11 de agosto 2003 - 00:00

Kirchner trama un cargo decorativo para Duhalde

Para largas temporadas en Carrasco, en casa de Ramón Puerta. No hay spa en el sur de Brasil que le sea ajeno. Y los domingos, con la siesta, la casa de Lomas de Zamora es un solo chamamé y chipá con mate. ¿Quién podría quitarle a Eduardo Duhalde esas credenciales como secretario general del Mercosur? El cargo está en los papeles fundacionales de la unión aduanera, pero no tiene existencia real por las demoras en la institucionalización del bloque. Néstor Kirchner sueña que sea Duhalde quien ocupe esa posición, similar a la del italiano Romano Prodi, secretario de la Unión Europea. ¿Enrique Iglesias tendría más méritos, cuando pasó los últimos años de su vida en Washington? El presidente del BID, inspirador de la devaluación del propio Duhalde, tiene pensado reencontrarse con su «destino sudamericano» no bien deje esa banca internacional. A Iglesias lo postula el gobierno de Jorge Batlle, y en este punto radica el principal obstáculo que encuentra el ex presidente para lanzarse a la vida diplomática. Es un escollo delicado, ya que, en medio de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, no es prudente irritar a uno de los principales abogados del país en esa esfera.

La idea de convertir a Duhalde en un protagonista de las relaciones exteriores nació de Kirchner, tan adicto a las lenguas como el bonaerense. Quería halagar a su benefactor electoral con un cargo de relevancia y le encomendó a Rafael Bielsa encontrar el puesto. En la Cancillería, tienen un traje para cada maniquí. Cuando mandaron el número de Duhalde, volvió la prenda: encerrado en un cajón que apesta a naftalina, estaba aquella Secretaría General del Mercosur. Los diplomáticos ya habían pensado en 1999 en que lo usara Carlos Menem, que por entonces abandonaba la presidencia. Paradojas de la historia y de las internas: ahora es Duhalde quien «se prueba las pilchas que vas a dejar...».

Cuando a Kirchner le mencionaron la existencia de este ajuar «mercosuriano», se exaltó: era lo que andaba buscando. Una posición que no signifique demasiada distancia con el entrañable conurbano bonaerense, le permitiera a «Negro» hacer un poco de política y, de paso, lo comprometiera a no criticar al gobierno en los próximos años. Nada que haya que pedirle y mucho menos agradecerle (costumbre ajena al protocolo gobernante); sólo una formalidad en el ejercicio de la diplomacia, anexa al uso del frac, la práctica de algún idioma (el portugués de Duhalde está muy restringido a la pesca y al sauna) y la asistencia a los escasos cócteles de Montevideo. Visto desde el lado del designado, se trata de un reconocimiento que no lo aleja demasiado de la familia. Desde el punto de vista del gobierno, podría interpretarse como un ostracismo atenuado, amigable. ¿Qué no hubiera dado Fernando de la Rúa por tener a Raúl Alfonsín del otro lado del río durante su gestión?

•Orden

Kirchner le dio la orden a Bielsa para que negocie la promoción de su antecesor. El canciller comenzó, precisamente, en la nueva patria de los Duhalde. Dos domingos atrás, en una comida de cancilleres del Mercosur, consiguió el aval de Celso Amorim, el jefe de Itamaraty. Los brasileños tienen especial amor por el jefe bonaerense, por una razón elemental: su oposición temprana y firme a la dolarización auspiciada por Menem, que hubiera significado el final para la trama sudamericana en la que Brasil está más empeñado que ningún otro país. Duhalde correspondió ese sentimiento y fue el único presidente de la Argentina que hizo dormir en Olivos a otro jefe de Estado en ejercicio, Fernando Henrique Cardoso. Al mismo tiempo, Bielsa también atrae a los funcionarios de Brasilia y no sólo por su amor a Portugal y sus tradiciones. También, porque fue el primer funcionario argentino que apostó abiertamente a que no fueran ni México ni la Argentina, sino Brasil el que ocupe una hipotética banca en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el remoto día en que ese club se abra para un representante de América latina. Amorim devolvió la gentileza, rápidamente, cediendo al pedido sobre Duhalde.

En cambio, Didier Operti, el canciller del Uruguay, se mostró menos proclive a dejar libre el paso. Nada contra el ex presidente, pero los uruguayos creen que la Secretaría General, que sería el primer cargo ejecutivo de la unión, debería encomendarse al representante de un país «chico». Aquí es donde aparece la hilacha de la pretensión de Iglesias. Paraguay no tiene posición tomada, ya que su nuevo gobierno asumirá esta semana.

Con esta dificultad en la valija, Bielsa regresó a Buenos Aires y se puso en manos de uno de sus principales asesores: el embajador argentino ante la Aladi, Juan Carlos Olima, militante del partido de José Octavio Bordón (PAIS, en extinción) y uno de los pocos indultados de Kirchner a pesar de haber sido clave en el acuerdo con Chile por los Hielos Continentales. Olima comenzó una negociación con Uruguay que todavía no dio los resultados que se esperaban en el Palacio San Martín, lo que obligará a otra discusión en Asunción, el viernes que viene, cuando se celebre la asunción del nuevo presidente paraguayo, Nicanor Duarte Frutos.

En competencia con Olima rema también el embajador en Uruguay, Hernán Patiño Mayer. Una ironía que sea precisamente desde el país en el que trabaja que venga el «no» para Duhalde. Patiño logró repetir como embajador gracias al esfuerzo de los duhaldistas que lograron doblar el brazo a Jorge Busti, presidente de la Comisión de Acuerdos del Senado que imaginaba la representación en Uruguay para un entrerriano (Busti lo hizo notar: a diferencia de Humberto Roggero, Jorge Remes o Rodolfo Gil, Patiño fue el único «diplomático» que debió concurrir a la Cámara a dar examen para que le renueven el contrato).

Olima, Patiño y también Jorge Taiana corren detrás del objetivo que les propuso Bielsa. A los duhaldistas del conurbano les interesa menos la jugada. Son gente de viajar poco y menos aún en avión; hasta que no se habilite el puente Buenos Aires-Colonia (por el que tan ansiosa estaría una empresa santacruceña), prefieren que su jefe no ingrese en la diplomacia.

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