Consiguió Néstor Kirchner armar, de nuevo, una parafernalia oficial con gobernadores, ministros y hasta conmilitones antipáticos para auxiliar a su mujer en la campaña electoral.
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Pero trató, en ese ejercicio proselitista, de hacer palo y carambola: no sólo lanzó a su esposa en otro ámbito al que va a competir, Rosario, sino que la utilizó -en el mejor sentido del término- para ver si modifica el desmejorado cuadro de sus candidatos santafesinos (las encuestas no lo favorecen por el momento).
Así como Kirchner está convencido de que, apenas se acople a los actos con Rafael Bielsa, le modificará la tendencia en los sondeos, hoy atrasado en relación con Mauricio Macri y Elisa Carrió), también piensa que su presencia en Rosario servirá para reforzar las pretensiones hoy decaídas de sus kirchneristas santafesinos.
Piensa que todo lo puede y que, con sola presencia (y algún reparto de subsidios) modificará el ánimo de los que reniegan del oficialismo, sea en la Capital, Santa Fe o en Buenos Aires.
Habrá que ver, no vaya a suceder como anoche en el miniestadio de Newell's, donde logró todas las adhesiones imaginables de palabra y de presencia, como la de los gobernadores, los mismos que sin embargo se presentan a las elecciones en sus provincias bajo el color y la leyenda del peronismo. No han querido sumarse al Frente para la Victoria, aunque juran que están con Néstor.
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