21 de enero 2002 - 00:00

La nueva moda: minicacerolazo con dedicatoria

Si no fuera porque no supone cambio alguno en la estructura del poder, el fenómeno se parece a una pequeña Revolución Francesa en la que la burguesía atormentada enfrenta a quienes tienen el poder. Sólo que la guillotina es ahora la cacerola o, en casos menos callejeros, la copa y el cubierto en los restoranes. Los casos se repiten, más o menos escandalosos, en una oleada antipolítica que no deja títere con cabeza:

• El revés más sofisticado le tocó a Daniel Marx. Ya estaba subido a un avión de línea e instalado en una butaca de la primera clase cuando otro pasajero comenzó a insultarlo. Una vez identificado Marx, el enardecido viajero comenzó a recordar también a Domingo Cavallo y a Fernando de la Rúa. Los demás turistas se sumaron y, ya a miles de metros de altura, le dedicaron al ex secretario de Finanzas un cacerolazo, instrumentado con vajilla aeronáutica, más silenciosa que la habitual. Lo peor, sin embargo, se produjo a la salida del avión: el cabecilla de la protesta se avalanzó sobre Marx con la intención de escupirlo pero el personal de la compañía lo alejó.

A Rodolfo Barra no le fue mejor en el Jockey Club. Allí se refugió después de un episodio agresivo que le tocó protagonizar en el Paseo Alcorta. Ahora el ex ministro de Justicia y ex titular de la Auditoría estaba allí, enfundado en un toallón, en la sala de descanso, cerca de la pileta, traspuesto ya el sauna. Hasta que un socio lo reconoció y quiso trompearlo. Barra, quien ya había captado una agresividad especial un par de días antes en ese lugar, huyó y se prometió no retornar. Peor le fue a Enrique Petracchi, su enemigo y ex colega en la Corte: lo descubrieron un par de argentinos en Brasil y allá lo repudiaron (el año pasado, en el mismo país, lo asaltaron; habrá que cambiar de lugar de veraneo).

• Ni a Carlos Ruckauf le alcanza con la denodada tarea de su asesor de imagen, Julio Macchi, para sustraerse a la corriente de desprecio. El lunes de la semana pasada llegó con su esposa, María Isabel Zapatero, como lo hace habitualmente, a disfrutar de la excelente cocina de Oviedo, en Beruti y Ecuador. Se dirigió sin mirar a nadie a una mesa alejada de la vidriera. No sonreía pero alguien igual lo reconoció: «Que lo echen, que lo echen», comenzaron desde una mesa. Intervino el dueño, calmando los ánimos, y el canciller pudo comer. De todos modos, durante la semana suspendió un par de desayunos que tenía previstos en el Plaza Hotel y los reprogramó para el Palacio San Martín.

• A Armando Cavalieri y Rodolfo Daer, en cambio, les dedicaron un cacerolazo más modesto. Ellos creían que sólo basta con cambiar de hábitos y se detuvieron en un drugstore de Vicente López. Allí los descubrieron clientes de la estación de servicio y, además de insultarlos, comenzaron a pegarle al auto en el que se trasladaban hasta abollarlo. Consecuencias de dejar baja la ventanilla, convenientemente polarizada.

• Sin embargo, quien peor la pasó fue Humberto Roggero. Debió abandonar La Barraca, el coqueto café del centro de Río Cuarto, por la protesta de los demás parroquianos. Pero este fin de semana le hicieron un cacerolazo en la puerta de la casa. La custodia no contuvo a los protestones, que superaron la verja y se lanzaron sobre el jardín. No invadieron la casa pero en el portón del garaje castigaron a Roggero con un letrero: «Ladrón». Ahora el diputado busca la embajada en España. En Río Cuarto ya no se puede vivir.

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