Eduardo Duhalde no tiene, por lo menos, reloj.Y si lo tiene no lo usa. Parece aquel general Viola que decía dominar el tiempo -¡y hasta los silencios!- y terminó en el Güemes con un cateterismo impuesto. No es un problema de horarios el de Duhalde, sino de engreimiento sobre el arbitrio de las urgencias, él que jamás trabajó -al menos en la actividad privada-y supone que puede determinar negociaciones, conflictos o situaciones a su antojo. Tan falaz como decirle a su mujer: «En 90 días resuelvo todos los problemas de insubordinación social. No te preocupés». Ya que darle subsidios a los piqueteros -como si ésos fueran los únicos que protestan-, los convierte a su juicio en una fuerza propia, estable. Nada de eso se escritura, apenas si se alquila, como siempre se hizo con los sindicalistas. Además, ya se están por cumplir 90 días y la paz social todavía es un enigma.
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Pero a quien el tema del reloj subleva es a Jorge Remes Lenicov, quien hace una semana soñaba que Diputados sesionaría en Semana Santa para aprobarle cuatro leyes (quiebras, subversión económica, etc.) y desde ayer se podría consumar un pacto con los gobernadores, con la oposición y cuantos más quisieran participar para explicarle al mundo que la Argentina -con discurso mediante-es un país sensato, con sentido común, que honra sus deudas y no malgasta. Todos se fueron de Pascua, la casa estuvo en orden y, por supuesto, nadie hizo nada.
Al contrario, se actuó en otra dirección. Mientras el ministro confiaba que Duhalde había entendido todas las señales externas, de amigos y ajenos, sobre la conveniencia de entenderse rápido con el Fondo Monetario Internacional («la única puerta de acceso al mundo», como bien le explicaron mandatarios europeos, no norteamericanos, quienes ya desistieron de cualquier razonamiento posible con la Casa Rosada), el fin de semana prefirió otra compañía: estuvo casi tres horas con Daniel Carbonetto, un rezagado de la década del '70 que asesoró al peruano Alan García y todavía no está satisfecho con haber roto el modelo, devaluado, pesificado, y haberse alejado de la civilización. Hoy es diputado por las listas de Luis Farinello. Por si no le alcanzaba esa doctrina, Duhalde también aceptó dócilmente los consejos del retirado monseñor Raúl Primatesta, quien le recomendó -como si la Economía fuera su métier-que el país debía cortar con el FMI.
• Confusión
Se diría que hay una esquizofrenia de conceptos en el gobierno, una confusión por lo menos en la cabeza presidencial para escuchar hasta las voces de las cavernas, aunque nadie propone desahuciar opiniones por más que provengan de un economista con rasgos de extinción académica y un sacerdote que la mayor parte de su vida hoy la pasa, bucólico, tomando mate en el ostracismo de una Iglesia totalmente desencontrada consigo misma (por citar solamente las oposiciones abiertas de los obispos Aguer y Bergoglio con los Casaretto y otros militantes del diálogo social).
A Remes lo compelía la prisa por la misión del FMI. «Dejámelo a mí», respondió Duhalde cuando se planteó la cuestión de Diputados y la de los gobernadores. Los legisladores ni sesionaron y ya hubo una provincia a la que le permitieron emitir $ 55 millones en cuasi moneda y, ya que están las planchas, produjo $ 90 millones. Después, se entiende por qué desde el FMI no le creen a la Argentina, a sus gobernantes. «No les creo ni que pusieran a Roberto Alemann como ministro», le confesó Anne Krueger hace poco a su mejor amigo en el país con la mejor bonhomía.
• Corte Suprema
Otra petición del ministro se relacionó con el litigio entre el Ejecutivo y la Corte Suprema, ya que para Economía la cuestión del goteo perpetuo del «corralito» le diezma reservas y le dispara el dólar. «Dejámelo a mí», volvió a repetir Duhalde, al tiempo que protagonizaba esa negociación y apartaba a otros emisarios. Se suponía una pacificación, el abandono de la totalitaria intención de suprimir jueces por haberse expresado en fallos. Lo cierto es que, desde la Corte, el comentario de hoy revela otro estado de ánimo: «Sabemos que nos quieren cocinar. Ahora nos pusieron en baño María hasta que les saquemos las medidas que necesitan. Y, luego, nos cocinan. Así que será difícil cualquier acuerdo».
Mucha política entonces para un hombre que no sabe de emergencias ni de urgencias, que tampoco repara en grandes defaults empresarios (Mastellone, Telecom, Pescarmona) ni en la mínima actividad de comerciantes o fabricantes que no pueden pagar, cobrar o vender sin precio. Para quien el reloj es un simple adorno en la muñeca. Demasiada política también para un ministro que, en ocasiones se exaspera por traducirlo a su jefe y cada vez se descubre más asustado por la parsimonia de un bonaerense que de negociaciones con el FMI tiene la experiencia de un martillero que vio discutir a un comprador de Lomas con un vendedor de Banfield por un FONAVI de tres ambientes.
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