A 50 años del golpe de Estado cívico militar del 24 de marzo de 1976, el dirigente de la UCR Federico Storani dialogó con Ámbito sobre el proceso que derivó en la ruptura democrática. Según el exdiputado y exministro del Interior, lo ocurrido hace medio siglo fue el resultado de un “deterioro creciente y profundo” de la vida institucional, atravesado por la violencia política, la crisis económica y la fractura interna del peronismo tras el regreso de Juan Domingo Perón al país.
Federico Storani, a 50 años del golpe de Estado: "Este es un Gobierno autoritario que reedita el plan de Martínez de Hoz"
El dirigente de la UCR entrevistado por Ámbito analizó cómo fue el contexto previo al arribo de la Junta Militar al poder hace medio siglo. Advirtió sobre similitudes entre aquel momento del país y el presente, con un plan económico que repite recetas de la dictadura.
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Consensos y tensiones a 50 años del golpe de Estado de 1976
Federico Storani, el dirigente radical recordó la época de la dictadura y cómo fue la salida del horror.
Storani señaló que el escenario previo al golpe estuvo marcado por la pérdida del monopolio estatal de la fuerza, con la irrupción de organizaciones armadas y grupos paraestatales como la Triple A, en un contexto de creciente inestabilidad. La muerte de Perón, la debilidad del gobierno de Isabel Martínez y el agravamiento del conflicto social terminaron de configurar una “cuenta regresiva” hacia el golpe del 24 de marzo de 1976.
Aunque sectores de la sociedad esperaban un ordenamiento, lo que se instaló fue un sistema de terrorismo de Estado, con desapariciones, torturas y persecución sistemática. 50 años después, la reconstrucción de ese período no solo permite comprender las condiciones que llevaron al quiebre institucional, sino también reflexionar sobre los desafíos pendientes de la democracia argentina, con algunas similitudes con la época actual.
Entrevista a Federico Storani, a 50 años del golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976
Periodista: ¿Cómo se llegó al 24 de marzo de 1976? ¿Cómo fueron los años y meses previos, especialmente en los ‘70 con la vuelta de Juan Domingo Perón al país?
Federico Storani: La vuelta de Perón generó una gran expectativa, con momentos buenos y otros muy malos. Su regreso estuvo marcado por hechos de violencia como la masacre de Ezeiza. Ya existía un enfrentamiento abierto entre sectores de extrema derecha del peronismo y sectores más radicalizados de la juventud peronista y Montoneros. El desenlace del 24 de marzo fue precedido por un deterioro creciente y muy profundo en prácticamente todos los aspectos de la vida nacional. Destaco especialmente la pérdida del monopolio del ejercicio de la fuerza, con organizaciones armadas que asediaban al Gobierno, incluso algunas provenientes del propio peronismo como Montoneros.
Esta escalada de violencia fue incrementándose, a pesar de que el radicalismo tuvo una actitud que se expresó simbólicamente en el abrazo de Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín, que se dio en la casa de Gaspar Campos, donde residió inicialmente Perón. Esa relación se cultivó tanto que en su momento se llevó a hablar a la posibilidad de una fórmula Perón-Balbín, como una muestra de un símbolo de unidad nacional que pudiera crear las condiciones de pacificación y de progreso.
P.: La muerte de Perón fue un hecho crucial, desde ya.
F.S.: En tanto, Perón tenía ese conflicto interno, tenía una división muy fuerte entre los sectores juveniles y lo que se consideraba el sector sindical. El asesinato del secretario general de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT en ese momento, y esta escalada de violencia fue incrementándose. El gobierno de Perón también impulsó un plan económico con José Ber Gelbard (ministro de Economía de la Nación entre 1973 y 1974) para conciliar capital y trabajo, pero el conflicto se fue agravando, especialmente tras su muerte.
El discurso de Ricardo Balbín al despedir sus restos, cuando dijo que “un viejo adversario despide a un amigo”, fue un gesto de enorme generosidad en ese contexto. Luego asumió Isabel Martínez de Perón, quien no estaba preparada ni a la altura del momento. Estaba rodeada por un entorno muy negativo, entre los que se destacaba José López Rega, que prácticamente la controlaba. López Rega fue el inspirador de la Alianza Anticomunista Argentina, la "Triple A", una organización paramilitar que comenzó a provocar miles de víctimas incluso antes del golpe. A esto se sumó un fuerte deterioro económico y social, especialmente con el llamado “Rodrigazo”, un ajuste muy fuerte que fue resistido por las organizaciones sindicales. Desde entonces, se puede decir que se vivía una cuenta regresiva hacia el golpe.
