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P ero ya acercándose a los 90 días de gestión surgen otros análisis. Lula Da Silva llegó desde la extrema pobreza, donde no hay odio especial a las empresas, ni a los empresarios, ni a los militares. Al contrario, se ve bien al que ponga dinero, cree trabajo, y siempre al humilde nuestro le gustaron los desfiles, los símbolos patrios y un coronel como Juan Perón en 1946, luego general.
L ula Da Silva es, por caso, más parecido en origen a Carlos Menem que a Kirchner. Siente lo social, pero no odia ni odiaría a Estados Unidos ni jamás el brasileño removería pasados militares. No olvidemos la simpleza de las clases bajas argentinas: no participaron ni les interesa hoy reivindicar pasados que ya miraban ajenos cuando se desarrollaban, como la guerra subversión-antisubversión. Les parecía -y no erraban mucho- un fenómeno de hijos de ricos y clases medias. Lo eran, incluidos los militares.
P or eso se nota ahora el enfrentamiento entre kirchnerismo y justicialismo, inclusive éste en la versión neopopulista de Eduardo Duhalde. La izquierda cree en la Argentina que ha llegado su momento de reivindicación aun cuando llegue trasnochada y se hayan perdido los años de la oportunidad histórica luego de la Segunda Guerra Mundial en una Argentina que había tenido una actuación pro-nazi y era campo propicio, como en el Este europeo, en mismos años. Hubo dos factores divergentes: en esa Europa del Este surgieron guerrillas marxistas oportunas que recién aquí comienzan a insinuarse en 1966 (capitán «Uturrunco» en Tucumán). Aquéllas respaldadas por la aun poderosa Unión Soviética. Las nuestras por una empobrecida Cuba que, además, se apropiaba de los guerrilleros (u$s 50 millones del secuestro de los hermanos Born). También había hambre en todo Europa. La Argentina, por el contrario, se había enriquecido con esa hambre y estaba abarrotada de divisas de exportación de alimentos que coinciden con la primera presidencia del coronel Perón. 30 años se retrasaron las incursiones de guerrillas de izquierda en nuestro país. No se impusieron, fueron diezmadas con ferocidad en los '70 y antes y después fueron las burguesías populistas las que gobernaron el país.
E n 1989 cayó el Muro de Berlín, surgieron los socialismos constructivos de Europa y hoy el revisionismo que insinúa este gobierno en la Argentina es un anacronismo fruto del mencionado remordimiento de conciencia en el momento de la oportunidad perdida en los años '70. Hoy querer poner a la Argentina junto a Cuba o Corea del Norte cuando hasta China se encamina a un capitalismo moderno es infantil. También lo es creer que hay formas intermedias como favorecer repartir la riqueza sin antes crearla, al menos encaminarla.
"Que el neoliberalismo no vuelva nunca más", lanzó el presidente Kirchner al hablar en un astillero donde fue invitado por el gobernador Felipe Solá. Obsérvese el concepto: la cabeza del actual gobierno argentino descree la realidad política moderna de que en las verdaderas democracias serias se alternan Felipe González y José María Aznar, Lula y Cardozo, republicanos y demócratas, laboristas y conservadores, gobiernos de centroizquierda progresistas y de centroderecha. Salvo Cuba y Corea del Norte ¿dónde no surge periódicamente una gestión de centroderecha que racionalice la economía como pretende el actual presidente?
Las burocracias gremiales de la CGT ya en riquecidas, con años de usufructo desde el descubrimiento estratégico del gremialismo por Juan Perón, en 1946, no viven más la realidad de la calle que pasó a un subnivel, a los dirigentes piqueteros, probablemente hasta que éstos también se aburguesen en el futuro. Hoy un Luis D'Elía, dirigente piquetero contemporizador, en una clarísima declaración a la revista «Noticias» definió el momento mejor que 50 analistas políticos. Dijo:
"Periodista: ¿Usted es kirchnerista...? D'Elía: No. Porque no hago culto a la personalidad de nadie. Lo que hago es coincidir con una práctica y un discurso con el que estoy de acuerdo. El día que el Presidente se corra de lo que planteó el 25 de mayo, ahí veremos. Hoy no hay espacio para la revolución socialista, no hay espacios para aventuras mesiánicas. Sí hay espacio para una izquierda creíble y posible. Tengo absoluta conciencia de que si se cae Kirchner tenemos 20 años del peor conservadurismo.»
