomático. Al terminar la ceremonia, salió del brazo de su amigo, el embajador Oscar Torres Avalos, «el Buda». Ya era tarde cuando este dirigente radical le gritó: «¡Por ahí no, Raúl!». Desde aquel descuido, en el Palacio San Martín siempre le olieron mal final a esa gestión alfonsinista. Mejor no recordar su término.

    Veinte años antes, en los 60, otro radical, Miguel Angel Zavala Ortiz, sentenciaba: «La maldad de muchos diplomáticos de carrera es tan grande que su efluvio ha conseguido embrujar esa escalera». Ya antes de que este puntano, canciller de Arturo Illia, detectara el fenómeno, los funcionarios de «la casa» se negaban a transitar por esos escalones. «Si uno es embajador, no hay problema, ya llegó. Pero si se está con alguna aspiración, mejor ni pasar cerca», explicó ayer a este diario uno de los patriarcas de la diplomacia nacional.

    Cristina, se supone, no llegó al final de su periplo profesional. Tal vez lo esté buscando ahora, cuando se la presume lanzada a la Presidencia de la Nación. Mirado su movimiento con los ojos de su marido, la del lunes fue una pésima operación que obligaría a repensar toda la estrategia, si es que se siguen los consejos de los exagerados devotos de la diosa Fortuna (o, si se prefiere, Tiché, Velón, Urd o Lakshmi-Devi, en las distintas religiones).

    Queda para el futuro develar qué efectos producirá la escalera maldita del Palacio San Martín en el curso vital de Cristina Kirchner. Tal vez antes se conozca su influencia en otra carrera, la de Marcelo Pujó. Es el director nacional de Ceremonial, un diplomático con rango de ministro, quien podría inaugurar otra serie: la de aquellos que perdieron su carrera por negarse a pisar, sin dar aviso, los peldaños del palacio.

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