P.: Entonces, ¿el golpe militar no sorprendió?
F.S.: No sorprendió en absoluto. Era una cuenta regresiva. No se sabía cuándo iba a ocurrir, pero el desenlace era inexorable. Desde el radicalismo intentábamos sostener la institucionalidad. Balbín decía que había que llegar a las elecciones “aunque fuera con muletas”. Pero el conflicto interno del peronismo y la escalada de violencia hicieron imposible sostener el sistema. A pesar de eso, quiero rescatar la actitud del radicalismo. Balbín sostenía que había que mantener la institucionalidad. Decía, citando a Almafuerte, que “todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de la muerte”. También señalaba que había que llegar a las elecciones aunque fuera con muletas.
Pero nada de eso fue posible. El principal problema estaba dentro del propio peronismo, con un enfrentamiento cada vez más violento entre sectores paramilitares, grupos irregulares y organizaciones armadas. También actuaban organizaciones no peronistas como el ERP, que protagonizó hechos como el copamiento del cuartel de Azul en plena vigencia del sistema democrático. Se podría decir que el gobierno de Isabel Martínez fue constitucional, pero no democrático, porque las libertades se deterioraron fuertemente.
P.: ¿Cómo fueron las advertencias desde el radicalismo y qué pasó después del golpe de Estado?
F.S.: Desde nuestra generación, en la Juventud Radical de ese entonces, advertimos públicamente que lo que venía iba a ser peor. Sin embargo, parte de la sociedad tuvo expectativas con el golpe. Yo era presidente de la Federación Universitaria Argentina por Franja Morada, en alianza con sectores socialistas. Advertimos públicamente que lo que iba a venir sería peor. Sin embargo, hubo sectores de la sociedad que acompañaron el golpe, aunque fuera por omisión, con la expectativa de terminar con la violencia y el deterioro económico.
El golpe mostró rápidamente su verdadera cara: no vino solo a ejercer el monopolio de la fuerza, sino a aniquilar organizaciones por cualquier medio, dentro y fuera de la ley, mayormente fuera de la ley. Aparecieron los grupos de tareas que secuestraban personas y las hacían desaparecer. Surgió la figura del detenido-desaparecido. Miles de personas fueron al exilio, otras fueron asesinadas o fusiladas en enfrentamientos simulados. Otras fueron llevadas a centros clandestinos de detención, donde eran torturadas. Algunas lograron sobrevivir, otras eran “trasladadas”, que era el eufemismo para asesinarlas, muchas veces arrojándolas desde aviones. Esto ocurrió en todo el país, con centros emblemáticos como la ESMA, La Perla en Córdoba o La Plata, que fue particularmente castigada. Las principales víctimas fueron trabajadores, activistas, estudiantes e intelectuales.
P.: ¿Se esperaba tanto horror cuando ocurrió el golpe del 24 de marzo de 1976?
F.S.: No. Muchos pensaban en un ordenamiento, pero lo que se instaló fue terrorismo de Estado. Fue un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición, aplicado incluso a personas sin vínculo con la lucha armada.
P.: ¿Recibió amenazas, sufrió persecución política o estuvo en peligro su vida?
F.S.: Sí, fueron años extremadamente difíciles. Vivíamos en una semi clandestinidad, aunque nos oponíamos públicamente a la lucha armada. Nuestra consigna era "elecciones libres sin proscripciones". Pero los militares aprovecharon para eliminar toda forma de oposición e imponer un modelo hegemónico.
Asesinaron a personas muy cercanas, que no tenían vínculo con la lucha armada. En mi caso, recibí amenazas y dos personas de un listado en el que estaba fueron secuestradas y asesinadas. Por eso pasé a vivir en una especie de exilio interno, oculto dentro del país. Era un clima de terror, persecución y muerte.
P.: ¿Cómo fue vivir esos años durante la dictadura?
F.S.: Fue un clima de terror, persecución y muerte. La actividad política era muy limitada, pero la sosteníamos como podíamos. Con el tiempo, el fracaso económico y social debilitó al régimen. Luego vino la guerra de Malvinas, que intentó cambiar el clima, pero tras la derrota aceleró el final de la dictadura. Con el fracaso económico y social, el Gobierno comenzó a debilitarse. Participamos en movilizaciones que fueron reprimidas.
