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O sea, según esas versiones, el duhaldismo cobra regularmente -tal vez desde que sobrevino la democracia- derivaciones o coimas de bingos, «slots», casinos y otras expresiones lúdicas permitidas y autorizadas institucionalmente, al tiempo que desde la cúpula policial todos los meses se deriva una cuota llamada «cajón», fruto de una recaudación propia, clandestina, vinculada a actividades non sanctas que permiten, participan o protegen (de la inocente circulación de meretrices a la instalación de un prostíbulo y, lo más inquietante, otras especialidades nefastas de la delincuencia). Por supuesto, esos ingresos han sido jugosos, tal vez suficientes para cubrir gastos extras del gobierno, duplicar por izquierda salarios oficiales, comprar todo tipo de voluntades, hacer política y hasta beneficiarse personalmente. Esto, por más que los acusados no lo quieran ver ni escuchar -también extraña como la sociedad se desentiende de la denuncia- es lo que dijeron los dos funcionarios del gobierno de la provincia. O sea, Magnanini y Sain.
Una acusación con nombre y apellido dirigida al Presidente Eduardo Duhalde, quien desde hace 48 horas rumia -se supone que ruborizado- la forma de contestar con mínima dignidad. Cargo moral y penal, presuntamente, que afecta al matrimonio -mucho más que la denuncia aquella del libro de López Echagüe que generó llanto familiar en la pantalla de Grondona-, a los amigos, colaboradores y socios que hoy se encuentran como funcionarios en la Casa Rosada o en otros ministerios públicos y que lo vienen acompañando desde hace muchos años. El problema de lo que dijo Sain no es que «hay un complot político contra Solá desde el PJ bonaerense», lo serio es que confesó la financiación policial -producto de amparar los delitos- a la actividad política del duhaldismo. Ni más ni menos que un agregado a lo que ya había declarado con anticipación Magnanini en relación al juego.
Pero el drama ético y tal vez judicial no sólo es de Duhalde: ya que involucra también a Carlos Ruckauf y asesores. No olvidar. Y tanto Magnanini como Sain, por más nerviosos y ofuscados que estuvieran, no pueden ignorar que sus denuncias afectan a otros colaboradores cercanos y de máxima confianza del ahora Presidente. Nada menos que a Felipe Solá (a quien designó como vicegobernador y luego gobernador) y a Juan Pablo Cafiero, en algún momento vicejefe de Gabinete, ambos hombres que han transitado la política del brazo del mandatario y que por sus costumbres solían visitar familiarmente el solar de los Duhalde en Lomas. ¿O acaso los dos funcionarios entienden que Solá y Cafiero no han tramitado campañas, internas y administraciones -política, en suma- con el Presidente, estuviera éste en la Casa Rosada o en la residencia de La Plata? No en vano, quizás, Solá dijo ayer que «Sain cometió un error». Por lo tanto, al margen del bochorno y temor que generan estas acusaciones -todavía no contestadas por nadie, curiosamente-, queda en el aire lo que políticamente se hará con estos dos hombres, fiscales de Duhalde pero también de sus jefes inmediatos, Solá y Cafiero. Sería penoso que la gente desinteresada de estas denuncias se conformara con ser espectador de la pelea política Solá-Duhalde, Cafiero-Duhalde, y como estos hiciera que no ve y escucha lo que hay detrás del lado oscuro de la Luna. Lo que importa de los dichos de Sain y, en su momento Magnanini, no pasa solamente por una convencional pugna de poder.
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