Nadie ignora la debilidad de Néstor Kirchner por ciertos sindicalistas. Y se rinde ante varios, léase Hugo Moyano o Víctor De Gennaro. A los dos los obsequia, de modo que ambos se muerden los labios y ni reclaman por mejoras salariales. En el fondo, son como «los gordos», hijos del poder. Al gremialista del Estado lo acaba de condecorar, más inclusive que cuando lo llevó a comer con Lula Da Silva.Y le tocó un doble tendón a De Gennaro, ya que lo halaga por la actividad y por su condición de militante religioso: designó el Presidente como embajador en el Vaticano a Carlos Custer, viejo burócrata de la organización estatal y de organismos patrocinados por la Iglesia Católica como el Pontificio Consejo de Justicia y Paz. Es tan católico Custer que los peronistas nunca supieron si privilegió esa condición a la del amor partidario.
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Tienen sus razones: ya en los '50 se integraba a un grupo de piadosos jóvenes reclutados por un profesional del gremialismo, Emilio Maspero. Tiempos en que el peronismo asomaba como la barrera al comunismo. Claro que, a mediados de esa década, el general se peleó con los curas y la Iglesia, de modo que este ahora embajador entonces quedó más desacomodado que Antonio Cafiero, sobre todo cuando las masas peronistas se dedicaban a quemar iglesias. Pero Custer se acomodó pronto -condición de gremialista profesional, clarooptó por la cruz, estuvo cerca de los «comandos civiles» (los más pacíficos, sin duda) y el triunfante general Lonardi con la Revolución Libertadora lo cobijó en sus grupos juveniles del nacionalismo católico.
El perdón infinito del peronismo llegó más rápido que la amistad en sus propios círculos católicos. Por ejemplo, en el Episcopado no recoge grandes amigos, apenas si podría inscribírselo en un círculo vecino al del filoduhaldista Jorge Casar etto, obispo de San Isidro. Tan poca relación ha logrado cautivar que, indistintamente, hoy lo objetan desde el Arzobispado de Buenos Aires como desde el Arzobispado de La Plata, institutos que nadie ignora conducen con marcadas diferencias el cardenal Jorge Bergoglio y el ultraortodoxo Hécto rAguer. Hay que tener cualidades potentes para no ser asimilado por el entorno de esas dos personalidades.
Tal vez se trate de una gracia de Kirchner a la Iglesia, a las corporaciones que la integran como los episcopados. Así habría que pensar en esta nueva designación que favorece a otra corporación, la gremial, más es pecíficamente al grupo favorito de De Gennaro que, merced al regalo, por otro tiempo suspenderá el reclamo salarial de su organización. Favores cupulares.
Sólo falta saber ahora qué le dará Kirchner a los prelados en compensación, cuando éstos -se supone-quizás manifiesten alguna aspiración. Un colaborador de la Casa Rosada, chistoso, despejaba la incógnita: «Bueno, ahora habrá que nombrar a algún obispo como capellán mediador entre los 'gordos' en la CGT». Pero no todo es chiste. Seguramente Kirchner, con este nombramiento, también desbarata otros propósitos. Por ejemplo, el de Esteban Caselli, ahora convertido en gentilhuomo del Papa, o sea casi miembro de su familia, justo cuando Caselli tenía problemas de reconocimiento familiar. O, puede ser, lo nombró debido a que sólo a los miembros de una familia no se les pregunta los antecedentes. En rigor, Caselli, quien no pudo voltear en su momento al embajador Espeche Gil, ahora cultivaba la sensible oreja del canciller Rafael Bielsa para manejar la sucesión con la asistencia de Mario Montoto, el empresario ferroviario ya transformado en un hombre de la casa de tanto visitar al ministro. Pero el fracaso de ambos, con Custer, es total: el circuito del Estado con el Vaticano queda en manos de Casaretto, quien tiene sobre Caselli una opinión que siempre va acompañada luego por un pedido de indulgencia.
Más duro para Caselli su destino en la propia Santa Sede: como noble mayordomo del papado deberá someterse al designio de Kirchner e introducir, con pompa y circunstancia, en los salones vaticanos, a un sindicalista de izquierda. Pero, ¿cuánto le va a durar Custer a Caselli?, quien en materia de digerir hombres del sindicalismo disfruta de antecedentes: en un santiamén lo convirtió para su antojo a Carlos Ruckauf, ex ministro de Trabajo, creyente aplicado y abogado del gremio del Seguro. La fe y otros elementos mueven montañas.