La primera respuesta a la oleada de alternancias presidenciales fue la pandemia: ninguna gestión sobrevivía porque las medidas de prevención fueron demasiado antipopulares. Pasados seis años de la conmoción por el coronavirus, son numerosas las administraciones que vuelven a cambiar de rumbo (Biden en EEUU, Boric en Chile) o que ingresan en crisis políticas (Corea del Sur, Francia). El elemento transversal parece estar ligado a las nuevas tecnologías y a las subjetividades y pasiones que estas generan. La forma de discutir lo público cambió y se debaten reputaciones, no ideas.
Ricardo Lorenzetti escribe su propuesta para reencauzar el desorden en "El liderazgo del caos"
El juez de la Corte Suprema publicó un libro cuya meta es encontrar alternativas para responder al extendido desánimo social.
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Imagen generada con IA bajo el prompt: "Liderazgo del caos".
Cuando las personas se anteponen a los destinos, el ego termina por desplazar el mandato. Ese diagnóstico, compartido por cientistas sociales de la última década, es retomado por el juez Ricardo Lorenzetti, que intenta dar el siguiente paso: el de las soluciones a la ceguera de las autoridades. Les reconoce una coyuntura complicada y así afronta la escritura del libro “El liderazgo del caos” (Siglo XXI Ediciones), donde advierte que los líderes contemporáneos están atravesados por una actitud populista, pero no en su connotación habitual de demagogia, sino en la definición que delineó Ernesto Laclau y que Lorenzetti sintetiza en su primera línea: “El liderazgo político y social actual se basa en la construcción permanente de enemigos como exclusivos culpables de los sufrimientos ciudadanos, cuya derrota sería una solución”.
La derrota más determinante, aunque reversible como casi todo en este siglo, es la del consenso universal del Estado de Bienestar (o al menos, “presente”) para pasar a la épica de la autosuficiencia -y por ende, a la demanda de reducción estatal-. Los más pudientes se organizan en barrios aislados y los menos en circuitos de economía informal, en simultáneo a grupos sociales que ya no se identifican como clase sino que se fragmentan en múltiples demandas heterogéneas y aisladas, con ansiedad por ver las resoluciones o los efectos de las políticas. Si a esos elementos se incorpora una economía sujetada a una geopolítica totalmente sacudida, las gestiones nacionales tienen cada vez menos capacidad de margen para desplegar planes sostenidos de Gobierno.
Para no quedar determinados a -im-previsibles reacciones de una comunidad sin consensos claros, el autor propone que los movimientos a los que debe apuntar la dirigencia son los sistémicos, los que grandes bloques programáticos que sujetan a las agendas. Eso organiza su índice, en donde mira al medio ambiente y al desarrollo tecnológico como las columnas de toda hoja de ruta política del futuro. Es notable que el libro no se extiende en reflexiones sobre el rol específico de la Justicia en esta nueva modernidad, ni tampoco los desafíos o necesidades para superar de las instituciones jurídicas de la Argentina que protagoniza el autor. Lo más preciso es una revisión de cómo ingresa la Inteligencia Artificial (IA) a los sistemas de tribunales, aunque luego aborda la necesidad de los liderazgos de afrontar una respuesta sobre el tipo de convivencia que debería existir con las IA y qué lugar ocupará la identidad nacional para determinar un eventual marco de regulaciones.
El desarrollo tecnológico provoca otra demanda: un salto tecnológico en las posibilidades de resolución del Estado, que conserve los necesarios mecanismos de control pero que pueda garantizar un sistema de procedimientos equivalentes en su celeridad a las aplicaciones de uso cotidiano de las personas. Sin esa validación comunitaria por la eficiencia de la cosa pública, la imposición de un orden se desnaturaliza. En simultáneo, Lorenzetti legitima el reclamo por la trazabilidad de los algoritmos y una convivencia que tienda a una mayor transparencia, para conocer cómo las corporaciones tecnológicas usan nuestros datos y qué intereses las componen.
Todo lo que lo convoca a publicar este libro es dar un salto: de mentalidad, de discusión, de actitud. “La pasión revolucionaria ha sido reemplazada por la melancolía y el desencanto”, escribe y pide pasar del “climax declarativo” a la acción concreta de redefinir a las instituciones para reinventar un Estado deseable, que pueda ejecutar una “democracia reflexiva” de gobernabilidad híbrida que implique repolitizar a la sociedad para acercarla.
La lectura levanta un desafío que queda en el aire: ¿Cuáles son las necesidades arraigadas al espíritu argentino de esta década que debe captar todo líder para alcanzar aceptación? Ya no es la democracia con la que se come, se cura y se educa; ya el otro dejó de ser patria. ¿Cuánta vigencia tendrá el equilibrio fiscal como mandamiento y la estabilidad nominal como meta? Quien lo pueda descifrar tendrá como segundo obstáculo priorizar la trascendencia como propuesta que como nombre.
Ficha técnica de "El liderazgo del caos"
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