Hasta cierta pena pueden provocar las desazones de Claudio Morgado, ese locutor venido a la política, actividad en la que no empezó felizmente. Aunque, claro, no debe ser ésa la impresión de quienes fueron castigados sarcásticamente y en más de una ocasión por Morgado en TV (cuando coprotagonizaba «TV registrada»). En rigor, ahora él mismo podría ser objeto de burla en un programa de esas características: reúne todas las condiciones.
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Es que el oficialista del espectáculo no sólo ha padecido los vaivenes de Rafael Bielsa, con ese coqueteo de que «me voy o me quedo» (con relación a Francia y a la Cámara de Diputados). También parece que tuvo otras ilusiones previas, frustradas naturalmente para ganarse el apelativo de «loser» (con gesto incluido)que hizo famoso al programade Pettinato, a veces competidor de Morgado. Porque la decepción inicial provino de la posibilidad, luego desechada, de que Mercedes Marcó del Pont también dejara la diputación -en rigor, que no asumiera para hacerse cargo del control de precios en la función pública.
Aunque no trascendió, la Marcó del Pont también se le rebeló a Néstor Kirchner, como ocurrió con Bielsa: dijo que no por una razón comprensible -alegó no saber sobre controles, por más que los aliente-y otra que, en política, poco se explica: sostuvo que tiene que cuidar a su nueva hija, tarea que sí puede hacer como legisladora (no trabajan),pero no como funcionaria.Mientras sucedía esta situación, el previsor Morgado se compró un traje para presentarse a la jura ante la presunta baja de la mujer.
Se sintió mal, claro, luego de haber tocado el cielo -uno habla del techo del Congreso, claro-y volver a la realidad de quedarse en la puerta. Después, ya más seriamente y con alharaca, vino el anuncio de Bielsa embajador; entonces, se iluminó Morgado y sin contención se dirigió corriendo al bloque oficialista que preside el santafesino Agustín Rossi, lo entrevistó, se puso a disposición y por supuesto se comprometió a que no volvería a repetir que se proponía investigar el destino de los fondos de Santa Cruz. No hizo fiesta a la noche porque le faltó tiempo, durmió tan plácidamente como si hubiera ganado la elección (la que perdió, naturalmente). Pero al día siguiente, cuando ya se empapaba en proyectos históricos que lo convertirían en un legislador memorable, tuvo la noticia del casquivano Bielsa: me quedo como diputado -así, cruelmente, se lo dejó dicho en el celular-; otra vez Morgado a la puerta (menos mal que es verano). Patética historia, lastimoso el personaje -como tantos de los que él inmoló en pantalla-; tal vez, sin embargo, lo más justo para él es que contrate a un abogado en busca de una reparación -moral y material-que obviamente le corresponde por ilusiones truncas. Le queda el consuelo de que Bielsa le escriba un poema, aunque sólo dedica sus estrofas a los grandes hombres.
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