Felipe Solá se saluda con José «Pepe» Pampuro, escoltados por Julio Pereyra, en Costa Salguero, durante la cumbre de alcaldes que organizó la FAM ayer.
«Aboxes. » La figura enfocó a José «Pepe» Pampuro, que apenas se medía el traje antiflama para sumergirse en la tórrida campaña bonaerense, debió cancelar su agenda. Sirve, sin embargo, como regla genérica para el puñado de anotados a suceder a Felipe Solá. En una pausa de la tregua ordenada por Néstor Kirchner, Pampuro, Aníbal Fernández y Florencio Randazzo se mostraron juntos, pero como lo que son: candidatos en duelo. Faltaron, aunque estaban invitados, Alberto Balestrini y Sergio Massa, que fue a la TV y luego viajó a Salta.
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Cada uno con su tono: Pampuro reiteró su ilusión platense, Fernández se dedicó a atajar la metralla sobre los tropiezos del gobierno -¿esperó que se vaya Solá?-; Randazzo se movió cauteloso junto a Solá. ¿Es casual que Massa y Balestrini no hayan concurrido?
Una cumbre de la FAM, repleta de alcaldes, fue la pasarela que montaron Julio Pereyra y Alberto Descalzo para que transite el club que sueña con heredar a Solá. Sonrientes y relajados, cruzaron chistes y saludos.
Pero en las profundidades de la Casa Rosada, el aire no es tan dulce.
En los últimos días, el kirchnerismo devoró con fruición los datos que le aportaron tres sondeos -todos de encuestados «amigos»: en realidad, uno más que los otros dos-. De allí surgieron tres cuestiones puntuales:
En la presidencial, a Cristina se la votaría bien, pero tendría 10% de votos menos que Kirchner (lo que, de todos modos, le permitiría ganar). Según los «focus group», esa candidatura genera un pánico: que Kirchner funcione como el poder en las sombras y eso genere un divorcio político entre el Presidente y su esposa. Frente a ese punto, la percepción callejera deriva hacia el temblor económico y el temor al látigo de la inflación.
Sin Solá en la grilla, «ninguno» de los candidatos en carrera le garantiza un triunfo en Buenos Aires al gobierno. Aníbal F. dice ser quien mejor mide, pero con un techo apenas unos puntos más arriba de las adhesiones. Todos los demás, con la excepción Massa enancado en la ANSeS, registran muy bajos niveles de conocimiento público. La intención de voto es subterránea.
Frente a esa situación, según los números actuales, sólo si Cristina Fernández o Alicia Kirchner fuesen candidatas a la gobernación, el gobierno se aseguraría una victoria. Esto, claro, tomando como una unidad aislada el enfrentamiento a nivel provincial a candidatos del kirchnerismo versus los supuestos Macri o Blumberg. Es decir: sin cotejar el arrastre desde arriba de la presidencial y desde abajo de las municipales. Con eso, los números naturalmente cambiarían. Es cierto también que el gobierno no tiene todavía «un» candidato que concentre el voto al oficialismo.
En el kirchnerismo insisten en poder derrumbar cualquier chance de Macri o de Blumberg. Apuntan, sobre todo, contra la capacidad de gestión del ingeniero.
Además, descuidan un factor obvio: que la instalación de Cristina generó un realineamiento de la oposición. Raúl Alfonsín le levantó el veto a Macri, Roberto Lavagna aceptó el diálogo que antes rehuía; Macri hasta se admite candidato periférico.
Huele a traición, pero no falta el felipista que sonríe ante la encerrona del gobierno. «Sin Solá, ahora la provincia es un problema más para Kirchner», confían en La Plata.
En esos campamentos especulan que, frente a un escenario complejo, el gobernador se vuelve necesario. Hay quienes lo imaginan -con exceso de premura- como vice de Kirchner o de Cristina: para otros, su destino será el primer escalón de la lista de diputados nacionales.
Hace tiempo, en una poco usual charla tempranera, el gobernador había deslizado esa posibilidad. «Si no sale la reelección, voy como primer diputado nacional», afirmó como si fuese una broma, pero sin sonreír. Luego se trepó a la fracasada fantasía de otro mandato. ¿Volvió al antiguo plan?
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