Obsérvese qué importante lo de D'Elía. Les dice a la gente y al gobierno: 1) Que Kirchner se lance al mesianismo no se quiera hacer Perón (personalismo, como le está fomentando la abierta obsecuencia de cierta prensa y voceros de la izquierda beneficiados con dinero desde el gobierno). 2) Coincidirán los dirigentes piqueteros mientras siga haciendo aportes a su movimiento (ya concedió entre 50.000 y 70.000 nuevos planes Jefas y Jefes de Hogar por intermedio de su hermana Alicia Kirchner) y tiene «piqueteros propios», como Duhalde o caudillos bonaerenses. 3) Le está diciendo que no se aparte del discurso del 25 de mayo (dio a entender que no iba a negociar con los organismos multinacionales internacionales ni sus «convicciones»). 4) D'Elía a su vez le advierte a Kirchner y su entorno que no hay espacio para un sueño marxista. Sí una izquierda moderada y democrática. Claro, no ignoran que en Cuba no hay sindicatos, ni piqueteros, ni jefes, ni gremialistas.
Lo más espectacular de D'Elía está al final por que expresa algo que los analistas políticos y la prensa no alineada (este gobierno está acostumbrado a usar todo tipo de represalia contra los medios de prensa, comenzando por el ahogo financiero vía la publicidad estatal).
Da a entender que posiblemente en este momento de desconcierto por el accionar del gobierno Kirchner estemos asistiendo al entierro definitivo de los años '70 pero no sólo por el tema de los militares represivos en exceso («represivos» a secas deben serlo todos) sino también del revanchismo de los que no ganaron aquella guerra subversión-antisubversión, por más despiadado que haya sido el accionar del Estado militarizado de facto. Y fundamentalmente el fin de lo que aquella guerrilla trataba de imponer: una gestión gubernamental de izquierda retrógrada tipo Fidel Castro y no tipo socialismos europeos aggionardos.
En la Argentina los procesos políticos fuer tes -incluyendo los de odio- lamentablemente duran de 20 a 30 años. Sucedió con la anarquía y el caudillaje a partir de 1810, con el rosismo, con la generación del '80, con la bonanza de comienzos del siglo, con los 40 años de procesos militares, con los 30 del peronismoantiperonismo. Está llegando a su fin con este gobierno lo iniciado en la década de 1970. Puede molestar, desalentar pero era casi ineluctable que sucediera y que los más simples resumían en «déjenlos gobernar para ver de una vez por todas qué hacen». Lástima la experimentación tan tardía en comparación al resto del mundo que evolucionó, y las peores condiciones del país para soportarla.
C omo todo parto de los montes no será el experimento suave, ni indoloro y sería de esperar que no cueste la pérdida de la libertad. Es tan dramática la situación que no permite pruebas largas ya que en días debe resolverse (aunque tarde algo más en definirse) si acordaremos con el Fondo o iremos al default total y a romper el hilo que nos ataba todavía al mundo. Brasil o Cuba, es la opción. Quizá luego venga un período de verdadero capitalismo que prácticamente desde 1930 la Argentina tiene interrumpido. A ese período eventual siguiente hace referencia, con pesimismo, el piquetero jefe D'Elía. Tendrá que ser duro pero no perverso y menos sin libertad. Como el esfuerzo que está encaminando hoy Lula en Brasil hacia un futuro que hoy en la Argentina aún no se ve.




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