Lavagna en su laberinto
-
A un mes del anuncio de los 90 proyectos de Milei: cuáles ya ingresaron al Congreso
-
Kicillof llegó a Tierra del Fuego para participar de la vigilia por Malvinas y defendió la industria fueguina
Roberto Lavagna
De ahí la desconfianza original del Presidente, un profesional de esta actividad política, quien no sólo les temía -encarnado en Lavagna- a quienes desde el mundo empresario o mediático todavía le responden con favores al gran favor de la ultradevaluación y sus consecuencias de 2001. ¿O acaso el santacruceño no empeñó su vida en los últimos tres años para capturar a los intendentes bonaerenses, a ser él a quien se debía buscar si uno deseaba construir un barrio, una obra de infraestructura o un simple cordón cuneta? Si convirtió a Duhalde en un enemigo fue por una sola razón: arrebatarle el aparato.
La vanidosa kermesse de Lavagna no reparó en ese detalle clave y, del amor iniciático con Alfonsín, lentamente fueron pasando al desaire. El otro padre político de Lavagna, Duhalde, también se distanció de su ex ministro: digamos que está susceptible a las mínimas traiciones, no quiso repetir experiencias y advirtió que los padecimientos de su colega y amigo radical también podían volverse en su contra. De ahí que corrigió los términos de la herencia, empezó a pensar que otros jugadores de la política merecían su cariño: otra vez reflotó a José Manuel de la Sota, también a Mauricio Macri. Al menos, parecen gente más previsible.
¿Y qué ocurrió con Alfonsín? Simples y ramplonas ofensas, casi todas vertidas por Lavagna. Primero, de su manifestación de desconfianza por la política, amparado en las encuestas y en un claro pensamiento de clase media; luego, sus reiteraciones de que los partidos restan, no suman, quizás imaginando que él podría convertirse, desde un pedestal, en lo que desde la nada lograron Blumberg y Piña. Amigo de las relaciones radiales, postergó cualquier iniciativa colegiada, justo con un Alfonsín que siendo presidente juraba que perseguía imponer a las asambleas como gobierno para impedir la dictadura de un solo hombre. No fue lo único, claro. Lavagna también entendió que no debía avisarle de sus actos a Roberto Iglesias, titular de la UCR, que lo de viajar por el interior del país puede ser una fruslería (creyendo, frente a los otros, que una frase bien puesta en un diario es más importante en términos electorales que el face to face en un pueblito alejado, donde Duhalde y Alfonsín se jactan de conocer los nombres y apellidos de sus habitantes). Y por si no alcanzaba este desprecio, aseguró que nunca llevaría a un radical como compañero de fórmula, que ese espacio lo reservaba para una mujer independiente. O sea, para alguien que no trabajó en política y es premiada por una cuestión de cartel. Suma de desaires de un altivo recién llegado que ni siquiera evalúa la cantidad de intendentes a tener en cuenta, sea para conquistar voluntades, llevar gente a votar o, más crudamente, especializados en contar los votos. Y si todo esto no alcanzó para que Alfonsín se cruzara de vereda, Lavagna consumó con una frase un alejamiento inevitable: fue cuando asimiló en un mismo nivel, en una misma calidad, a Kirchner con Alfonsín (situación que horroriza a los dos), al decir que «ni uno ni otro le iban a imponer los tiempos de su carrera política».
Daría la impresión de que si sólo él y su ego determinan los tiempos, algo retrasado va a llegar a la competencia. Si es que finalmente llega o Mauricio Macri, por diversas razones, para agregar masa crítica a su alternativa, lo cuelga de sus faldones. Desde que lanzó su virtual candidatura, ¿Lavagna ganó más adhesiones o perdió altura? Con ese saldo, parece absurdo que sus adláteres repitan que harán la misma campaña de Arturo Frondizi.




Dejá tu comentario