12 de julio 2004 - 00:00

Inquietud

Preocupado por el estallido de violencia entre piqueteros ocurrido el pasado viernes en Tucumán, que empañó los festejos por el Día de la Independencia, Néstor Kirchner pidió a su próximo anfitrión, el mendocino Julio Cobos, que extreme la seguridad para evitar una escena similar mañana en su visita oficial. No hacía falta. A los gobernadores les preocupa que la inter-na piquetera tenga ahora expresiones en sus respectivos distritos y no saben si deben apreciar las visitas presidenciales por las obras públicas y fondos que conllevan o si deben temerlas por la amenaza de incidentes. En las provincias vieron cumplido, en el caso Tucumán, el temor de que la violencia pique-tera se extienda al interior. Ahora nadie puede asegurarles que la cuestión no se sume a la ya delicada situación por las protestas de estatales, que piden los mismos aumentos que Kirchner otorgó en el nivel nacional.

Néstor Kirchner le pidió al gobierno de Mendoza que incremente las medidas de seguridad para impedir que en la visita que hará mañana a esa provincia se produzcan incidentes como los protagonizados el viernes en Tucumán, entre grupos piqueteros antagónicos.

En paralelo, para no delegar toda la responsabilidad en el gobernador Julio Cobos, el presidente desactivó a los grupos fieles al gobierno que, temporalmente, se correrán de la escena pública: volverán, a fin de julio, con un acto político en un estadio porteño.

Kirchner
intenta evitar, de nuevo, su doble error: el de apadrinar, por un lado, a un clan piquetero de conducta impredecible; y el de confiar, por otro, en la palabra de José Alperovich, que consultado desde Casa Rosada descartó la posibilidad de incidentes.

Los dos tropiezos -uno político; el otro logístico o de previsión estratégica-impidieron que se revele una tercera falla: el Presidente, que confía en su buena estrella, en que la multitud lo venera, podría haber enfrentado su primer abucheo público.

• Desconocimiento

El viernes, en la plaza de San Miguel de Tucumán, se amontonaron 3.000 piqueteros y sindicalistas críticos del gobierno local que, de avanzar el acto -suspendido por los incidentes-, habrían descargado sus quejas también contra Kirchner.

Minutos antes de empezar la ceremonia, el Presidente no conocía ese riesgo a pesar de que la marcha que desembarcó en la plaza había arrancado el miércoles con el objetivo de coronar su gira con una protesta en los actos por el Día de la Independencia.

Además, el gobierno tucumano había montado un cerco policial veinte cuadras a la redonda del lugar del acto y hasta contó con apoyo de Gendarmería para frenar a una columna piquetera sobre la Ruta 38. Así y todo, los opositores llegaron a la plaza.

Incluso, en los días previos
Alperovich negoció con ATE un aumento salarial y Martín Rodríguez, jefe del gremio en Tucumán -luego denunciado por el gobernador- anunció que la marcha se suspendía. Y hubo una mediación de ATE, núcleo que coordina Pablo Micheli, de buen vínculo con Kirchner, vía Alberto Fernández.

Pero no fue suficiente: gremios disidentes, el Polo Obrero de
Néstor Pitrola y la CCC de Juan Carlos Alderete aparecieron por la plaza donde desde temprano estaban desplegados los militantes pro Kirchner de Barrios de Pie, que comanda Jorge Ceballos, para vitorear al Presidente.

Luego de produjeron los choques, el acto oficial se suspendió y Kirchner con su comitiva tuvieron que mudarse a la gobernación.

Pero ¿cuál era el costo mayor para el Presidente?
¿El enfrentamiento entre las facciones piqueteras, una de ellas apoyada por el gobierno o que, por primera vez desde que asumió en mayo de 2003, Kirchner sea blanco de una silbatina en un acto popular?

• Repliegue

Ocurrió lo primero y el gobierno, rápidamente, ordenó a los piqueteros fieles replegarse.

Pero es la segunda vez en dos semanas que la Casa Rosada tiene que atender conflictos abiertos por sus aliados: lo hizo cuando
Luis D'Elía tomó una comisaría de La Boca; y ahora, por la escaramuza que protagonizó Ceballos contra tribus anti-Kirchner.

Era un hecho predecible: cuando en Parque Norte tres ministros de
Kirchner -entre ellos, su hermana Alicia-bendijeron al frente de piqueteros oficialistas de D'Elía, se explicitó la beligerancia de los grupos contra sus primos duros.

Por entonces,
Raúl Castells figuró, a la par de Eduardo Duhalde y Elisa Carrió, en los gritos de guerra de los seguidores de D'Elía y Ceballos. De aquellas consignas pendencieras a los choques en la calle había sólo un paso. Tucumán lo demostró.

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