"Millones de lágrimas censadas"

Política

"Millones de lágrimas censadas". La bandera colgada a metros de la Casa de Gobierno, sobre la avenida Leandro N. Alem, sobrevivía desde el miércoles, cuando la noticia del fallecimiento de Néstor Kirchner convulsionó el feriado destinado al censo nacional.

Imposible no realizar la analogía fácil: las lágrimas ahora se volcaban sobre la calle, sobre las miles de personas que formaban un cordón sobre el asfalto para ver pasar el féretro. Como hace 36 años, cuando el 4 de julio de 1974, desde el Congreso, trasladaron al cementerio los restos de Juan Domingo Perón, razón y fundamento del partido que presidía Kirchner y por el cual llegó al poder.

Por casualidad, la bandera flameaba sobre la calle que lleva el nombre del líder, donde comenzaba a agolparse la multitud, que en ese sector estaba compuesta, principalmente, por las agrupaciones que marcharon a la vanguardia del cortejo: estandartes de La Cámpora, de la Juventud Peronista, de movimientos sociales -y en menor medida sindicales- coparon el tramo inicial del recorrido que finalizaría en el Aeroparque Metropolitano.

Sin embargo, la composición de los grupos que quería despedir al ex presidente mutaba con las cuadras. Apenas doscientos metros más adelante predominaban los overoles azules y los cascos amarillos de los obreros del subte que trabajan sobre Corrientes. Desde las plazoletas que dividen Alem, y subidos a los edificios, trataban de divisar la partida del coche fúnebre. En ese trecho, menos caótico, surgían vendedores de banderas argentinas, de pilotos descartables y de paraguas chinos. Rápidos de reflejos, no desaprovecharon la oportunidad. "Hasta muerto Néstor te da trabajo", le decía un muchacho de no más de treinta años a su compañero. Y surgían los aplausos y el hit más escuchado en estas horas: "¡Andate Cobos ...!".

Otros sacaban sus cámaras y teléfonos celulares para retratar el manto gris y tumultuoso que cubría a la zona del Bajo. Clic por aquí y por allá. Aplausos. Más banderas. En una de ellas, el autor, tal vez sin leer al Megafón de Leopoldo Marechal y sus batallas entre lo terrestre y lo celeste, gritaba: "Néstor con Perón. Cristina con el Pueblo". Mientras tanto, la policía suplicaba a los asistentes que dejaran espacio para el paso del cortejo, que pronto comenzaría a circular. Éstos, dóciles, aceptaban la orden.

Entre Corrientes y Córdoba se veían los empleados de las oficinas, que empezaban a arrimarse aprovechando el horario de almuerzo, vestidos de traje unos pocos, la mayoría informales por el viernes de casual day. Uno de ellos, de impecable corbata roja, tomaba fotos con la blackberry corporativa, mientras dejaba caer la tarjeta personal de un banco inglés.

"Ya salió, ya salió", decía un señor que peinaba canas, con una rosa blanca en la mano y una bolsa de consorcio en la cabeza. En la puerta del Ministerio de Trabajo se oía cuchichear a los empleados sobre el oportunismo de algunos colegas que se habían convertido al kirchnerismo en sólo 72 horas. Al rato se fundían en el canto: "...Néstor no se murió, Néstor vive en el pueblo...".

Las motos policiales pasaron raudas y derramaron la falsa sensación de que Kirchner estaba muy cerca. "Desde la muerte de Perón que no se ve algo así", balbuceaba un viejo a un desconocido. El otro asentía, con la vista en otra parte. Y allá a lo lejos, las banderas y las pancartas comenzaron a acercarse.

"Ahí viene", llegó el murmullo apretado. Los pedidos más urgentes de los policías hacían presagiar que así era. Las sirenas se encendieron y pasó la F-100 roja de la división Bomberos. Más motos, éstas blancas, y luego dos autos llenos de flores. Ahora sí aparecieron las lágrimas, las de verdad, las que se distinguían de la lluvia y los anteojos empañados. Hombres de civil blindaron el acceso al auto que contenía los restos del hombre que despertaba tanta pasión. Y más atrás, la vanguardia eufórica ensanchaba el camino. Los menos acostumbrados a los amontonamientos y empujones se protegieron detrás de las columnas de las galerías de Alem.

Los militantes, jóvenes en su gran mayoría, no paraban de gritar. Ensalzaban a "La gloriosa Juventud Peronista" y vociferaban el segundo hit del acontecimiento: "Che gorila, che gorila, no te lo repito más, si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar". El de corbata roja puso los dedos en V y se unió con las estrofas menos populares de la marcha peronista.

Lo que parecía una custodia restringida de fieles escuderos tenía una larga estela. Cientos de no militantes se acoplaban, doblando en Córdoba, en esa subida que volvía a la procesión más impactante que cuando se desplegaba en el llano.

El recibimiento en los balcones de los edificios se apreciaba con más nitidez en avenida Córdoba. El auto con los restos de Kirchner se alejaba. Muchachos con medio cuerpo afuera de la ventana agitaban los brazos, como en la popular de una cancha de fútbol. Enfermeras de un centro de estética privado sacudían una telas blancas y le daban épica peronista al instante. Abajo, los peregrinos seguían aplaudiendo con resabios de emoción.

En el cruce de Córdoba y Florida los turistas que rondaban al shopping Galerías Pacífico se animaban a mojarse para tener el retrato antropológico de su paso por Buenos Aires. El coche fúnebre ya se había alejado lo suficiente de la retaguardia como para que los últimos siguieran empapándose por acercarse aunque fuera un poco más a la columna principal. Pegaban la vuelta.

Y cuando ese cuerpo uniforme de autos, motos, personas y banderas giró en la 9 de julio, los coches estancados en San Martín comenzaron a tocar bocina, para que la policía les abriera el paso y pudieran seguir su rumbo.

A todos esto, en Alem ya habían abierto el tránsito y los colectivos que se habían desviado por Puerto Madero retomaban su recorrido habitual. Las paradas estaban repletas de esas personas que minutos antes habían despedido a Néstor Kirchner. "Ya enterré a dos líderes, la próxima entiérrenme a mí", le dijo un tipo de sesenta años a un amigo. Y se subieron al 143.

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