¿Se apaga la crisis policial con la designación del nuevo jefe, Eduardo Prados, quien era el segundo del exonerado Roberto Giacomino? Difícilmente. Queda, en apariencia, una nueva etapa de limpieza en la guardia capitalina mientras que, en la provincia de Buenos Aires, a partir de hoy serán desplazados en la Bonaerense no menos de 30 comisarios, duplicándose por lo menos esa cifra el próximo mes, uniformados que no pueden explicar sus patrimonios ante la Justicia. Como es de imaginar, tanto revuelo en las dos cúpulas supone un estado particular de tensión -lo que es inquietante porque engloba a más de 80 mil hombres armados-, por no hablar de la afrenta que significa echar a los policías por ladrones. La política tampoco parece ajena a esta realidad: algunos comisarios marginados, aparte de prometer denuncias -como Giacomino contra Gustavo Béliz, a quien le imputaría que quiso obligarlo a reprimir en la fábrica Brukman-, afirman que un análisis de sangre sobre la fortuna de los dirigentes ofrecería el mismo saldo que el de los policías comprometidos (finalmente, muchos han actuado en sus funciones con la venia de los políticos). O sea, negocios y negocios conjuntos, más la sospecha de que también actuaron juntos en ciertos episodios trascendentes (las caídas de Fernando de la Rúa y de Adolfo Rodríguez Saá). A muchos extrañó que Néstor Kirchner -el que siempre se preocupó por omisiones o roles institucionales de la Policía- le anticipara a Eduardo Duhalde que prescindiría de Giacomino (un recomendado de Aníbal Ibarra, por otra parte), medida que se veía venir por una investigación judicial. Siempre el mandatario se mostró, desde que está en la Rosada, autónomo del bonaerense, y la expulsión tal vez no le competía ni le interesaba. Raro. Más sorprendió ayer el ministro Aníbal Fernández cuando salió a decir que «no le constaba» que Duhalde y Carlos Ruckauf (dos de sus mentores) le habían pedido al Presidente que reviera la medida del despido del jefe de Policía. Esa sola declaración constituía una insolencia para el Presidente. Por si todo esto fuera poco, fiel a su estilo, Gustavo Béliz hablaba de más, decía y se desdecía al complicar a su antecesor y ahora colega en la provincia, Juan José Alvarez, como conocedor de lo que hacía Giacomino para agregarse ingresos. El episodio se aclaró luego, pero había crispado los nervios de los protagonistas. No parece que el clima se despeje con el cambio de ayer, ni siquiera sabiendo todos que este gravoso entuerto no terminará en la jurisdicción penal.
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