Fenómenos que explican lentitud
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Juan Schiaretti
Lo real es que faltaron datas enter. Había 120 máquinas habilitadas, y por la complejidad ya descripta hubieran sido necesarias 80 más. Hubo telegramas que arribaron después de las 3 de la mañana, y en un lapso de 4 horas se habían acumulado tantos que colapsó la mecánica. Pero eso significó demoras porque se cumplió con el precepto de triple control. Esto es, a cada telegrama se lo cargó en sistemas paralelos por personal diferente y se los comparó. Sólo se los pasaba al cómputo preliminar si los registros coincidían. Y lo que es más importante: se probó que nunca se cayó el sistema y que los fiscales comunes e informáticos de cada partido nunca dejaron la sala de cómputos. Esto ya deja alguna duda sobre el hecho de que la pelea pícara de la política no haya mutado, en esta oportunidad, en una mala fe lisa y llana.
Lo que la lista de Luis Juez solicitó a la Justicia es lo que la Justicia debe hacer normalmente. No hay nada de excepcional. No contemplan ni la ley ni la jurisprudencia abrir aquellas urnas donde los fiscales de los partidos, incluidos los de Juez, dieron conformidad. Es legal pedir que se controle que las cifras de las actas firmadas por los fiscales coincidan con los telegramas y que ese registro coincida también con lo realmente cargado en el Correo. Eso es lo que se pidió y es correcto. Pero lo que arengan en los medios, con discurso inflamado, es otra cosa.
En síntesis, todo suena goebbeliano. Y los actores de la novela lo saben. Juan Schiaretti tiene claro que asumirá con dudas, aun cuando lo real es que su ventaja, aunque exigua, es legítima. Eso lo debilita, lo condiciona y lo obliga a actuar movilizando militantes e interviniendo en los medios. Luis Juez también sabe que perdió la elección. Pero sabe que la sociedad electoral es un caldo de cultivo precioso para preparar las condiciones que requiere su futuro plan político: repetir las condiciones previas a lo que fue su candidatura a intendente municipal en 2003, ser la víctima de los poderosos, aparecer como el «no político», siendo, en realidad, el más clásico de esa especie.




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