1 de julio 2005 - 00:00

"Queremos todo, no damos nada", el lema de Kirchner

Néstor Kirchner se aplicó con énfasis en las últimas horas a sumar a Buenos Aires a la lista de distritos donde tiene problemas para que pleblisciten su gestión en las elecciones del 23 de octubre.
Néstor Kirchner se aplicó con énfasis en las últimas horas a sumar a Buenos Aires a la lista de distritos donde tiene problemas para que pleblisciten su gestión en las elecciones del 23 de octubre.
Nerviosos ayer en la Casa Rosada, oteando si Néstor Kirchner ofrecía alguna señal sobre la puja con Eduardo Duhalde. Múltiples reuniones del Presidente -quien hasta suspendió un viaje a Córdoba previamente agendado- con presuntos expertos pagos de la política bonaerense, sean intendentes favorecidos con fondos que no soñaron, aspirantes a punteros, encuestadores sólo con buenas noticias o emprendedores de la obra pública generosamente dispuesta en la provincia por el Ministerio de Infraestructura. El eslogan era el mismo: «¿Qué queremos? Todo. ¿Qué vamos a dar? Nada». Pero ese supuesto no es sencillo de aplicar, al menos demanda tiempo, al extremo de que hace pocos días Kirchner hizo esperar una hora y 15 minutos al titular de la petrolera Total y, finalmente, despidieron al empresario sin recibirlo.

Mientras, Duhalde disimulaba su inquietud organizando ayer partidas de ajedrez con ajenos a la política y, de paso, tomar su habitual clase de tenis, deporte que nunca aprende a pesar de la contumacia. Injusto pensar, sin embargo, que él está menos preocupado que Kirchner: bastaba verlo caminar, presuroso de un lado a otro, para advertir un estado de ánimo que no disipan las distracciones. También los suyos, ansiosos por un arreglo (no quieren perderse la regadera de dinero), buscaban una señal para distinguir el futuro. Unico dato: nosotros presentamos a Chiche candidata, como ellos a Cristina. O sea, guerra y, para los peronistas -sea la línea que sea-, esa eventualidad siempre florece en sus labios porque nunca se hace real.

Se abrazaban en el Hotel Intercontinental «Pepe» Pampuro (el ministro de Defensa, José, un fanático advenedizo del kirchnerismo luego de pasarse la vida en el duhaldismo) con Osvaldo Mércuri, un vecino de Duhalde que siempre soñó con sus logros pero jamás pudo conseguir autonomía para copiarlo. Los dos convencidos del «arreglo» -por alguna razón a los peronistas les agrada más esa palabra que «acuerdo»- entre Lomas de Zamora y la Casa Rosada, «finalmente siempre nos juntamos a la hora de la verdad». No eran los únicos. También estaban en lo mismo gestores públicos como Alberto Fernández, José María Díaz Bancalari, Hugo Curto y hasta los secretos como Juan José Mussi, intendente de Berazategui. Pero algo ocurrió camino del foro o las encomiendas no contenían lo imaginado.

• Claudicación

Sin ser politicólogo, era fácil advertir que Duhalde había claudicado ante Kirchner: le mandó la lista de candidatos, aceptaba a Cristina y, obviamente, ésa era una muestra de su resignación. Quien deja a otro el cierre de las listas confiesa, en ese acto, que ha perdido. Por más, claro, que ubicara mayoría abrumadora en las hileras provinciales y otorgara ese dominio en las nacionales. Pero, como Kirchner «quiere todo», se le ocurrió que debía premiar a los piqueteros que lo han auxiliado para amedrentar a la clase media y, en consecuencia, incluyó a Luis D'Elía y a Jorge Ceballos como postulantes entre los designados por Duhalde. Mala noticia para el bonaerense, intolerable para su gusto.

No importa ya si D'Elía lo acusó a Duhalde de instigar un asesinato (el del piquetero Cisneros) o de otras lindezas semejantes; el hoy embajador en el Mercosur aparta sus cuestiones -«si tuviera que enojarme con los que han dicho cosas malas de mí, no hubiera hecho presidente a Néstor», aduce, recordando que el sureño había dicho que integraba una «asociación ilícita»- observa que el justicialismo no puede llevar en su nómina a esos personajes, piensa que la sociedad no los aceptará y que no corresponde institucionalmente premiar a quien tomó una comisaría. Esa es una frontera que él no convalidará.

Le cayó pésimo a Kirchner la reacción, quien al mirar los nombres de los candidatos de Duhalde se había preguntado ante uno que estaba después del sexto puesto: «Pero ¿cómo?, ¿éste no era nuestro?». Observación menor, graciosa -nítidamente dirigida a las lealtades a Julio De Vido-, cuando aún no había entrado en el nuevo conflicto con Duhalde por los candidatos piqueteros. El dato final, intolerable para el santacruceño, fue la aparición de Miguel Angel Toma en la nómina. Allí se brotó, indignado, hizo concluir las negociaciones, echó a los intermediarios e incorporó al partido de Buenos Aires como un nuevo problema electoral sin solución para sus intereses (como el último que lo desvela, Santa Fe, tan huérfano de candidatos que hasta le propuso infructuosamente a Carlos Reutemann que lo representara como aspirante). «Vamos solos», bramó -no se sabe si para la tribuna, al igual que Duhalde-, rompiendo el reparto que había consensuado. También el bonaerense se preguntaba si él no se había excedido en las concesiones: finalmente, quedarse con un tercio en la interna era una tontería, ya que ese porcentaje lo puede lograr por sí mismo en la general. Al menos, ése era el reproche que le hacían los amigos y que él, por decir que apostaba a la estabilidad, estaba dispuesto a ceder.

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