Por ser una práctica tan desconocida en el peronismo bonaerense, casi nadie la puede entender. ¿Desde cuándo, entre dirigentes de ese partido, se habla de libertad de conciencia? Tan inédito es el planteo que algunos lo suponen como una conspiración. Sin embargo, tal vez sea mucho menos: un atajo político para evitar compromisos y no generar enemistades. Así, entonces, como una convención ha empezado a circular una coincidencia en las distintas secciones electorales de la provincia de Buenos Aires: los justicialistas reclaman no estar atados a ningún candidato presidencial en la próxima interna, pronunciarse según la opinión personal, desconocer cualquier instrucción masiva.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Ya ocurrió en un encuentro en la Sexta sección electoral de esa provincia (Bahía Blanca) y, para otra inminente de la Tercera (conurbano sur) se anticipa el mismo resultado. No importa quién viene a pedir el voto ni la adhesión: todas las líneas aspiran a liberar a su gente para esa jornada, a no comprometerla -ni comprometerse- con determinados postulantes. Por supuesto, esta creciente manifestación de conciencia individual obedece a razones no precisamente espirituales, ya que nadie puede imaginar en el justicialismo -mucho más en el bonaerense una aparición tan repentina de ese tipo de gestos.
Todo pasa, concretamente, por Carlos Menem. Y, también, por Eduardo Duhalde. Nadie quiere en apariencia comprarse el enfrentamiento entre ambos, o al menos el disgusto que los separa. Por lo tanto, ¿para qué adherir a Menem si eso significa un conflicto con el Presidente? o, en otro caso, ¿para qué votar de acuerdo con el interés de Duhalde si el riojano puede ser Presidente? Esta es la sustancia de la libertad de conciencia, aunque justo es admitir que algunas posiciones -como en el ajedrez- disponen de una mejor calidad.
Como jefe natural del peronismo bonaerense a Duhalde parece complicársele impartir una orden en contra de Menem. Aunque, justo es admitir, no tiene ningún entusiasmo por Adolfo Rodríguez Saá y, si bien lo impulsó a José Manuel de la Sota, lo cierto es que por el momento lo observa como un cheque cordobés (o sea, de dudoso cumplimiento). De ahí que modere su mensaje crítico, pida opiniones, escuche hasta la desagradable confesión de los mejores amigos que, remedando al pensador Imbelloni, le revelan: «Vamos a seguirte hasta la puerta del cementerio». No en vano Imbelloni es bonaerense y peronista, aunque no del universo duhaldista.
• Deterioro
Hay quien ve en esta obligada y progresiva neutralidad del jefe bonaerense un deterioro de su liderazgo provincial. No lo pierde sólo ante cierto avance de Menem. También enfrenta otro problema en el distrito: no parece en capacidad para consagrar a otro candidato a gobernador que no sea Felipe Solá. Y un jefe que no puede ser elector en ninguna parte pone en duda su propia jefatura.
Habrá razonamientos obvios: si Duhalde se desdibuja en Buenos Aires como mandante, ¿tal vez Menem recoja ese peronismo residual? Es una probabilidad, pero hasta ahora ni siquiera se acercó al distrito. Apenas si optó por convalidar el lanzamiento de Luis Patti, proyecto que al justicialismo ni lo conmueve debido a su mínima inserción. Tampoco ha cultivado del poder permanente provincial a desertores del aparato duhaldista, quienes como máxima se refugian en sus distritos y piden que nadie les exija a quién votar. Como se sabe, la libertad de conciencia era una excusa para no hacer el servicio militar y, hoy por hoy, se justifica en el mismo sentido para la «colimba» bonaerense del peronismo. Y ya no son tiempos para hacer una leva.
Dejá tu comentario