Finalmente, será todo el electorado nacional el que definirá la interna del justicialismo, la que negó con pertinacia Eduardo Duhalde para no perder. Ese era su propósito. Y no le fue mal en su provecho la ingeniería -el de ayer fue uno de los resultados que no despreciaba-, ya que el próximo l8 de mayo habrá que optar entre qué tipo de peronismo prefiere el país. Convirtió a la Nación en un Estado monocolor y condenó a la opinión independiente a inclinarse por un hombre de ese partido. Y a esas voces mayoritarias que no militan en el PJ ni visitan unidades básicas, que se desentienden de emblemas, marchas o escuditos, no son «ñoquis» ni prebendatarios del poder político, ahora ni se les habilita la posibilidad de perder. Una democracia a medias, siempre por última vez, como los aumentos de impuestos por excepción.
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Para la prioridad del mandatario, en su odioso proyecto personal contra Carlos Menem, como hay más no-menemismo que menemismo en sus encuestas, cualquier adversario habrá de vencer al riojano en una segunda vuelta (más beneficio, para él, si ese contrincante es su delfín Néstor Kirchner). Ese era el objetivo. Del otro lado, en cambio, orgullosos en la intimidad por haber triunfado sobre las restricciones opuestas por el oficialismo, suponen que Menem dispone -además del capital propio en el partido- de un proyecto más abarcativo para seducir a electores de otras tendencias. Reivindican para sí el progreso alcanzado en los '90, mientras su rival levanta el estatismo de los '50 más cierta lucha armada de los '70. Ese será el dilema a resolver por los argentinos.
Más que partidos, entonces, habrá que dirimir entre personalidades. Una, demasiado conocida, otra por conocerse (aunque haya salido segunda). Tres semanas de erosión para una figura carismática -por lo tanto también con detractores- y otra que ha hecho del ocultamiento casi una religión, ya que sólo participa con discursos públicos y en general evita cualquier entrevista comprometedora (no se lo ha visto, en ese sentido, en ningún programa específico de TV, tampoco dialoga por la radio, aun en las más complacientes; y, cuando se permite excepciones, sólo lo hace con interlocutores afines a su estética). El riojano, además, hace un culto de recibir a quien lo desee (empresarios, sindicalistas, curas, militares, delegados del exterior, etc.), mientras el santacruceño vive sometido «al qué dirán» por si aparece fotografiado con alguien que puede ser políticamente incorrecto.
Menem compite con la memoria. A su favor, aquellos que recuerdan un período con mayor poder adquisitivo, pacíficas condiciones de vida y expectativas de prosperidad. En su contra, también el recuerdo de una administración cargada de sospechas y denuncias, una marca que amplios sectores medios no han olvidado. Kirchner, a su vez, resume una contradicción intrínseca: se favorece con el aparato bonaerense del duhaldismo hoy en el gobierno, con todo lo que podría significar en número por el clientelismo y, simultáneamente, la aversión que ese mismo núcleo produce en la sociedad por sus características de rudeza, escasamente democráticas. En suma, el desenlace a dirimir por los ciudadanos es sobre quién de los dos asusta menos. Libro abierto el ballottage para todos los argentinos, ya que nunca hubo esa instancia en el país y los antecedentes de otras naciones -siempre hay que considerarlos- tal vez no sean válidos para esta ocasión. En general, no se enfrentan dos hombres del mismo partido.
Otra distinción entre ambos. Menem ofrece un equipo propio, una importante masa crítica de técnicos que le responden en gruesa sintonía, mientras Kirchner carece de significativos aportes en ese sentido (sólo tres o cuatro colaboradores), más bien vive de prestado de la asistencia duhaldista formada al amparo del último año de gestión presidencial. Amplio uno a la hora de captar gente, más cerrado el otro (quien, sin embargo, propenso a los análisis de sangre de cualquiera que se le acerca, cerró los ojos y tapó su nariz ante la trayectoria de varios duhaldistas que lo acompañan). Esta diferencia no parece mover el amperímetro del gran volumen de votantes que consagrará al nuevo presidente el 25 de mayo.
• Distinción
Tampoco la cuestión internacional -aunque ésta sea básica para el justicialismo, según aseguraba Juan Perón- parece determinante a la hora del voto masivo, aunque entre Menem (pro los Estados Unidos) y Kirchner (crítico de esta potencia) existe una distinción sustantiva. Sin desprecio por el sufragio general poco atento a esta realidad, tal vez merecería mayor cuidado -por la delicada situación económica y social del país- considerar cuál de las dos alternativas sería beneficiosa o perjudicial para el país.
• Complicación
Estos contenidos y diferencias quizá poco importen frente a la distancia que ayer le sacó Menem a Kirchner. Los antecedentes señalan que, cuando hay 3 puntos de separación, es dudoso para el segundo cambiar la tendencia en la próxima elección. Pero en esta Argentina, con un gobierno tan comprometido en los intereses de un candidato propio, esa seguridad estadística se complica: ayer hubo innegable representación y poder de los aparatos oficialistas en distritos clave (Buenos Aires, Capital). Fruto del gasto, claro. Y de la continuidad prometida. Se imagina, entonces, un esfuerzo mayor -léase distribución generosa de fondos y cargos- en esa dirección. Eso puede ser decisivo para el desenlace futuro, ya que ni siquiera habrá de importar lo que determinen los otros participantes postergados: nadie garantiza la obediencia de los electores de López Murphy, Carrió o Rodríguez Saá si a éstos se les ocurre dirigir su voluntad.
Le toca entonces a una gran parte no peronista de este país la absurda tarea de elegir a un peronista, engendro internista que impuso Duhalde a todos los ciudadanos (con la asociación no querida de Raúl Alfonsín, se supone). Por obligación, los más (no afiliados) van a votar a los menos, sin opción siquiera entre partidos, adhiriendo a una bandería en la que no se concurre, para responder a una curiosa forma constitucional y según la exclusiva personalidad de uno de los dos candidatos. En contra de uno, tal vez más que a favor de otro: casi destino de país subdesarrollado.
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