Sergio Massa, Néstor Kirchner, Cristina de Kirchner, Luis D’Elía, Eduardo Sigal, Hebe
de Bonafini y Miguel Bonasso.
El matrimonio prescinde del CEO (Alberto Fernández) porque no pudo evitar las pérdidas de la empresa, que parece entrar en convocatoria de acreedores. Por decoro debieron los Kirchner avisarle a algunos empleados de la rama izquierda del gobierno, por lo menos para que preparasen algún argumento para justificar la elección de este transversal noventista que busca tapar con su sonrisa lo que significa la salida de Alberto Fernández para la ingeniería del poder kirchnerista. La renuncia dinamita lo que construyó en cinco años como resultado de una derrota. Ninguno de los problemas de la Argentina, sin embargo, nacen del gabinete; nadie ha creído en serio que cambiando el elenco de los ministros se solucionen las tribulaciones de los Kirchner. De ahí la necesidad del nuevo estilo.
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La antropología del acto de asunción de Sergio Massa fijó el retrato de esta nueva era del gobierno, un volantazo hacia la otra transversalidad, inconfesable, de la derecha. Lo dieron Néstor y Cristina de Kirchner al elegir al intendente de Tigre como nuevo jefe de Gabinete sin avisarle a nadie. Desprevenidos y sin cinturón de seguridad, salen despedidos en el giro los que soñaron con un kirchnerismo como expresión de la centroizquierda. Luis D'Elía y Hebe de Bonafini lucían desconcertados como Cobos en el Día del Amigo; experimentaron con el cuerpo -furtivo entre oropeles distintos- el nuevo aire que se respiró en el Salón Blanco.
Emblema de la nueva era fue la presencia de Julio Grondona, coronel opositor para Néstor Kirchner en el mismo nivel de un Jorge Bergoglio o una Elisa Carrió. Cuando lo notificaron en 2005 de la victoria de su esposa en la elección a senador por Buenos Aires, se restregó las manos y dijo a sus íntimos en el despacho presidencial: «Ahora vamos por Grondona». ¿Mariano? le preguntó un desprevenido. «¡Qué Mariano! ¡Julio!», lo despertó. No logró moverlo de la AFA pese a que en aquel momento unía fuerzas contra el dirigente con el monopolio «Clarín».
El giro hacia esa transversalidad que recorrió ya Carlos Menem, buscando referentes en la franja del centroderecha de la que viene Massa, contradice todos los alardes ideológicos que se había permitido Kirchner desde 2003. Lo mandó a explicar a Alberto Fernández en dos oportunidades históricas por qué el suyo era un gobierno de izquierda. Una fue en 2004 a una mesa redonda en la Bolsa de Comercio; la otra, al Hotel Bauen a una mesa que organizó Chacho Alvarez. Si el ex jefe de gabinete lo hubiera hecho en serio se agraviaría ahora de que lo reemplace alguien de la otra transversalidad; como sabe que aquellas fueron simulaciones por necesidad, comprende estas otras simulaciones también por necesidad.
Ni pensar cómo quedan en la banquina los intelectuales que dedicaron cuatro cartas denunciando el movimiento destituyente que estaba detrás de la protesta del campo por las retenciones móviles. Como Alberto Fernández, ese grupo le enrostró que alentase proyectos como el tren bala. Kirchner ya les ha respondido con la salida de Fernández y la designación de Massa, que de apocalíptico tiene sólo al suegro, el mítico «Pato» Galmarini que presume de tener un pasado insurgente que, de paso, no explota en beneficio propio.
La oportunidad lo llevó a Kirchner a revelarse en 2003 como un hombre de izquierda que nunca fue y que no ha logrado que le crean más allá del círculo de sus empleados. Ha contado cómo antes de jurar le llevaron un plan para atornillar la amnistía a los militares procesados por delitos de lesa humanidad. No sólo escuchó la propuesta, que nadie le hubiera acercado si sospechase de izquierdista. Dijo que la aceptaba y que la haría suya una vez asumida la presidencia. Destapó la simulación cuando había jurado y descabezó a todos los militares que le habían llevado la idea.
La necesidad lo llevó también a buscar amigos en la centroizquierda, impulsado por un prejuicio que confesó a pocos: la prensa de la izquierda patrullera es la que mete presos a los políticos. Buscó, con el olfato que guía a los pícaros, la amistad de diarios, revistas y periodistas que lo protegieran del deterioro de otros peronistas que terminaron entre rejas. La amistad piquetera también se alimentó de la simulación de izquierdismo, una manera de presionar a la clase media con el viejo ariete del peronismo: somos los únicos que podemos regular el conflicto. La opción no caminó mucho hacia afuera del país: Kirchner en su relación con la izquierda de la región se pareció a lo que le pasa al nuevo rico en el Jockey Club.
Cuando se acercaba a Lula, Bachelet o Tabaré (hombres que han compartido libros, exilios, ideologías comunes) éstos cambiaban de tema. Por eso terminó llevándose tan mal con ellos. Nunca los pudo convencer este santacruceño rico que llegó a la tercera edad sin hacer ni el gesto de pagarse un pasaje para conocer países extranjeros. Nadie lo persiguió nunca, no aportó a la ideología ni a la lucha cuando podía costar hasta la vida hacerlo.
El último resto lo echó con la pelea del campo, pero como eso se perdió, la artillería de rezago se da de baja del inventario.
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