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29 de octubre 2007 - 00:00

La clave: desarmar a los adversarios

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Julio Cobos
El gobierno logra el resultado de ayer aplicando una ingeniería electoral que se aprovechó de la crisis terminal del sistema político y electoral argentino y que hasta nuevo aviso impide cualquier construcción de poder desde la sociedad civil. Frente a ella, Kirchner ha montado el Partido del Gobierno, una organización que les asegura a las víctimas del cataclismo de 2001 el poder territorial que tenían, fueran radicales, peronistas o independientes.

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Eso actuó como desmovilizador del único ejército que hubiera podido armar una alternativa, el peronismo no kirchnerista, una minoría dentro del oficialismo, pero animado por importantes caciques del interior cuya lejanía de la Casa de Gobierno les da la libertad de expresar en público lo que muchos asociados del Partido del Gobierno callan para seguir perteneciendo a él: quejas por el personalismo de la conducción del Estado, despiadada aplicación de premios y castigos, amiguismo, cuando no corrupción, imperio de la chequera por sobre cualquier consideración política, etcétera.

Kirchner apenas asumió dijo que era más difícil para un presidente habérselas con el peronismo que con la administración del país. Eso guió todos sus pasos; aplastó la estructura del PJ formal y la puso bajo la administración de un funcionario del Estado cuyo estatuto le impide tener actuación pública (el funcionario de la SIDE Ramón Ruiz, que se llevó al partido a la clandestinidad en que transcurre su vida). Sabía Kirchner que cualquier atisbo de vida partidaria hubiera montado una tarima de opositores internos. Por eso sepultó al PJ, un partido nacido en el Estado, con dinero del Estado y fundado por un militar. Es decir, sin reflejos para actuar desde la oposición y dúctil para hacer política de arriba abajo.

Desmantelada la posibilidad de un armado opositor en el peronismo, le fue más fácil capturar lo que quedaba del radicalismo bajo la forma de la concertación plural, lema que esconde la más formidable operación de absorción desde el Partido del Gobierno de los dirigentes que hubieran podido organizar una formación opositora.

  • Prueba de sangre

  • Al radicalismo «que gobierna» en provincias e intendencias se le había volado el techo en 2001 y, según cualquier lógica convencional, sus dirigentes debían esperar a sus adversarios para entregarles las llaves del poder. No, dijo Kirchner, pueden seguir administrando, pero desde el Partido del Gobierno, admitiendo sin discusión el poder de los Kirchner y pasando por la prueba de sangre de consentir la designación de la esposa del Presidente como sucesora, y también la elección regia y a dedo de uno de ellos (Julio Cobos) como candidato a vicepresidente.

    Eso desbarató a poco costo -¿quién rechaza ese perdón por culpas partidarias sin otra contraprestación que la rendición?- la posibilidad de una alternativa en el peronismo y el radicalismo. El resto lo hizo ese Cromañón electoral que es el sistema político. Nada han hecho los gobiernos de Eduardo Duhalde y de Kirchner para remediar la crisis de los partidos y el incumplimiento de las normas electorales. Los partidos no tienen existencia efectiva, no pueden dar cuenta de sus afiliados, no eligen a sus autoridades con elecciones libres ni sus candidatos surgen de elecciones internas en las cuales los afiliados, o los no afiliados en el caso de los sistemas de consulta abierta, sean consultados sobre sus capacidades y programas antes de ser sometidos a juicio en elecciones generales.

    Un candidato en la Argentina puede serlo y gozar de todos los privilegios del sistema público con sólo anotarse en una mesa de entradas y llenando unas formas que todos pueden cumplir y que no le pide al candidato ningún respaldo político, algo imprescindible para poder gobernar.

  • Simulación

    Los gobiernos como el de Kirchner, que simulan una reorganización de la sociedad, nada han hecho por remediar esta crisis política, quizá porque es la que los puso donde están y les permite continuar en el control del Estado. Tampoco ha hecho nada el Congreso y bien poco la Justicia, que se ha convertido en un sistema de habilitación de candidatos sin preguntarles quién los eligió, si sus partidos tienen afiliados, si debaten posiciones internas, si tienen autoridades, si hacen los congresos a que están obligados, a dónde van los fondos que les regala el Estado, cómo redactan sus propuestas electorales. El rol de los tres poderes se agota en el cumplimiento de un reglamento vaciado de contenido. Este año vuelve a ser candidato un Miguel Bonasso, dirigente del oficialismo a quien la Justicia le había rechazado la existencia misma de su partido por falta de afiliados. Bastó con anotarse en el sistema de nuevo para figurar en la competencia. Tampoco hay que demonizarlo; su condición es la misma que la de los demás candidatos nacionales de todos los partidos, salvo los de la UCR de la Capital Federal, única formación que hizo una elección interna de candidatos. Como perdió, ha curado al resto de intentar hacerlas en el futuro. Que paguen cara esa extravagancia.

    ¿Podía alguno de estos cuentapropistas de la política que han sido los candidatos de ayer enfrentar con éxito al Partido del Gobierno? Los números demuestran que no. El kirchnerismo avanza a la construcción de un partido identificado con el Estado, como lo fue el PRI de México, que va costando ya en ese país una década desmantelarlo después de más de 60 años de hegemonía y de llevarlo a una crisis terminal hace 8 años. Invita a pertenecer a ese partido a quien se allane en la pelea por el poder, que no se discute. Por eso el elenco oficialista cubre un arco tan amplio como heterogéneo -y por eso inocuo para solucionar los problemas más graves, que se siguen arrastrando hacia adelante- que va de Hebe de Bonafini a Juan Carlos Romero y de Gustavo Posse a Luis D'Elía.

    En suma, que el gobierno se impone no tantoporque ofrezca algo mejor que otros, sino porque pudo impedir que alguien armase algo eficiente en su contra. ¿Sirve eso para gobernar? Como cualquier Maquiavelo de pueblo puede explicar, lo que le sirve al político para llegar no le sirve para gobernar. La ausencia de partidos políticos, de respaldo popular a los candidatos, de programas acordados con participación de los ciudadanos, frustra la creación de compromisos fuertes entre los elegidos y sus votantes que los amparen de las inclemencias de la administración. Los gobiernos surgidos en la Argentina desde 2001 están forzados a caminar por un estrechísimo camino, rodeado de restricciones que les marcan una agenda de cumplimiento obligado y que muy difícilmente pueden cumplir. Nacen de la debilidad del sistema y van a ser víctimas de esa debilidad. Sin partido ni mandato popular a cumplir, tampoco tendrán quien los defienda en la adversidad, algo que siempre llega; para enfrentar la adversidad es que fue creada la política. Sin público que los respalde, quedan al acaso del juicio político en un país que le ha tomado el gusto a destituir gobernantes, como se vio en la caída de los Aníbal Ibarra, Angel Maza, Sergio Acevedo, Jorge Colazo o Carlos Sancho, pioneros en ese tobogán sin fin que es, hasta nuevo aviso, la política argentina.
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