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En la sede central de la UCR se celebraba ayer la reasunción de Angel Rozas a la presidencia de la fuerza. Por eso se había reunido un grupo de dirigentes encabezados por Alfonsín, Pablo Verani, Jorge Lizurume y Mabel Marelli, entre otros. Todo comenzó cuando se tomó nota de una carta de Alejandro Armendáriz, el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires y dirigente alfonsinista (por lo menos hasta ayer) de Saladillo, quien manifestó por escrito su indignación por la reposición del gobernador del Chaco al frente del partido. Armendáriz se desahogó ampliamente en la carta, refiriéndose a las internas en las que, tras un trámite judicial complejo, triunfó la fórmula Leopoldo Moreau-Mario Losada, presentes también en la reunión de ayer. Esas internas, sostiene el ex gobernador, « resultaron un bochorno por el escandaloso fraude que se cometió en varias provincias, pero fundamentalmente en Formosa». Siguió Armendáriz en su carta: «El Dr. Rozas en lugar de ofrecer desde su alta investidura ponderación en sus acciones, responsabilidad de juicio y equilibrio en sus emociones, se sumó a una manifiesta confabulación que, con apoyo de la Sra. Jueza Servini de Cubría, convirtió a la fórmula perdidosa, en ganadora. No está entonces en condiciones de conducir el partido, quien pudo ser nuestro candidato presidencial de consenso y terminó actuando como puntero al servicio de un sector».
Pero más sorprendió Alfonsín con las imputaciones que siguieron a ese párrafo sobre Armendáriz. Dijo que «el fallo de la señora Cubría fue muy bueno y el fraude fue escandaloso en Formosa y también en San Juan, allí hubo un gran fraude». Tal vez no contaba el orador de Chascomús con que en el fondo del salón se encontraba el diputado Mario Capello, secretario del bloque radical y presidente del radicalismo sanjuanino. Este legislador, que milita en el Grupo Federal (principal sostén del gobierno de Fernando de la Rúa), levantó la mano insistentemente, sin demasiado éxito: «Tenemos que empezar la ceremonia de asunción del doctor Rozas», le explicaron. Igual insistió y consiguió decirle a Alfonsín: «Doctor, quiero aclararle que en la provincia de San Juan no hubo una sola denuncia de fraude; si se denunció una irregularidad fue aquí, en Buenos Aires...». El ex mandatario, enfurecido, insistió: «No, hubo fraude en San Juan, me lo dijeron muchos dirigentes sanjuaninos que me vinieron a ver...». Moreau y Losada estaban pálidos en sus butacas. No porque se los acusara, sino porque veían que Alfonsín reabría un pleito que, precisamente con la reasunción de Rozas, pretendían liquidar. Además, no había ventaja alguna en ofender a los sanjuaninos, que son gobierno en su provincia (el vicegobernador y el ministro de Gobierno son hombres de Capello). Pero Alfonsín siguió despotricando: «En la Capital también hay problemas, es un radicalismo que depende de la prebenda del Estado». ¿Respuesta a Ibarra? Todos entendieron que sí, en especial desde que Ariel Schifrin, íntimo del alcalde, comenzó a predicar que «el radicalismo es el pasado y sólo entiende de cargos públicos».
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