La afabilidad, otro privilegio de las damas. Ayer en La
Plata, Cristina de Kirchner saludó con afecto -impensable
si se tratase de varones en la misma situación- a
Graciela Giannettasio, vicegobernadora de Buenos Aires
en nombre de Eduardo Duhalde.
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Pero la mujer de Duhalde, seguramente por el luto del último resultado electoral, faltó a la cita y esquivó el encontronazo, evitando que alguien tocara madera, hiciera cuernitos o apelara, los más sofisticados, a la turmalina negra (piedra que, luego de ciertas curaciones como explicaría un experto como Jorge Asís, rechaza el desagradable fluido de ciertas personas o los efectos malhadados del indominable azar). Sin embargo, con la señora del Presidente no valen en principio esos recursos esotéricos, algunos vulgares, ni siquiera ella expresa en lo personal -cuando se trata de otras damas- esa ira que caracteriza al santacruceño. Por citar ejemplos, ayer se abrazó cálidamente con Graciela Giannettasio, la vicegobernadora de Buenos Aires, quizá la dama de más confianza del propio Duhalde luego de su esposa. Ni precauciones, ni ofensas, ni actitudes destempladas: simplemente, cordialidad. Algo parecido es la relación de ella con otra Graciela, la diputada Camaño, esposa y partner de Barrionuevo, ambas acostumbradas a cambiar sonrisas y secretos. ¿Es otro estilo de política o es una política más democrática que practican las mujeres entre sí para preservar el género en la actividad que ahora las ve reinar por razones de cupo, calificaciones personales o simple impotencia masculina?
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