No ha habido presidente más obsesionado con el manejo de la opinión pública, la propaganda y la imagen que Néstor Kirchner, y eso que hereda al encuestomaníaco Eduardo Duhalde. Ninguno tampoco que, a la vez, termine su tercer mes de gestión incomunicado, sin percibir las amenazas reales que se ciernen sobre su administración. Cree ganar cuando el Congreso lo halaga con decorativas anulaciones de leyes (punto final) pero parece indiferente ante el gesto de Diputados que le duerme los proyectos necesarios para el acuerdo con el FMI. La visita del emisario de Washington Roger Noriega y la crisis con Scioli le han dado una oportunidad para moverse del solipsismo que lo ata al espejo.
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«-La relación con (Daniel) Scioli ya no será la de antes, nunca más. Kirchner es un hombre rencoroso, que no olvidará tan fácilmente el gesto de Daniel.
-El no cree que haya una conspiración. Piensa, sí, que puede haber empresas moviéndose con ansiedad por las tarifas. No mucho más. ¿Menem? No, imposible. ¿Que Duhalde habló con Scioli? Sí, pero también habló con Kirchner.
-Scioli también cometió un error. Tiene una ambición desmedida y una gran ingenuidad. Las declaraciones fueron la gota que colmó el vaso. Primero estuvieron los viajes internacionales, como si fuera un presidente.
-Hay que entender también a Daniel: nunca fue copiloto y ahora lo es por primera vez.
-Ahora estoy seguro de que Kirchner buscará un nuevo formato para la relación con Scioli aunque no vuelva a ser la de antes.
-Es cierto que podría haber buscado un reemplazo mejor para Turismo. Alguien de otro campo, tal vez del duhaldismo o del empresariado. La elección de un santacruceño refuerza la imagen de un presidente aislado, con pocos recursos, demasiado lábil a la subordinación y, diría, a la obsecuencia.»
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