9 de diciembre 2005 - 00:00

Sin contacto en Francia

No está claro si Jacques Chirac no iba a venir a la Argentina por el maltrato que le viene infligiendo a su país el gobierno de Néstor Kirchner. O si ésa fue la excusa del propio gobierno para poder violentar la voluntad popular designando al diputado electo Rafael Bielsa como embajador. La verdad es que Chirac no está bien de salud y, quizá, no viaje a ningún país de la región. Sin embargo, tal vez ahora sí, ni siquiera estando sano pasaría por Buenos Aires. Todo el episodio Bielsa, con la última renuncia incluida, terminó por ofender al gobierno francés. Por eso, el argumento que se utilizó como coartada al comienzo de esta peripecia ahora se vuelve cierto: Jorge Taiana deberá proponerle a Kirchner como embajador en París a un gran profesional para mejorar las relaciones con Francia, sobre todo si pretende obtener el plácet razonablemente rápido.

Jacques Chirac
Jacques Chirac
No se sabe a ciencia cierta si el motivo explícito por el que el gobierno justificaba el envío de Rafael Bielsa a París era real en el momento de su formulación: que la relación bilateral con Francia está sumamente deteriorada. Es obvio que, si se trataba de un argumento artificial en el momento en que se divulgó, los desaguisados de las últimas 72 horas lo volvieron verdadero. El gobierno de Jacques Chirac, ahora sí, acumuló más razones para ofenderse con el de Néstor Kirchner. Por eso anoche en la conducción del Palacio San Martín se advertía la necesidad de destinar en Francia a un profesional que cumpla con un identikit bastante definido: que fuera «de carrera», que haya ejercido la representación ante algún país relevante para la Argentina y que ya desde ahora sea considerado amigo por el país de destino.

No tiene muchas balas en el cargador Jorge Taiana para dar en el blanco. Tal vez, apenas, una. Es su gran oportunidad para, en el debut de su gestión, demostrar autonomía y criterio para compensar los daños que se le infligieron a la política exterior en las últimas horas. Además, podría demostrar que, a diferencia de lo que sucedió en la gestión de su antecesor, la Cancillería tiene ahora gravitación en la designación de los embajadores «senior», en capitales relevantes. En el caso de París, el candidato debe suceder a uno de los representantes más destacados que tuvo el país allí por años, Juan Archibaldo Lanús, acaso sólo comparable por su inserción en la elite local con su maestro en los '60, Horacio Aguirre Legarreta.

La peripecia de Bielsa tal vez agregue razones a este cuidado que deberá tener su sucesor. Tanto el alumbramiento de su candidatura a embajador como su abrupto final están en penumbras todavía. La versión oficial es más o menos conocida. Hace dos miércoles, en una tertulia con sus amigos, Bielsa adelantó que en la Casa Rosada le habían sugerido que no se afanara por conseguir la presidencia de ninguna comisión en la Cámara de Diputados. Que para él había otro destino. Preguntó en ese momento por las vacantes que se abrieron en la Corte y también confesó su predilección por la Defensoría General, que quedó vacante, sobre todo por las nuevas exigencias que plantea al cargo la atención de cientos de oficiales militares que deben ser asistidos en causas por violaciones a los derechos humanos (lo más probable es que se le confíe la tarea a una abogada que ya se desempeña en el área). Fue como alternativa a esos otros destinos que Kirchner le confió a Bielsa la Embajada en París.

Sin embargo ayer los hechos se narraban de distinta manera. El cambio se puede deber a una especie de glasnost que abrió el propio Bielsa, con su «stream of consciousness» radial. O, mejor, al deseo de la propia Casa Rosada de degradar las razones que lo llevaban a Francia, ahora que el ex canciller le imputó al Presidente una decisión equivocada, de la que él habría estado cautivo por 24 horas durante las cuales el clamor del pueblo lo liberó (un raro 17 de octubre barrial y cínico).

• Diagnóstico

Sea como fuere, la nueva versión dice que fue Bielsa, una semana después de las elecciones, quien le hizo notar a Kirchner lo deterioradas que estaban las vinculaciones franco-argentinas. Que mejor sería renovar el trato con el gobierno de Chirac y que para eso debería nombrarse a otro embajador. «¿Quién?», habría preguntado el Presidente, alarmado con el diagnóstico. «Por ahí me podés mandar a mí», se ofreció Bielsa, dispuesto a dar el antibiótico para la bacteria que él mismo había inoculado un segundo antes.

A este relato le corresponde la anécdota que circula, imprecisa, por Buenos Aires, desde antes de ayer. Afirma que Bielsa se encontró en París, de regreso desde China, con su amiga Julieta Nonno (pelirroja, ex guerrillera, próspera exiliada desde hace décadas, vestuarista en películas de Edgardo Cozarinsky y alumna del pintor Antonio Seguí) y que le dijo: «No sabés la noticia que vas a tener el 12 de diciembre». ¿Cuál sería la novedad? ¿El anuncio del nombramiento del nuevo embajador y ex canciller? Ahora, sucedidos los hechos, la Nonno confiesa que se trataba sólo de su propia designación como agregada cultural en París.

Así como esta historia tuvo dos comienzos, también tiene el atractivo de los dos finales. ¿Fue una comadre del barrio la que, indignada, desató las tribulaciones morales de Bielsa? ¿O fue el adelanto de que su «plácet» tardaría milenios antes de que el Quai d'Orsay lo concretara? Sucede que los malos tratos al gobierno francés son ciertos, sólo que muchos de ellos fueron infligidos por Bielsa. Es decir, con su conducta de los dos últimos días coronó una serie de ofensas. ¿O no fue él quien llamó por teléfono al embajador Francis Lott para, con tono insultante, reclamarle por haber dicho que el oficialismo argentino era «sesentayochesco»? ¿No fue el neodiputado quien convocó después a Lott al Palacio San Martín para hacerlo atender por su jefe de Gabinete, Aníbal Gutiérrez? Es posible que el embajador de Francia haya hecho un guiño cortés a la designación de su ocasional verdugo como colega en París. Pero ¿la administración del Quai d'Orsay, de la que Lott fue jefe, sería consecuente con esa cordialidad? Ya le sucedió a la Argentina en los '90 que un país importante de Europa le rechazara una solicitud de plácet.

Tal vez el caso se hubiera repetido ahora, sobre todo con un gobierno que ha tardado 56 días para concederle el visto bueno a la postulación -en el caso de un país vecino- de un «full ambassador» de gran trayectoria. ¿Cuándo regresaría la solicitud sobre Bielsa, que ayer todavía dormía en la Embajada de Francia en Buenos Aires? Tal vez meses. Seguramente más de lo que recomienda tolerar la «doctrina Quintana» (por «Henry», sumo sacerdote de los manuales de uso de la diplomacia del Palacio San Martín), según la cual habría que retirar el pedido de plácet una vez que se cumplieron los 30 días de su remisión.

Sea cual fuere la razón secreta del desistimiento de Bielsa, el grito de la vecina o el más sigiloso rechazo de París, lo cierto es que su peripecia administrativa seguirá dando que hablar, ahora en el Congreso. Motivo por el cual hay que estar alerta a nuevos anuncios del poeta.

Quizá siga renunciando, a todo, y decida recluirse en un convento. Eso sí, «como Carlos V», es decir, a lo grande, como siempre.

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