Sorprendió que el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos de los Estados Unidos, Otto Reich, hubiera inventariado a quienes para él son los corruptos de América latina, como publicó el diario «El País» de Madrid el domingo. En la lista figuran tres ex presidentes: el de Nicaragua, Arnoldo Alemán; el de México, Carlos Salinas de Gortari; y el de la Argentina, Carlos Menem. Previsiblemente, Reich aclaró ayer que no dijo lo que se publicó.
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El asombro está motivado por tres errores principales que se verifican en la conducta de este funcionario. El primero de ellos tiene que ver con los principios. Resulta curioso que una administración que defiende las reglas de juego republicanas como un valor objetivo caiga en la incoherencia de condenar sin pruebas. Como si fuera castrista.
Uno de los pilares de la civilización a la que Reich pretende homenajear con su santo horror moral es el de la presunción de inocencia; otro, el de la defensa en juicio y el seguimiento del debido proceso. Son fórmulas huecas que suelen cobrar contenido evidente cuando se las omite. Existen acusaciones innumerables contra los imputados por Reich y hasta la percepción de que pueden haberse enriquecido en su paso por el Estado. Pero ninguno de los tres fue condenado. Es el primer desacierto de Reich, si se quiere un error axiológico o ético. No debería sorprender para un hombre que, en el mismo reportaje sostiene, para justificar la vieja amistad norteamericana con aquellos presuntos corruptos, que «hay principios que durante la guerra fría debieron ser aparcados». Además del derecho, también la moral parece un acordeón para este republicano de origen cubano.
•Error político
Segundo aspecto de la conducta del subsecretario que provoca asombro es el error político que encierra. Si de algo se cuida hoy el gobierno de George W. Bush es de intervenir en las campañas electorales de los países de la región. Tal vez haya sido un principio establecido por el mismo Reich, que él mismo eludió.
A diferencia de Alemán o Salinas, Menem es uno de los candidatos principales de la guerra proselitista que se libra en la Argentina. Se entiende que Reich desmienta como desmintió. Sus dichos, si se hubieran producido, confirman lo que en Buenos Aires es un secreto a voces: que su gobierno prefiere como candidato del PJ a Carlos Reutemann y que el embajador James Walsh trabaja en ese sentido, alentado por Eduardo Duhalde, con quien habló del tema el viernes pasado. Reich no haría con sus expresiones más que ratificar que estas versiones son ciertas y que el gobierno norteamericano está dispuesto a intervenir activamente en la campaña.
•Gestiones
Este error político de Reich se produce cuando su propio gobierno hace gestiones en el Fondo Monetario Internacional para que se llegue a un acuerdo con la Argentina, aunque más no sea estético, pero que evite que un sector de la opinión pública, el que sueña con un país aislado, se fortalezca.
•Memoria
El tercer error de Reich tiene que ver con su propia memoria. Es difícil saber qué relación podría haber tenido en el pasado este funcionario con Alemán o Salinas. Pero en la Argentina se recuerda perfectamente que los Bush, sobre todo el padre del clan, George, es amigo de Menem y lo alojó en su casa hace poco tiempo. Los hermanos del actual presidente norteamericano también conocen a Menem, igual que José Sorzano, quien fue una suerte de jefe político del propio Reich en la militancia anticastrista de Miami. Curiosamente, tanto Bush padre como los hermanos del presidente y el propio Sorzano estuvieron involucrados en algún momento en las versiones que sostienen que las «relaciones carnales» entre Buenos Aires y Washington durante los años '90 estuvieron alimentadas por negocios poco claros. Puede ser que para esa época el señor Reich, sus amigos y jefes hubieran «aparcado» sus principios.
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