Gobierno poco serio
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Seguramente no. En el exterior la creciente adolescencia bullanguera del Presidente y del actual gobierno argentino es más que conocida. En definitiva, el grupo francés Suez se va de Aguas por serle absolutamente imprevisible el kirchnerismo.
El ministro Julio De Vido, en Nueva York, convocando el lunes a empresarios norteamericanos a invertir capitales en la Argentina, se enfrentó a quienes entre los concurrentes preguntaban la seriedad de las promesas de un gobierno que en la última cumbre en Mar del Plata le prohibió realizar una conferencia de prensa al mismo George Bush, el mandatario número uno del mundo por ser la cabeza del país más desarrollado y poderoso.
Ni hablar de cuando el Presidente hizo trascender por la misma prensa adicta a la cual dicta comentarios que tenía una noticia que lo iba a hacer más grande que San Martín y Gardel (dejando aparte el hecho de igualar para el cálculo a un libertador junto con un buen cantante muerto). Se imaginaba que China le iba a comprara la Argentina la deuda con el Fondo Monetario. Un bluff pero, aun así, si se la comprara, irse de ese organismo automáticamente significa irse del Banco Mundial y reducir a la mitad los créditos del BID. ¿Qué sería del país si un gobierno actuara así?
No dio audiencia ni al presidente Vicente Fox, de México, en Mar del Plata, ni a la empresaria más famosa del mundo, Carly Fiorina, de Hewlett-Packard, que se fue de la sala de espera de la Casa de Gobierno. Y terminó optando por radicar una planta en Brasil. Dejó esperando en un aeropuerto sin atender al presidente Vladimir Putin de Rusia. El presidente de Chile, Ricardo Lagos, dijo: «El subdesarrollo está aquí» y señaló el reloj en su muñeca tras hacerlo esperar el mandatario argentino más de una hora en Monterrey, México. Ayer volvió a sentar en el sillón presidencial a León Gieco, como antes a Charly García y otros. En el Congreso de la Lengua en Rosario y en la base militar del Aeroparque también hizo esperar más de una hora al propio rey de España. Imposible enumerar la cantidad de diatribas que lanzó contra la prensa. Miró para otro lado y no saludó al jurar como senador en el Congreso a un ex presidente que gobernó el país en elecciones democráticas durante 10 años de quien ambiciona, aunque el otro los haya sufrido, los cinco años de prisión que le impusieron los militares del Proceso. Va a designar funcionario a un piquetero amigo que tomó durante horas una comisaría y sigue libre mientras que otro piquetero adversario sufrió prisión y huelga de hambre dos veces y está siendo juzgado por pedir «cajitas feliz» desde adentro de un McDonald's.
Patrocinó una cumbre de presidentes y, a la vez, la contracumbre. No dejó entrar a ningún periodista ni nacional ni extranjero cerca del presidente de Estados Unidos pero sí a reporteros cómicos del programa televisivo «CQC» que le dijeron a George Bush: «¿No nos va a bombardear como a Irak, no?», problema que costó y cuesta todavía miles de vidas humanas. Mucho más.
¿Puede sorprender entonces que por la adolescencia del gobierno argentino, se haya achicado el mapa de Sudamérica y los presidentes como Vladimir Putin o Jacques Chirac pasen directamente desde Brasil a Chile? No sorprende. Ni el grotesco legislativo-diplomático con un protagonista menor como Rafael Bielsa. Ni sorprende que de tener una «Justicia verbitskyana» desde ayer vayamos a tener también unas «Fuerzas Armadas verbitskyanas»: la ex montonera Nilda Garré como ministra de Defensa designó a dos subsecretarios que responden totalmente al gran dominador de los espacios de este gobierno tan singular, el también ex montonero y autor de probados atentados con bombas, Horacio Verbitsky, que además domina los dos diarios más oficialistas, armó una SIDE «paralela», y dispone de cuantiosos fondos bonaerenses a los cuales accede falsificando impunemente firmas, como la de Estela de Carlotto, cuando ella viajó. Los ex Montoneros hoy al frente de las Fuerzas Armadas se sumarán a Garré en la necesidad de lograr «la reconversión de las Fuerzas Armadas», declaración textual de la insólita «ministra». Ni imaginar en qué puede termina r esta reconversión.



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