Contrariando sus promesas de poner fin a las negociaciones con la Justicia, el gobierno ya ha comenzado a explorar sigilosamente la posibilidad de conseguir el retiro de algunos miembros de la Corte Suprema. Al revés de lo intentado en la administración anterior, no se busca ahora la remoción de los nueve miembros, sino persuadir a los que estén en condiciones de retirarse por cuestiones de edad o enfermedad. Lo curioso radica en quién es el emisario ante los magistrados: Santiago de Estrada, ex secretario de Seguridad Social y ex embajador ante el Vaticano. Si su gestión da resultados, Néstor Kirchner se verá obligado a agradecer a hombres ligados a un sector del catolicismo (Gustavo Béliz, Pablo Lanusse) que no es precisamente del agrado de la corriente principal del gobierno.
Fiel a lo que él denomina ejercicio «paulatino» de la gestión -en términos futbolísticos, el «paso a paso» de su mentor racinguista Reinaldo Merlo-, Néstor Kirchner ha empezado a operar sobre la Corte Suprema de Justicia. Más precisamente, sobre la posibilidad de que algunos de los 9 miembros abandone el cargo. Y, para ese fin, desde Justicia ya partió un emisario moderado, espiritual, hombre no asociado al kirchnerismo pero sí a cierta orden confesional que prevalece en ese ministerio (Gustavo Béliz, Pablo Lanusse). El personaje en cuestión es Santiago de Estrada, especialista en jubilados, otrora secretario de Seguridad Social, también embajador en la Santa Sede en un período que para la mayoría del oficialismo fue abominable.
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Tanto el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, como el propio Béliz han repetido hasta el hartazgo que «nada hay que negociar con la Justicia». Es cierto, debería ser lo correcto. Eso no invalida, sin embargo, una intermediación particular, no por fallos sino por hombres. La cuidada iniciativa actual se distingue del propósito frustrado y masivo de Eduardo Duhalde por remover toda la Corte, proyecto en el que se anotaron Béliz en su momento -pidió el juicio político de todos sus integrantes-; el actual jefe de la SIDE, Sergio Acevedo, y por lo tanto los Kirchner con la esposa a la cabeza. Por respeto institucional, necesario para los 4 años y medio que restan, hoy el procedimiento es diferente: no para una liquidación en bloque; más bien se intenta una escalada persuasiva (aunque siempre queda, pendiente, la posibilidad del juicio a uno o varios de sus miembros).
En eso, al parecer, se ha anotado De Estrada, quien inició una gestión no referida a presuntos errores, fallas o defecciones de los magistrados, sino a consensuar criterios con aquellos que por edad, enfermedad, ocupación o hartazgo podrían interesarse en un retiro voluntario, no traumático, razonable. Curioso sería que tuviera éxito esta gestión: no tanto por el esfuerzo, sino porque la Administración debería agradecérselo a un grupo de miembros (supernumerarios o no), prelaturas personales del Opus Dei, orden del catolicismo con la cual no precisamente parecen identificados los hombres del gobierno.
La reflexión ha sido obvia: para qué insistir en el cuestionamiento en juicio a Carlos Fayt, hombre que no se ha hecho rico ni nada parecido, destacado y reconocido jurista, autónomo y de origen socialista, cuando él ha superado en edad largamente el término lógico de una responsabilidad pública como la que ostenta. Ese juicio político es el primero que se encuentra en el Congreso para destituirlo; ¿vale la pena intentarlo cuando podrían analizarse otras consideraciones y no ser observado como un golpe institucional contra alguien a quien se imputa casi arbitrariamente? Ese momento de meditación se extiende a otros protagonistas.
Nadie ignora en las proximidades de la Corte que Guillermo López, otro de los miembros, pasa más tiempo en su casa que en el instituto. Está enfermo, arrastra problemas de salud que tal vez serían más sencillos de resolver en el descanso jubilatorio, voluntario. ¿Para qué, entonces, una forzada insistencia por voltearlo que lo obliga a presentarse -casi ser llevado-, sólo por espíritu de cuerpo o defensa personal, cada vez que hay una reunión de acuerdo importante? Quizás una interpretación semejante podría aplicarse a Antonio Boggiano, otro hombre del Opus Dei, ya famoso por sus ausencias debido a otras tareas internacionales que lo tienen, a menudo, fuera del país. O, tal vez, al titular de la Corte, Julio Nazareno, con buena parte de su familia en el exterior y cansado -no moralmente, sin duda- por el desgaste a que fue sometido el año pasado. O Adolfo Vázquez, quien ya manifestó varias veces su inquietud por una actividad en ocasiones indeseable por la presión política, casi siempre asumiendo posiciones irreductibles justamente para enfrentar esa presión discriminatoria (importa recordar que a otros hombres de la Corte se ha provisto de una indemnidad política aunque ofrecen flancos tanto o más abiertos que otros colegas).
De Estrada parece que ha asumido esta maniobra de inteligencia (se alude a un sindicalista, el de los porteros, José Santamaría, en una actitud semejante de afable gestor de salidas) para destaponar el tribunal. Aunque Kirchner rezaría por una renuncia total de los 9 -siempre se dijo que pretende volver a la Corte de 5 miembros- y ubicar en su reemplazo gente más afín, ahora podría conformarse con uno o dos retiros. Sueña con ubicar a Esteban Righi, ministro del Interior de Héctor Cámpora, a quien hoy la actividad ha situado con una perspectiva distinta a la de los '70, al extremo de que cuesta llamarlo «Bebe». Otros en el círculo oficial postulan a Eduardo Luis Duhalde, también con resabios de los '70, ahora de oro aunque siempre fueron de plomo, reciclado como camarista en tiempos de Carlos Menem, pero él podría tener otro destino judicial más modesto. Se podría hablar en materia de ese entorno, también en materia de albures, de Rafael Bielsa para el instituto si se generan vacantes.
Pero a ese propio límite que se habría impuesto Kirchner habría que agregarle otros deseos: el duhaldismo, que ya no puede imponer demasiadas condiciones, siempre confesó su voluntad de ubicar a dos personas en la Corte (una, con seguridad, León Arslanian, cofre de secretos de Duhalde). Si esto fuera así, la intentona pacífica y diplomática de Santiago de Estrada, tan imbuido de la cortesía y la cortesanía vaticanas, parece ceñirse por causas naturales o celestiales a la dimisión de uno o dos de los ministros con más voluntad para el sosiego.
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