Más los que cuidan que los concurrentes
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Cerca de las 17, en un bar sobre avenida 9 de Julio, los jefes del Bloque Piquetero Nacional brindaban por la suspensión del tratamiento del Código porteño y delineaban otro calendario de marchas que, en cumbre, comenzarán a definir a partir de mañana (ver aparte).
También hubo celebración en la calle Lavalle: a pesar de que el juicio oral contra los estudiantes Martín Ogando y Sergio Salgado se postergó por enfermedad de uno de los integrantes del tribunal, los organizadores del escrache lo promocionaron como un logro propio.
Así y todo quedó clara, una vez más, la dispersión del universo piquetero y una merma en su capacidad de convocatoria. Durante todo el día, según la Policía Federal, se movilizaron unas 10 mil personas. Los caciques, en cambio, hablaban de alrededor de 30 mil. Aun así es poco si se tiene en cuenta el grado de expectativa que creó esta convocatoria, que pareció limitada a cuadros de fuerte militancia.
Del otro lado, el gobierno --con el debut del ministro de Justicia y Seguridad, Horacio Rosatti-apostó 1.500 efectivos en los distintos puntos a custodiar, con carros hidrantes, móviles policiales por doquier y doble vallado en los objetivos considerados más sensibles.
El temor a desbordes llevó incluso a apostar a los granaderos y la unidad de escolta presidencial dentro de la Casa Rosada, y a extender las mangueras antiincendio. A pesar de que fue una medida preventiva, refleja hasta qué punto el gobierno recelaba la marcha de ayer.
• Ida y vuelta
En medio de ese caos, Avenida de Mayo fue un carril de circulación permanente: las columnas piqueteras iban y volvían entre la Legislatura y el Congreso donde el peronismo juntaba, uno a uno, los votos para aprobar la Ley de Responsabilidad Fiscal.
La protección fue amplia pero no alcanzó a la Casa de Santa Cruz, sobre 25 de Mayo al 300, destino que eligió el MIJD -sin jefes: Castells estaba en Entre Ríos y Nina Peloso en Misiones-para adherir a la protesta que se desarrolla en Caleta Olivia. (Ver Ambito Nacional.)
La sede desde la que Kirchner comandó el último tramo de su campaña presidencial quedó desprotegida y los empleados, como reflejo, sólo atinaron a bajar las persianas. Igual, los seguidores de Castells apuntaron a la casa santacruceña más como un simbolismo.



