Crispado como pocas veces antes, Néstor Kirchner reconoció que sus diatribas contra la Cámara de Casación Penal de la Nación fueron una invasión en otro poder. No pareció lamentarlo porque rezongó en un acto sobre TV educativa. «Soy así. No he venido aquí a sentarme de presidente a velar por una formal división de poderes.» Lo importante, improvisó el Presidente, es el contenido, la sustancia.
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Si fuera a examen de derecho, Kirchner (que ya es abogado) tal vez recibiría aplazos porque la división de los poderes es sólo y exclusivamente formal, y esa formalidad es la que protege los derechos de cada uno, por ejemplo, los de un presidente cuando la Justicia le reclame por sus actos.
Entonces sí va a recordar Kirchner las lecciones de derecho sobre la formalidad que despreció para exaltar su temperamento.
Más allá de la hojarasca discursiva, que se la llevará el tiempo, el Presidente mostró la razón de su queja de la Justicia. «Hay jueces con causas por corrupción que buscan asegurar su supervivencia», se quejó. Habló también de extorsión. ¿Cuál es la entrelínea de esta queja, que incluyó insultos a un juez de «racista» y «vengativo» porque calificó a una encausada de «terrorista»? No seguramente un caso de «skinheads» o la causa Montoneros, en las que intervino Alfredo Bisordi, presidente de la Casación. Sí, probablemente, los expedientes que navegan, lentos, por tribunales, y que llevan nombres de empresas y que van a dar fruto seguramente cuando Kirchner ya no sea presidente y vea cuánto valía esa formalidad de la división de poderes.
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