Llegó anoche Néstor Kirchner a Brasilia, esa ciudad impulsada meteóricamente por Juscelino Kubischek y a quien tanto el mandatario argentino como su anfitrión brasileño hoy deben admirar por su empeño desarrollista. Aunque, claro, de jóvenes, lo vieron como un enemigo. Esos son errores que se olvidan. Parece el anfitrión, Lula, todo lo contrario del santacruceño: uno no es hombre viajado mientras el dueño de casa recala hasta en países que sólo visitó el emperador Pedro II. Claro, es una atracción para el mundo y esa seducción hasta la aprovechan con beneficio sus ministros (el fin de semana, la mitad del gabinete viajaba en plan de turismo y propaganda internacional). Justo es admitir que esa disposición brasileña al ocio exportador o al trabajo exterior se consagra en gran parte a la Argentina: nunca ningún gobierno de ese país derivó tantos ministros a Buenos Aires, como lo ha hecho Lula, por no mencionar a otras delegaciones con funcionarios de menor jerarquía.
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Devuelve atenciones pasadas Kirchner y, como George Bush o Jacques Chirac, se fotografiará con su ascendente vecino como forma de alimentación política y mediática. Le conviene sacar rédito del momento internacional que favorece al brasileño, un fenómeno en cualquier foro del exterior donde siempre aparece con su muda esposa («papagayo de pirata», según la feliz expresión brasileña) y proponiendo ingenuas utopías, aplaudidas hasta el hartazgo, pero de dudoso servicio. Como la imposición de mayores tributos a la venta de armas para luego distribuirlos entre los hambrientos del universo. Saldo: parece un lobbysta de los fabricantes de armas, ya que, si se aplicara esa teoría, seguramente incrementarían la producción, fortalecerían la industria de la muerte. Pero, sea como sea, hoy Lula es observado con la curiosidad de un Macunaima: un moreno que un bendito (o maldito) chorro de agua convirtió en blanco. Visión externa.
Por inocencia o voluntariosa disposición, Lula también atrae en su país. A pesar de que se retrajo el consumo y también la actividad económica, o que el costo de vida subió 26% mientras los salarios públicos, apenas, crecieron 1% (¿qué dirá su devoto seguidor local, Víctor De Gennaro, de este ajuste a los trabajadores?). En seis meses de gestión, aumentaron la pobreza y la desocupación (San Pablo dispone una media de 22%) mientras la tasa de interés está por las nubes (26% y, encima, nadie presta porque los fondos se los lleva el Estado). No obstante estos datos, él exhibe 30% de aval popular por encima de su propio gobierno, el que a su vez goza de fama por mantener el mismo y sólido respaldo obtenido en la elección pasada.
Si hasta se permite Lula desviarse de su partido original (el socialista PT), también del gremio que lo vio nacer (metalúrgicos que prometen huelgas) al tiempo que empieza a ser admirado por el centroderecha debido a que consigue reformas clave como la jubilatoria que jamás pudo instrumentar Fernando Henrique Cardoso (también proyecta otra rotunda y fiscal para mejorar las cuentas públicas). Ortodoxo, en rigor, Lula ha empezado a controlar la inflación, paga la deuda y mejora el riesgo país (741) con la natural suba de los títulos públicos. ¿Le servirá a Kirchner esta acumulación de datos o se detendrá en las minucias de una izquierda sufriente porque logró el gobierno, pero no el poder (al decir de aquel legendario disidente comunista Luis Carlos Prestes), como si en el mundo moderno el poder fuera la simplista expresión del mango de una sartén?
•Paradójico
Tan paradójico como siempre resulta el Brasil de hoy, donde el vicepresidente Pedro Alencar -empresario, nominado para calmar a la derechapostula bajar las tasas de interés a través de la política (o sea, por decreto), mientras que el socialista Lula afirma que «ésta es una cuestión técnica a resolver por la economía». ¿Analizará Kirchner esta cuestión vecina o sólo impulsará nuevos acuerdos de cooperación, la robustez del Mercosur o de qué modo se enfrentan juntos al ALCA y a los Estados Unidos? Sin postergar la política internacional, tal vez le convenga al mandatario argentino introducirse en el modelo brasileño que perfila Lula, al menos para entender de qué modo menos sangriento y traumático se puede evitar caer en default, en infradevaluaciones y pesificaciones asimétricas como las que destruyeron el PBI en la Argentina.
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