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Como proyecto político puede ser preocupante para el tradicionalismo peronista, pero no debería ser inquietante para la democracia porque hoy es bastante absurdo ese tradicionalismo partidario argentino que engloba en «radicales» a Raúl Alfonsín y Leopoldo Moreau, estatistas de izquierda, con lo que fue el delarruismo o es hoy el titular del partido Angel Rozas. Lo mismo que englobar en el genérico «justicialistas» algunas figuras de este gobierno que son de izquierda, con un populismo como el duhaldista -hasta ahora domina la mayoría del PJ-, y hombres que también se ubican como peronistas pero hicieron políticas claramente libreempresistas y antiestatistas opuestas a las otras dos alas como José Manuel de la Sota, Juan Carlos Romero, Carlos Reutemann, otros gobernadores y ex gobernadores y, sobre todo, el ex presidente Carlos Menem. Sincerar ideológicamente a los partidos políticos del futuro es uno de los proyectos más meditados y mejor elaborados por el gobierno porque pondría a la Argentina en el nivel político de los países más serios donde los gobiernos se alternan períodos entre centroderecha y centroizquierda. El problema que plantea el kirchnerismo no es que quiera hacer de izquierda al Partido Justicialista y expulsar a las otras alas si tiene fuerza de votos de afiliados para lograrlo. Sí lo es -y grave- su tendencia totalitaria donde quiere hacer también de izquierda -y sin internas- a la Justicia, a toda la prensa, a las Fuerzas Armadas y de seguridad, al Congreso, a cada provincia. En definitiva, al país. No olvidar qué dijo Cristina Kirchner en Nueva York, en su conferencia, hace 48 horas en la New School University:
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