"La memoria tiende trampas para conocer lo que pasó"
El debate en España sobre la revisión del pasado franquista sigue aportando perspectivas nuevas que echan luz sobre métodos, actitudes y también manipulaciones del presente a la hora de leer la historia. El escritor Santos Juliá desarrolló en un interesante ensayo que publicó el diario madrileño «El País»: La «memoria» no es el mejor auxilio cuando se trata de conocer la verdad del pasado. La memoria que ejercen los protagonistas de los hechos ocurridos, o la memoria que inventan quienes buscan apoderarse del presente abrazándose a los testimonios de antaño más bien oscurecen el conocimiento de la verdad, que es un derecho y una obligación de cada generación. Cada tiempo, viene a decir el autor Juliá, debe ejercer formas de recuerdo, pero también de olvido, algo que había expresado entre nosotros José Hernández cuando decía que « olvidar lo malo también es tener memoria». El uso de los conceptos de «memoria» y «olvido», el de «impunidad» están hoy en el centro de la evocación con ira que promueve el gobierno argentino y sus aliados en la búsqueda de ese pasado, quizás en la imaginación que procede a ajusticiamientos retrospectivos puede ayudar a sobrellevar los conflictos de la coyuntura política que los acosa. Aquí los párrafos más interesantes del ensayo «Trampas de la memoria» publicados en la edición del sábado del diario «El País» de Madrid.
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Francisco Franco
Estas trampas de las memorias de los protagonistas se multiplican todavía más en el caso español porque sus biografías políticas e intelectuales fueron largas y sus desplazamientos dramáticos. No pocos de ellos, como muchos falangistas de la generación del medio siglo, adoctrinados en el Frente de Juventudes, fueron fascistas convencidos, reconfirmados además en la nobleza y altura de su compromiso cuando su ideario fascista se anegó de sustancia católica, sobre todo después de la derrota nazi.
Pero es precisamente esa doble condición de falangistas y de católicos, la que, cuando hicieron examen de conciencia, les incitó a no ver en su pasado más que el impulso moral que les llevó a abrazar aquella causa; el mismo impulso que luego les llevaría a apartarse de ella a la vez que extendían sobre su juventud militante el manto suave de las buenas intenciones. La intención, la entrega, la generosidad, el riesgo corrido, era el mismo, la persona era la misma: ¿cómo no leer en clave moral la diferenteopción política, cómo no aceptar complacidos el oxímoron de «falangistas liberales», inventado al parecer por Aranguren, para dar cuenta de su juventud?
Paradójicamente, ese empacho de moralismo, esa proclividad a juzgar conductas políticas por intenciones morales, es la misma nube que nubla la vista a tanto aficionado a lanzarse sobre el pasado de nuestros fascistas, nacional-sindicalistas o católicos de camisa azul para exigirles que confiesen su culpa, como ha ocurrido ahora, a propósito de Günter Grass, conciencia moral edificada sobre la represión de un recuerdo. Buscan culpables en lugar de intentar conocer y explicar biografías en las que hubo de todo: desde el que reconoció con toda claridad su pasado fascista hasta el que limpió cuidadosamente frases de escritos anteriores.
Sin discriminar tiempos y personas, renunciando a hacer historia y encargando sólo a la memoria la tarea de desbrozar el pasado, lanzar sobre todos ellos una condena general constituye el expediente más fácil, pero también el más tramposo.
Fiarse de ellos o, por el contrario, meter a todos en el mismo saco. Tales son las peores maneras posibles de definir lo que realmente fueron, tomarlos por lo que dicen de sí mismos o por lo que sus celosos discípulos recuerdan que les contaron. Pero, por idéntica razón, es también una pobre guía para el conocimiento del pasado acercarse a sus biografías pertrechados de categorías morales, como militantes de batallas para la recuperación de la memoria, para exigirles cuentas, juzgarlos y condenarlos. A estas alturas, no es la memoria lo que hay que recuperar; es la verdad lo que hay que conocer. Y para eso, vale lo mismo -o sea, nada- el látigo del juez inquisidor que el recuerdo reprimido del presunto culpable.




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