Esta semana, Alberto Fernández volverá a charlarlargo con Felipe Solá. Estuvieron casi una hora el jueves pasado, diálogo en el que el jefe de Gabinete le ofreció ser embajador en París, en reemplazo de Eric Calcagno Jr., que debe jurar como senador nacional por Buenos Aires.
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Solá dijo que no o, lo que es lo mismo, dio a entender que no. Razones familiares, pero más que nada políticas, justifican su negativa.
Cuando se vean en las próximas horas, Fernández podría hacerle otra oferta. Si no, Solá parece dispuesto a ser diputado «raso».
Aceptar mudarse a Francia hubiera implicado aceptar «jubilarse». El gobernador descifró aquel ofrecimiento como un retiro anticipado, un viaje a la hibernación política, encima a un destino que no es, en el circuito diplomático, «zona caliente».
Otra presencia otorgan Madrid o Washington. Este último sillón, que ahora ocupa José Octavio Bordón, se le ofreció, el viernes, a Héctor Timerman (ver aparte). ¿Preparó, en sigilo, el fin de semana en Olivos, la electa otro plan para Solá? Ese misterio se develará a lo largo de la semana.
Por lo pronto, es obvio que el placet en París sería tomado por Solá como un premio consuelo. Existe una atroz distancia entre su sueño inconfesado de ser sucesor de Julio De Vido y recalar en Francia para, entre ágape y ágape, devorar los diarios por Internet.
No hubo, tampoco, ni presidencia de Diputados ni Ministerio de Ambiente que seguirá como secretaría dependiente de Alberto Fernández y con Romina Picolotti al frente que se prepara para exponer ante la Corte, a fines de diciembre, sobre el caso Riachuelo.
Roles
Ser uno más del bloque oficial, sin rango especial ni cargos, es un destino que Solá, dicen a su lado, aceptará bajo protesta. No quedan, por lo pronto, casilleros relevantes en el Congreso ni, en principio, en áreas no ministeriales del gabinete nacional.
«Se considera mal pagado, pero es tarde para lamentos», dicen los que hablaron con él en los últimos días.
La teoría de ser una pieza de recambio para el futuro es un consuelo menor, una mentira de patas cortas. Un intento, fallido, de trasmitir que acepta una presencia poco relevante en un proyecto que considera que contribuyó, en estos años, a consolidar.
Hay un dato que le gusta reproducir: el 28 de octubre, como cabeza de la lista de diputados nacionales, sacó apenas unas décimas menos que Cristina de Kirchner. Lo expone como un dato de que su gestión y su propia imagen aportaron a la victoria cristinista.
Dentro del plato
Todo, por ahora, es con los pies dentro del plato. A pesar del enojo por el mal pago, cerca de Solá no dan ningún indicio de que en el futuro el gobernador pueda convertirse en un rival de los Kirchner.
Ciertas afirmaciones no hacen más que levantar sospecha.
¿Sin oficina, Solá podrá mantener la estructura que cinceló, junto a Florencio Randazzo en la provincia? No ha sido un gran armador en su historia política, el gobernador, y posiblemente no aprenda ese oficio a esta altura de su vida política.
Pero, vale la aclaración, su mala mano para la costura de estructura no le impidió ocupar, desde 1987 hasta la fecha, cargos de peso en los gobiernos nacional y provincial. La Casa Rosada, donde Kirchner trasmite un destrato inocultable, también tiene agendado ese dato.
De los gobernadores que dejan sus cargos, Solá es, junto con José Manuel de la Sota, Jorge Obeid y, un escalón más abajo, Juan Carlos Romero, el de más peso. Obeid es contenido por los Kirchner; Romero empezó a fantasear con su regreso en 2011, De la Sota se prepara para guerrear.
Esta semana cuando se vea, otra vez, con Alberto Fernández, acaso Solá empiece a definir a cuál de los otros tres gobernadores que dejan el poder en diciembre se parecerá su derrotero.
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