Con la derrota en la guerra de Malvinas todo se deterioró aún más. El conflicto también estuvo marcado por el rol del Reino Unido, con Margaret Thatcher, que utilizó la guerra para fortalecer su posición interna. La derrota fortaleció a figuras como Raúl Alfonsín, que se había opuesto a la guerra. Su crecimiento fue exponencial, con actos masivos incluso cuando la actividad política aún estaba restringida.
P.: ¿Qué rol jugó Raúl Alfonsín en ese proceso? ¿Con qué se encontró al asumir la presidencia en 1983?
F.S.: Fue una de las pocas figuras que se opuso a la guerra y advirtió sus consecuencias. Eso lo fortaleció políticamente. Su figura creció hasta ganar las elecciones de 1983. Ya en el gobierno, cumplió con lo prometido: se derogó la autoamnistía, se creó la CONADEP y se impulsó el juicio a las juntas.
P.: ¿Todavía había tensiones con las Fuerzas Armadas, ya con el regreso de la democracia?
F.S.: Sí, totalmente. Hubo levantamientos como el de Semana Santa, con intentos de condicionar al gobierno. Se sancionaron leyes como Punto Final y Obediencia Debida para contener la situación, estableciendo distintos niveles de responsabilidad.
A pesar de eso, fue un gobierno histórico, con avances en derechos civiles, como la patria potestad compartida, el divorcio vincular y la incorporación de tratados de derechos humanos. Los juicios a la Junta Militar fueron históricos. Se realizaron con jueces naturales, debido proceso y condenas sobre hechos probados. Son un ejemplo para la humanidad.
P.: Existía el riesgo de desestabilización en ese momento, los militares aún mantenían un espacio de poder dentro del Estado.
F.S.: Sí, claramente. Hubo levantamientos como el de Semana Santa. Se sancionaron leyes como Punto Final y Obediencia Debida para contener la situación, pero sin consagrar impunidad total.
P.: A 50 años del 24 de marzo de 1976, ¿cómo ve a la Argentina?
F.S.: La democracia tiene todavía muchas asignaturas pendientes. Hubo una primavera democrática con Alfonsín, con libertades plenas y un fuerte desarrollo cultural. Pero luego vinieron problemas económicos que derivaron en gobiernos neoliberales, y en gran medida seguimos atrapados en esa lógica.
P.: ¿Hay similitudes o parecidos entre ese momento del país de hace medio siglo, su contexto político y social, con el gobierno de Javier Milei?
F.S.: Yo lo caracterizo como un Gobierno autoritario conservador al de Milei, pero con una vuelta de de tuerca empeorando todo porque se hace con mayor brutalidad, con mayor crueldad, solo comparable con la época de Martínez de Hoz, donde obviamente había una dictadura que sostenía a un modelo económico. Pero en este caso, se ha allanado el camino por el fracaso de los gobiernos anteriores, le dio margen para que este planteo del cambio, que es un concepto neutro, puede ser bueno o malo, en este caso es muy malo, muy negativo. Pero además generalmente el cambio se le asocia a lo nuevo y esto no tiene nada de nuevo.
Esto es la reedición, como dije antes, le corres una coma, le pones un punto, del plan de Martínez de Hoz o el plan de Carlos Menem y Domingo Cavallo, es muy similar. Y terminaron en ambos casos mal, muy mal. Creo que esta vez también va a terminar mal, muy mal. Lamentablemente va a significar un nuevo retroceso para la Argentina, así lo veo yo.
P.: ¿Usted cree que puede ser un año complicado en ese sentido?
F.S.: Sí, lo veo como un riesgo real. Este modelo puede generar un nuevo retroceso. La clave es construir una alternativa política con unidad y sensibilidad social. La gran asignatura pendiente es que la fuerzas políticas sean capaces de organizar una alternativa política, una esperanza que dejen de lado situaciones de divisiones y vuelvan un poco al espíritu de lo que planteó la unidad nacional de Alfonsín o el abrazo Perón-Balbín, entre tantas cosas. Un liderazgo de oposición falta. Está claro que siguiendo el fenómeno que se da globalmente, la extrema derecha absorbe a la derecha, en el caso de lo que pasó con el PRO. Acá fue absorbido total y completamente por la extrema derecha libertaria. Pero no pasa solamente aquí, pasa en otros lugares del mundo. Está faltando una identificación de denominadores comunes de sectores de origen popular, que podamos pensar una alternativa para el futuro.





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