En nombre del libre mercado, Milei impulsa un acuerdo con Estados Unidos muy desfavorable, y que va a contramano de cómo los países aprovecharon las revoluciones industriales para desarrollarse.
Tenemos la oportunidad histórica ante esta Cuarta Revolución Industrial. Aprovecharla exige inteligencia estratégica, no dogmatismo.
La República Argentina vuelve a discutir su inserción internacional como si la historia no existiera. Apertura indiscriminada, desregulación sin límites y acuerdos comerciales bilaterales sin estrategia productiva, aparecen otra vez, como respuesta a las necesidades financieras. La cuestión es que el mundo va en un sentido y, al mismo tiempo, la historia del desarrollo de las naciones enseñan exactamente lo contrario a lo que propone Milei y su gobierno.
Ingresamos de lleno, hace unos años, en la Cuarta Revolución Industrial, un período extraordinario y de apertura de oportunidades a nivel global, marcado por la irrupción de la inteligencia artificial, la automatización, la transición energética y la concentración del poder tecnológico. En este contexto, ningún país se puede desarrollar –ni se ha desarrollado en el pasado-, dejando su futuro librado al mercado, firmando acuerdos comerciales bilaterales perjudiciales para sus intereses, o sin una hoja de ruta clara. Mucho menos un país con los problemas estructurales no resueltos de la Argentina.
La historia económica es contundente. Los países que son desarrollados han aprovechado las anteriores “revoluciones industriales”, que son los cambios científicos y tecnológicos que modificaron las formas de producción. Varios lo han hecho, incluso llegando tarde. En la I Revolución Industrial, mal que le pese a Milei, Inglaterra protegió su industria y sus tecnologías. Durante la II Revolución Industrial, Alemania y Estados Unidos, por ejemplo, construyeron su poderío industrial con aranceles, inversión pública y ciencia aplicada. Luego, en la III Revolución Industrial, Japón, Corea del Sur, Taiwán y luego China, entre otros, se subieron a la ola con política industrial, educación técnica masiva, banca de desarrollo y estrategias exportadoras muy disciplinadas. No hubo excepciones. Ningún país se desarrolló abriéndose sin condiciones, como plantea la dupla Sturzenegger-Milei. Todos entendieron que el mercado es una herramienta, no es un proyecto en sí mismo.
Con la Cuarta Revolución Industrial en marcha, Argentina tiene una nueva oportunidad histórica. Pero a la vez, se enfrenta al riesgo de repetir errores conocidos. El acuerdo comercial con Estados Unidos debe evaluarse desde esa misma perspectiva. La pregunta no es ideológica, es estratégica: ¿Queremos usar esta nueva revolución para desarrollarnos o para consolidar una nueva dependencia?
Mientras el gobierno nacional propone una apertura sin red, y un debilitamiento deliberado del Estado, el resto del mundo intenta hacer lo contrario. Estados Unidos, China o Europa subsidian sectores estratégicos o protegen sus industrias imponiendo aranceles, disputan las cadenas de valor y planifican su inserción global. Ninguna pregona ni practica el libre mercado ingenuo y antiguo que predica Milei.
Brasil, nos ofrece un contraste más que elocuente. Bajo el liderazgo de Lula, volvió a colocar en el centro una estrategia de reindustrialización, innovación y desarrollo productivo, adaptada al siglo XXI. En esa línea, Fernando Haddad, su Ministro de Hacienda, presentó su libro auspiciado por el mismo Lula, titulado Capitalismo superindustrial, donde sostiene que el capitalismo contemporáneo ya no se organiza tanto alrededor de la especulación financiera, sino de la industria avanzada, la energía, la tecnología y el conocimiento. Los países que se desindustrializan y se financiarizan sin estrategia, no se modernizan, se subordinan. Deberían saberlo Milei, Caputo y Sturzenegger.
La Cuarta Revolución Industrial no es una cuestión abstracta o solamente digital. Es también profundamente material. El CEO de Nvidia Jensen Huang, en Davos, lo explicó claramente. Se apoya en energía abundante, minerales críticos, infraestructura pesada, ciencia aplicada y capital humano calificado. Argentina tiene todos esos recursos, aunque algunos han sido injustamente descalificados por la gestión libertaria. Lo que hoy se puede percibir es que hay una renuncia a transformar esto en desarrollo. Y al mismo tiempo, vemos una entrega sin condiciones, sólo a cambio de estabilidad precaria y con el alto precio de una dependencia estructural.
En este contexto, asistimos a una contradicción evidente. Milei plantea un alineamiento incondicional con Estados Unidos en nombre del “libre mercado”, pero las políticas reales de Trump y Estados Unidos van exactamente en sentido opuesto. Es decir, mientras Argentina acepta condiciones desfavorables y desarma sus capacidades productivas, los líderes –a muchos de los que Milei reivindica-, practican un nacionalismo proteccionista pragmático.
El acuerdo comercial firmado con Estados Unidos, consolida un modelo viejo en un mundo nuevo: asimetrías, concesión de ventajas, desprotección de la industria argentina, desigualdad en términos de intercambio. Lisa y llanamente entregarse a la dependencia, abriéndose al mercado sin ningún tipo de exigencia de transferencia tecnológica o integración productiva, nada de inserción inteligente: una renuncia anticipada ante una competencia desigual en términos de escala y desarrollo tecnológico.
Está claro, que la alternativa no consiste en aislamiento en un mundo ya integrado, ni un estatismo de otra época. Se trata de tener una estrategia de desarrollo nacional en este nuevo escenario, como la que aplicaron quienes supieron aprovechar las anteriores “revoluciones industriales”. Con estabilidad macroeconómica y responsabilidad fiscal, sí. Pero también, con una política industrial contextual, con ciencia, tecnología, formación técnica y cooperación internacional alineada a un proyecto nacional.
Tenemos la oportunidad histórica ante esta Cuarta Revolución Industrial. Aprovecharla exige inteligencia estratégica, no dogmatismo. Persistir en una lógica de desindustrialización, financiarización, reprimarización y dependencia, es repetir errores conocidos en un contexto global que, claramente, exige otras cosas. Lamentablemente el gobierno está cegado por un dogmatismo sostenido en ideas propias del siglo XIX.
Lo concreto es que Argentina ya perdió oportunidades en el pasado. En esta Cuarta Revolución Industrial hay otro camino; no es el de este acuerdo y no es el de la dependencia.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Guillermo Justo Chaves, es profesor en la Universidad pública y fue Jefe de Gabinete de la Cancillería argentina.
Dejá tu comentario