No es logro recomendable para nadie -menos para un político y sobre todo en víspera de elecciones-, pero la grey católica, no única pero sí mayoritaria en el país, se queda con la impresión de que Néstor Kirchner ha ganado en la actual pulseada con la Iglesia.
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La cúpula eclesiástica se dio cuenta rápido de la desventaja que significaba, la torpeza del vicario castrense, el obispo Antonio Baseotto, al lanzar la cita bíblica de arrojar al hereje al mar con una soga al cuello y una piedra. No es cuestión de que cada sacerdote sea educado con la adaptación de la Biblia a la problemática de cada país pero Baseotto no era un obispo del exterior, ni siquiera de jurisdicción provincial lejana al tema. Como vicario de las Fuerzas Armadas no podía ignorar ese estigma de arrojar detenidos al mar que pesa sobre el pasado de los uniformados. Al invocar tal especial cita bíblica bien se puede pensar que quiso justificar tal barbarie o, por lo menos, mostrarse compenetrado con las fuerzas armadas tradicionales. En un gobierno no de centroizquierda, como el actual, también sus palabras hubieran merecido repudio. Luego viene la torpeza del otro lado, del presidente de la Nación, porque hay pocas dudas de que no practica -hasta aquí podría aceptarse- el catolicismo, pero se crea la idea de que, además, no lo respeta pese a gobernar un país básicamente católico. Que Néstor Kirchner nunca haya gestionado una audiencia con el Papa ahora fallecido como si le desagradara el Vaticano es serio. Que en todas las obras que encamina nunca haya una piedra basal para bendecir también. Que durante su gestión -aunque sea vía Aníbal Ibarra en la Municipalidad- se haya facilitado en sedes estatales una muestra gratuitamente ofensiva a la Iglesia como fue la del artista León Ferrari, igualmente es grave. Lo fue aquí porque no estaba en juego la libertad artística sino la equidad, la mesura. Es simple de entender: este Estado no permitiría en sedes estatales una muestra contra el Holocausto judío, por ejemplo, por convicción y también por temor a la reacción interna e internacional, que sin duda sobrevendría. El gobierno se puso a la altura de la cobardía del artista Ferrari, que se ceba sólo con una religión católica para nada bélica y en un país donde predomina, para ganar impacto, sin temer represalias.
No deja de mostrar el desapego al catolicismo del actual gobierno el hecho de que circule en estos días el libro «El silencio» de autoría de un personaje que no sería funcionario ni asesor de ningún gobierno medianamente moderado y respetuoso de la religión como Horacio Verbitsky. No sería funcionario porque Verbitsky probadamente asesinó simples civiles en los años '70, participó en ocultar dinero de secuestros (de los hermanos Born) y adoctrinó jóvenes para matar hasta con un principio que insistía en inculcar en sus mentes: «Nunca olviden el tiro de gracia si tienen oportunidad», declararon sus ex compañeros de militancia. Hoy Verbitsky es parte del gobierno. Maneja fondos públicos, designó funcionarios y va a designar en estos días al representante nacional en la Comisión Internacional de Derechos Humanos. Tiene tanto derecho a estas designaciones, por vidas humanas extinguidas con su autoría, como el «Tigre» Acosta de la ESMA.
• Llamado
Por si fuera poco, Kirchner recibe en la Casa de Gobierno -aunque lo haga más que nada por temor a su lengua- a la señora Bonafini que deseó públicamente el infierno al histórico Papa fallecido el sábado.
El viernes el presidente Kirchner llamó telefónicamente al cardenal primado de la Argentina, Jorge Bergoglio, un prelado sumamente mesurado que podría resultar papa en reemplazo de Juan Pablo II.
Suena el llamado más riesgo de no caer en la situación de parecer enfrentado a un eventual papa nacido en la Argentina, después de no haberse acercado al anterior.
Además, el gobierno puede hacer llamados amistosos por sentirse satisfecho por el resultado del conflicto con la Iglesia. Por simple decreto logró remover a un obispo -el caso de Baseotto- algo que sólo puede hacer el Papa, según el acuerdo vigente en el país. Sus voceros periodísticos de fin de semana, sobre todo los del diario oficialista «Clarín» ya anunciaron que además lograría que el imprudente Baseotto se vaya del país y -según esos mismos voceros periodistas- ya tienen una lista de 3 posibles reemplazantes de Baseotto, decisión que deberá esperar la asunción de un nuevo papa. Resultado mejor casi imposible. La Iglesia logra de Néstor Kirchner -según periodistas oficiales creíbles porque reciben información directamente del primer mandatario para publicar, como Eduardo Van der Kooy de «Clarín»- promesa de que el gobierno no hablará de aborto. Una promesa casi incumplible porque el tema aborto está instalado en la sociedad, lo impulse o no el gobierno. También « logra» la cúpula eclesiástica que no se disuelva el Vicariato Castrense, versión que hizo circular el propio gobierno también por voceros la semana anterior para darle al Episcopado la idea de que « ganaba algo» a cambio de tanto que le admitía al Presidente. Logró la Iglesia dar su carta de queja en el Vaticano como señal de reafirmación del derecho papal sobre la designación de obispos, pero con términos mucho más suavizados y párrafos suprimidos en relación con lo que el obispado argentino sabía que contenía la carta original. Finalmente logra que el gobierno no extienda la supresión del sueldo del objetado Baseotto a otros aportes del Estado a la Iglesia. Esto es también poco porque el Estado tiene obligación de sostener el culto católico. Además, si para evitar que la gestión Kirchner no elimine aportes monetarios que se extienden hasta los $ 800 por los 1.600 seminaristas que hoy tiene la catolicidad argentina, el obispado se expone a cualquier acción futura agresiva desde el gobierno si mostró una flaqueza por los aportes.
En definitiva, analizado el balance, ganó Kirchner. Su problema hoy, entonces, no sería la reacción de la cúpula de la Iglesia argentina ni del Vaticano, ya calmados, sino ese cúmulo de actitudes anticatólicas citadas, incluyendo el resultado de este conflicto, que pueden retraer a la feligresía católica.
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