De Perón a la actualidad la historia argentina dejó varios ensayos de acuerdos por la productividad laboral que no prosperaron por mala implementación y objeciones sindicales. En Europa, se consiguen.
Ensayos. Juan Perón y José Ber Gelbard, artífice de uno de los primeros intentos de incorporar la noción de productividad en el campo laboral.
ía ser la respuesta más simple a la hora de hablar de por qué la productividad se aplica en otros países del mundo, pero no en Argentina. Pese a que durante las presidencias de Juan Domingo Perón y Fernando de la Rúa hubo desde secretarías hasta ministerios, pasando por congresos, este método nunca pudo ser bien implementado en el país y todo quedó en expresiones de deseo que no arrojaron resultados contundentes. ¿El motivo? La incapacidad del Gobierno de turno para poder explicar los beneficios que podría provocar la aplicación del sistema sumado a la desconfianza de los gremios, quienes siempre se preguntaron por qué el obrero aceptaría poner su salario a merced de una eventual ganancia de la empresa o del Estado.
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En 1955, durante el Congreso de Productividad, José Gelbard, por entonces presidente de la Confederación General Económica -CGE-, realizó un discurso que aún resuena en el corazón del empresariado: "La empresa requiere una solidaridad activa, orgánica, entre todos sus componentes, a fin de lograr un grado satisfactorio de rendimiento y para que su proyección social se haga visible en el más alto nivel de vida del pueblo; pero exige igualmente, el mantenimiento de una disciplina y de un orden jerárquico sin el cual no se concibe ninguna asociación humana".
Y continuó: "Cuando se dirige la mirada a la posición que asumen en muchas empresas las comisiones internas sindicales, que alteran el concepto de que es misión del obrero dar un día honesto por una paga justa, no resulta exagerado, dentro de los conceptos que hoy prevalecen, pedir que ellas contribuyan a consolidar el desenvolvimiento normal de la empresa y la marcha de la productividad. No es aceptable que el delegado toque un silbato en una fábrica y la paralice. Otro factor negativo que nosotros no podemos silenciar es el del ausentismo".
El intento de Pacto Social tras la crisis del 51, no llegó a cumplirse. Los trabajadores no aceptaron aumentar los ritmos de producción ya que, en ese caso, perderían las diferentes conquistas sociales que habían obtenido en los últimos años.
Algo que sí se consiguió en 1973 -entre la presidencia de Héctor Cámpora y el tercer mandato de Perón-, a través del mencionado Pacto Social cuando el ministro de Economía Gelbard, José Ignacio Rucci -líder de la CGT- y Julio Bronner -a cargo de la CGE- sellaron el acuerdo con el cual se implementó el sistema de Alicientes y Castigos relacionados a la productividad en los sectores rurales.
Un modo que también se buscó llevar a cabo cuando Carlos Menem y Fernando de la Rúa, instalaron sus propuestas de flexibilización laboral. "Si el sector económico crece, también crece el país", aseguró Menem en agosto de 1996, días antes de presentar su proyecto final. La idea, como él decía, era "elevar la productividad" con el fin de disminuir los costos laborales". En otras palabras: reformular las negociaciones colectivas con la intención de que se licuen las discusiones salariales entre las empresas y los trabajadores.
En el plano internacional, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Noruega son modelos de referencia en materia de productividad sin la necesidad de ser megapotencias económicas. Países con servicios públicos de gran calidad, que tienen un crecimiento económico estable y un sistema educativo excelente. Se lo conoce como "modelo de bienestar nórdico".
La clave de estos países radica en un sistema de productividad en el cual los trabajadores sostienen sus resguardos sociales sin descuidar la eficiencia y los niveles de competitividad. Un pacto social en el cual las rentas salariales se subordinan a las mejoras en la productividad.
Dinamarca sobresale ante el resto por la forma en la que trata al desempleado, al cual le paga el 90 por ciento de su último salario durante dos años. En esa dinámica las empresas llevan a cabo un sistema conocido como "flexiseguridad", en el cual el trabajador se capacita en diferentes áreas con el fin de, en caso de ser necesario, ir rotando en diferentes espacios de trabajo.
Pero todos estos estándares de vida laboral son posibles debido a que la desigualdad es casi nula ya que la prestación de servicios públicos ya están pagos a través de los impuestos.
En Suecia, por ejemplo, como dato de color, todos los trabajadores recurren al "fikas" -la pausa del café-, un fenómeno social que se realiza varias veces al día, que (según estudios) baja el nivel de estrés y que permite la conversación entre empleados y directivos logrando una línea más horizontal de trabajo sin diferencias jerárquicas. Una experiencia que ya es replicada en Nueva York y Londres.
Todo lo contrario de lo que sucede en Alemania y Japón, otros dos países con sistemas de productividad y que también tienen en común la reconstrucción que debieron realizar tras el final de la Segunda Guerra Mundial. En ambas naciones no existen los conceptos de pausa laboral. En el país germano los trabajadores no cuentan con la posibilidad de ingresar a sus redes sociales como tampoco pueden usar los teléfonos para asuntos privados. Tienen jornadas laborales de 35 horas semanales en las que están sujetos a la productividad de la empresa, pero cuentan con grandes derechos adquiridos en licencias por paternidad maternidad y salud.
Una de las acciones más conocidas se llama "kurzarbeit" y tiene que ver con un recorte de hasta dos años de la jornada laboral a cambio de no despedir a nadie. Los trabajadores pasan a cobrar dos tercios de sus sueldos, mientras que el resto lo paga el Estado hasta volver a reactivar la empresa.
En Japón las compañías utilizan un sistema conocido mundialmente como Kaizen, que significa cambio beneficioso, y que se basa en acciones concretas, simples y económicas por las cuales mejorar la productividad. Toyota, Sony y Hitachi, son tres de las empresas más reconocidas, que aplican esta forma. En marzo, se conoció que 100 pymes argentinas serán entrenadas con este sistema para elevar su productividad, competitividad y eficacia.
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