24 de octubre 2003 - 00:00

Primer sermón para empresarios del jefe de Gabinete, Fernández

Todo preparado en el Alvear, los dos salones (recepción y almuerzo), concurrencia completa (l80 invitados) y dominio de la primera línea empresaria (no como, en otras ocasiones, cuando asisten ejecutivos de escalones inferiores). La ocasión era propicia y tentadora para el sector: hablaba el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien no frecuenta esos espacios y resulta inasible para ese mundo. Hasta Amalia Lacroze de Fortabat -trajecito azul, camisa de seda salmón- brillaba en la convocatoria y, con seguridad, no se había acercado para probar el medallón de lomo del hotel. Se la notaba espléndida, como si vendiera todo el cemento que produce o porque le quedan mínimas secuelas de las operaciones. En rigor, está casi de paso por Buenos Aires, ya que -como se supone que se sabe- transcurre feliz la mayor parte de los meses en Nueva York, en su departamento del Pierre, con escasa dedicación al teléfono y mucho más a sus afectos (aunque, en estos casos, el plural está demás). Goza, aparte, de participaciones primo cartello en diversas asociaciones (empresarias como el Council, artísticas como el Moma o de beneficencia para refugiados) y de una simpatía especial de David Rockefeller, el que -dicen- jamás fue tan atento con alguien en su vida.

La convocatoria se anticipó a pedido del invitado: había que estar a las l2.30. Pero, pasada la una, un nubarrón anticipaba la crisis con el auditorio completo: Fernández mandó avisar que no podía concurrir. Disgusto monumental, alternativas de urgencia para suplir el faltazo y resignación empresaria: «Ya sabemos cómo son los de este gobierno», era el rezo quejoso. Desazón en Santiago Soldati, Alberto Alvarez Gaiani, los múltiples representantes de las privatizadas, de las productivas, de las pymes. En la Casa Rosada, a su vez, Fernández padecía urgencias propias y la presión del mandatario: «A las dos tenés que estar acá». Imposible, entonces asistir al almuerzo del Cicyp que preside Julio Werthein.

No se amilanó el organizador del encuentro a pesar de que estaba a punto de ponerse rojo como sus llamativos corbata y pañuelo. E insistió por teléfono con el funcionario ausente, persuasivo y hasta protector (recordar que ambos se conocen de cuando los Werthein estaban en el negocio del seguro y Fernández estaba a cargo de la superintendencia de esa área), reclamando un pedido de esfuerzo adicional y, víctima del cargo, el jefe de Gabinete transigió para aterrizar un rato más tarde en el Alvear.

• Urbanidad

Llegó casi corriendo y cuando todos estaban sentados, ni tiempo hubo para anunciarlo. Unos pocos advirtieron su ingreso, y la Fortabat, educada y precisa, intentó levantarse quejándose de la ceguera involuntaria del resto: «Se lo debe saludar, es un hombre del gobierno. ¿Qué pasa?». «Será que nadie lo advirtió o que, la Argentina, con registros de América latina, ya procede sin urbanidad», le respondió un allegado. «Eso no es latino, lo latino es el Lazio, otra educación.» Sin lugar para otro diálogo, pasaba el primer plato y de prisa, Werthein anunció al orador.

Sin leer ningún texto, Fernández empezó un discurso típicamente kirchnerista que, con cierto humor, el propio funcionario calificó de sermón. Hubo excesos de «en verdad», pero en general reveló formación política y, ciertamente, se mostró como un predicador dominical señalando que sabía estar repitiendo «obviedades» y que, al decir del norteamericano Peter Berger («El poder de la gente»), una sociedad que discute estas cuestiones mínimas revela su decrepitud. Aun así, se reveló optimista con el modelo que integra, voluntarioso, a favor de la recuperación de valores y la calidad institucional. Hubo, claro, menciones a la «década desaprovechada» de los '90 (Roberto Lavagna dixit), también a otras etapas pasadas, referencias «al país» (nunca «nuestro país») casi en pendant con las penurias y desgracias soportadas por la Argentina, en una descripción en la cual él y su jefe parecen haber estado ajenos. Moralista y básico el mensaje, cayó bien en la audiencia, aunque ése no sea su alimento cotidiano. Más certero estuvo el funcionario a la hora de responder preguntas, apenas media docena debido a la prisa (casi no comió por la urgencia y debido a un cuidado de la silueta, no casualmente en los últimos meses rebajó l0 kilos).

Mucha inquietud sobre seguridad por parte de la concurrencia (hacer más cárceles, la incongruencia oficial de quejarse por el «2xl» que beneficiaría a los asesinos de Cabezas y, al mismo tiempo, llevar a la Corte a Eugenio Zaffaroni, casi un adalid de ese sistema) y réplica casi convencida de Fernández asegurando que tanto él como

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