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En Moscú, para optimizar su visita, Scioli anunció como un gesto solidario la designación futura del embajador argentino -la embajada estaba vacante-Hernán Massini Ezcurra, una novedad que ya todos conocían debido a que los diarios argentinos habían abundado en esa designación. Sin embargo, a pesar de que el vicepresidente había pedido autorización en la Casa Rosada para repetir lo que había publicado la prensa, ese solo anticipo en su boca motivó la irascibilidad presidencial. Tanto que al atónito Scioli hasta le recomendaron que demorara su regreso a Buenos Aires, mientras enrojecido Kirchner bramaba: «A los embajadores los designo yo, por lo tanto soy yo quien los anuncia». Y suspendió el viaje del diplomático.
Final del primer capítulo: a duras penas luego recompuso Scioli su relación con el santacruceño, pero la embajada siguió vacía y frías las relaciones con uno de los países más importantes del mundo. Absurda e inútilmente, por un detalle insignificante, sea porque algunos oficialistas le atribuían como extralimitación a Scioli o debido a que Kirchner, en una muestra de inseguridad personal, hizo valer todas sus atribuciones aun complicando la política exterior del país. Hasta mañana, se supone, cuando Kirchner se entreviste con Putin y le comente que ha decidido mandar a Massini Ezcurra (o algún otro) a la distante embajada en Moscú. Allí, un hombre de inteligencia como el ruso, especializado en diseñar retratos psicológicos de los dirigentes políticos del mundo, no tendrá ninguna sorpresa.
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