Era un imperdible la novela china para los posmarxistas que han heredado el sello del viejo Partido Comunista. Asilados hoy en la alianza Izquierda Unida, gozaron la llegada del presidente de China Hu Jintao la semana pasada y reflotaron la vieja querella de los soviéticos contra los maoístas para argumentar la inviabilidad del modelo chino. Así lo presentó el periódico partidario «Alternativa Socialista» en el último número.
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El Partido Comunista Chino, encabezado por Mao Tsé Tung, tomó el poder en octubre de 1949. Ese triunfo revolucionario fue el resultado de más de diez años de movilización, en una guerra campesina contra la invasión japonesa primero, y desde 1945 contra el dictador Chiang Kai Shek y el ejército del Kuomintang.
Se produjo entonces la ruptura con el imperialismo, la expropiación de los terratenientes y la burguesía, la entrega de las tierras a los campesinos. Se comenzó la erradicación del hambre (cada chino tuvo un plato de arroz) y del analfabetismo. Hubo avances y retrocesos, pero los millones de chinos dieron pasos inmensos en el mejoramiento de sus condiciones de vida.
En 1978, cuando asumió la presidencia Deng Ziao Ping, la burocracia china comenzó una serie de reformas y la formación de las «zonas especiales», alentando la restauración del capitalismo. Las multinacionales yanquis (Nike, Philips, General Electric, Walt Disney, etc.) empezaron a fabricar productos en China, utilizando una mano de obra baratísima que producía en condiciones de superexplotación feroz, y se nutría de la creciente pobreza en el campo, con millones de campesinos obligados a esclavizarse en las grandes ciudades.
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