La Unión Cívica Radical parece decidida a prolongar sus actuales disputas internas con tal de no firmar su ruptura. En la convención del 25 y 26 de este mes en Rosario eludirán consagrar a Roberto Lavagna como candidato extrapartidario, pero ratificarán su rol opositor frente a Néstor Kirchner. La indefinición de la UCR de Roberto Iglesias y de Raúl Alfonsín debilita a este sector ante los radicales K, que ya celebraron una convención paralela para adherir a la concertación del Presidente. No habrá salida hasta tanto se blanquee la postulación del ex ministro de Economía. Pero ese paso implicará la fractura del partido. En Rosario, se debatirá un documento -se adelanta en esta edición- en el que el radicalismo adhiere a conceptos lavagnistas, pero sigue sin candidato. Otro atajo sería declarar la libertad de acción.
Será un trámite la próxima convención del radicalismoen Santa Fe, el día 25. No habrá decisión sobre candidaturas -al mejor estilo peronista, les concederán esa responsabilidad futura a los cuerpos orgánicos-, tampoco explotará el partido. Al menos por ahora. Por el contrario, la discusión será tan democrática y pacífica que hasta tendrán, como invitados de honor, a dos plácidos y reconocidos socialistas: el candidato a gobernador santafesino Hermes Binner y el senador Rubén Giustiniani, también de esa provincia. No parecen casuales las visitas de estos doctores.
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Sea por razones de interés estratégico o intereses más diminutos, la parte de la convención de la UCR que pilotea Raúl Alfonsín no se pronunciará a favor de la candidatura presidencial de Roberto Lavagna, aunque ése haya sido su propósito original. Suspenden esa iniciativa, aunque el ex ministro -ya se sabe- se afirma en su vocación de postularse y a quien quiera oírlo despacha encuestas diferentes de las del gobierno (posee, por supuesto, la lista de empresas ad hoc -ya casi públicas- que desde el inicio de Néstor Kirchner le sirven a éste a cambio de jugosos contratos).
Para no definirse, le han vendido a Lavagna (y éste, por supuesto, avala ese acuerdo) lo innecesario de la prisa: sea porque enterraron el temor de que el gobierno anticipe las elecciones generales para marzo o porque, en verdad, aguardan conseguir mayor masa crítica para el emprendimiento. Por ejemplo, aguardar a que se decante el justicialismo en todo el país y algunos gajos inevitables, que no se alineen en la naranja kirchnerista, se acomoden a la propuesta lavagnista (un modelo de esa metáfora: si el aspirante de José Manuel de la Sota en Córdoba, Juan Schiaretti, debe resignarse a no ser candidato a gobernador porque Kirchner prefiere a Luis Juez, cortejarlo para sumarlo al emprendimiento. O viceversa).
Nadie sabe, sin embargo, si esto es real o esconde otra circunstancia, pues nadie duda que en el orden interno del alfonsinismo ha sido demasiado fuerte el impacto de la aparición teatral (último encuentro en Vicente López) de los disidentes pro kirchneristas encabezados por 5 gobernadores y casi dos centenares de intendentes. Este núcleo concertador, como gusta llamarse (o gente del contubernio, como dicen sus opositores, amantes de aquella expresión histórica del yrigoyenismo), tampoco propician salidas sin retorno: finalmente, piensan en un transitorio paso por el calor oficial para volver a brotar, dentro de la UCR, cuando se dirima otro mandato. Esperanzas a lo Hortensio Quijano.
Por lo tanto, los que se apartan de Alfonsín harán lectura de un documento, cruzarán opiniones, evitarán las ofensas (a menos, claro, que la Casa Rosada disponga otra instrucción y encomiende a un Luis D'Elía radical el incendio de la convención). Y, del otro lado, para no irritar, congelarán sus votos a favor de Lavagna, tratarán de impedir que se produzca un cisma que muchos imaginaban semejante al que separó a Arturo Frondizi (UCRI) de la Unión Cívica Radical del Pueblo de Ricardo Balbín (1957).
Comparación demasiado ambiciosa: hoy son muchos menos los radicales que entonces -el estallido sería una chispita-, también los dirigentes carecen del porte y los argumentos de antaño. Eso sí: todos siguen inoculados con el germen del peronismo, para bien o para mal, sea la infección del general, la de Carlos Menem o la de Kirchner. Sorprende que en 60 años no hayan podido salir del hospital.
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