También en Nueva York el Presidente convirtió al FMI en el centro de sus críticas. Le reclamó a Rato «ayuda en serio» y, ante el plenario de la ONU, cuestionó las políticas «arcaicas» del Fondo. Rato respondió contundente: dijo que no se negocia porque el gobierno no quiere. La corrección política la aportó Kirchner en la asamblea al avalar las políticas antiterroristas.
Néstor Kirchner dio ayer en Nueva York su tercer discurso en la Asamblea Anual de las Naciones Unidas desde que es jefe de Estado. El tema central: castigar al FMI.
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En ninguno de los dos discursos, claro, dejó de defender consignas gratísimas al ánimo de la administración republicana, que tiene en la mira la lucha contra el terrorismo y el combate a los organismos internacionales (más la ONU que el FMI, desde luego). La diferencia fue que en el discurso del Consejo de Seguridad, los destinatarios eran los otros presidentes que lo escuchaban, que se quedaron encantados con su pieza y la de Tony Blair, ingeniosa al tratar de despegar el terrorismo actual de la ocupación de Irak. Por la tarde, en cambio, Kirchner habló tambiénpara la Argentina; de ahí las consignas de campaña que impuso en un texto muy parecido -hasta con repetición de frases y conceptos-al anterior.
El principal argumento sobre el terrorismo lo había adelantado Bush en la inauguración: los actos terroristas no tienen ideología y deben ser condenados per se. Esas agresiones -siguió- hunden sus raíces en la desigualdad, la miseria y la ignorancia, y la responsabilidad de quien quiere vivir en un mundo seguro es ayudar a superar esas situaciones degradantes que sirven para justificar y reclutar a los agentes terroristas.
Kirchner mencionó la necesidad de que los organismos multilaterales se ocupen de asegurar esas condiciones y aprovechó para pedir una ONU igualitaria. Como todos los presidentes que hablaron ayer, lamentó que no se hubiera podido aprobar un documento para la reforma del organismo que sirviera para algo. «Creemos indispensable -dijo entonces-contar con un Consejo de Seguridad cuya acción y legitimidad no sean puestas en duda.» Esta fue una referencia velada hacia el proyecto de un grupo de países liderados por Japón (seguido, entre otros, por Brasil) que busca una ampliación del Consejo de Seguridad a miembros permanentes que representen a un arco más amplio que el surgido de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando le tocó hablar a Lula, aun sabiendo que no habrá por ahora reforma, aprovechó para insistir en que su país se postula como representante en esa eventual ampliación de los países emergentes. «Las naciones pobres -dijonecesitan estar representadas en el Consejo de Seguridad.» Esta expresión la apoyó el representante de Jacques Chirac ( ausente por enfermedad en esta cumbre), al pedir el mismo tipo de reforma, esta vez en nombre de Alemania, porque Francia ya pertenece al Consejo de Seguridad como miembro permanente.
Kirchner, que habló antes que todos, debió esperar al discurso de la tarde para la réplica, que fue más clara aún: « Consideramos que toda reforma de las Naciones Unidas debe dotar a la Organización de mayor transparencia y democracia, sin crear nuevas situaciones de privilegio que perpetúen la desigualdad entre sus miembros».
Del conjunto de presidentes que hablaron por la mañana se destacó Blair al introducir un nuevo argumento: que el terrorismo es anterior a la ocupación de Irak, que es una causa y no una consecuencia. Argumento que Kirchner también expuso, como en intervenciones anteriores, al recordar los atentados a entidades judías en la Argentina. La sobriedad del discurso de la mañana (Consejo de Seguridad) se convirtió por la tarde (Plenario de Alto Nivel) en una batucada de campaña que tuvo todos los ingredientes del discurso oficial: defensa de la revisión de las leyes de punto final, reconocimiento del fuero internacional para perseguir a los autores de hechos de terrorismo, lectura minuciosa de la cartilla con los números azules de la economía y condena de los subsidios agrícolas.
Este punto, infaltable en todos los discursos de Estado de los presidentes argentinos, había estado también en la intervención inaugural de Bush, que insistió en que Estados Unidos está dispuesto a eliminar todos los subsidios al agro si lo acompaña el resto de los países que subsidian. Esta oferta, cargada de ideología, pero utópica hoy como muchas desregulaciones pendientes, la vinculó Bush con su hipótesis de que el terrorismo crece en países donde no hay libertad, y que la primera libertad es la económica. Por eso dijo que había que dar de comer, pero también promover la libertad de comercio en todo el mundo.
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