2 de diciembre 2003 - 00:00

Un herido, venganza en ciernes

Con alegría partió Eduardo Duhalde en su viaje colegiado con Lula a los países árabes que antes eran de ensueño. Deja una crisis personal con el gobierno, ya planeada -no olvidar que él es jugador de ajedrez y piensa con anterioridad los movimientos-, aunque al despedirse ordenó cautela y una tregua temporal. Hasta su esposa se anotó en ese juego y en 24 horas cambió dos veces el significado de la palabra «orden», como si alguien no la hubiera interpretado correctamente. O como si ella no se hubiese hecho entender (para evitar el galimatías, ayer ni siquiera fue a recibir el diploma de diputada en La Plata). Aun así, se va preocupado el bonaerense: la reyerta con la Casa Rosada empezó antes de lo imaginado y las armas del rival no figuraban en su lista de pertrechos. Por ejemplo, la utilización de su propia gente para denostarlo, caso del ministro del Interior, Aníbal Fernández.

En su fuero más íntimo, dicen, recibió como lanzazo doble la carta de Fernández publicada en «Clarín» (medio ya casi oficial para divulgar ciertas primicias que determina el propio presidente Néstor Kirchner). Más porque el mismo día Duhalde había dialogado con el ministro, hecho no frecuente en la relación, casi siempre telefónica en los últimos meses. Tal vez vivió la carta como una traición inesperada -al menos, así lo comentan sus allegados, quienes le encontraron un nombre descalificante y gracioso al hecho que este medio no se complacerá en publicar-, ya que no aguardaba esa reacción pública de quien él ha alimentado en Quilmes para convertirlo de intendente a ministro pasando por legislador y, menos esperaba que el matutino de Noble (al que le hizo favores enormes y le concedió prebendas como un crédito inolvidable de 80 millones de dólares del Banco Provincia) se prestara a ese servicio de intermediario. Dolido partió, entonces. Como le puede doler a Duhalde, claro.

Habrá quienes pueden creer que la manifestación de Fernández brotó de su propio intelecto, de una convicción que lo desvía de su tradición duhaldista y lo pega definitivamente al nuevo oficialismo patagónico. Casi como quemar las naves con el pasado. Otros, en cambio, estiman que lo del ministro debe de haber sido una imposición perversa del propio mandatario, quien suele reclamar fidelidad humillante casi del mismo modo que la Inquisición exigía a sus devotos en la Edad Media. O sea, una manifestación de fe. Parece razonable en términos militares esa condición: no se puede dudar de los aliados cuando se desata la guerra.

• Agrupaciones paralelas

Y ésta parece próxima. Duhalde ha desplegado tropas en la provincia y lo sitia a Felipe Solá; algo semejante, aunque menos blindado el acoso, se vislumbra en la Capital: es Kirchner quien sufre el asedio, sobre todo desde el Congreso, donde diputados y senadores responden en mayoría al jeque bonaerense venido a experto en Mercosur. Observan esos ejércitos a otras legiones, sureñas, que Duhalde ve crecer promovidas por la Rosada, como los apéndices políticos del fin de semana que se reunieron para preservar el proyecto Kirchner. Entiende que no son sólo estructuras defensivas, sino agrupaciones paralelas al PJ que se asemejan a las que en los '70 construían los montoneros para reemplazar a la juventud en los gremios o en la universidad. Por si fuera poco, en estos proyectos oficialistas aparecen como dirigentes sexagenarios que se creen veinteañeros (tipo Carlos Kunkel o Dante Gullo) dispuestos a vivir lo que entonces no vivieron en el poder o lo que Juan Perón les impidió al echarlos por imberbes. Como es de imaginar, cuando hay tantas tropas dispersas, sólo un ingenuo puede imaginar que la paz será permanente. Y ésta se rompió con una excusa trivial, los pique-teros, como suele suceder en cualquier guerra. ¿O acaso la Primera empezó por el asesi-nato de un príncipe?

Hombre de no tener olvidos, a Kirchner le revolvió el hígado -que no es su mayor molestia cuando Duhalde le advirtió hace unos meses como si todo lo supiera: «No digas que no vas a hacer ciertas cosas porque en el gobierno, a veces, uno termina haciendo otras y después tiene que arrepentirse». Ese consejo de estadista experimentado fue a propósito de una declaración del mandatario quien, por entonces, prometía que jamás ordenaría una represión o «poner orden». Se guardó la observación Kirchner y, para demostrar que no son iguales, cuando el matrimonio Duhalde le insistió hace una semana con el «orden» y no «tener manos de seda» con los revoltosos piqueteros, aprovechó para responder en su mejor estilo: con todas las baterías (los dos Fernández, por ejemplo) y la mayor potencia de fuego (advertir que los Duhalde todavía son responsables ante la Justicia por la muerte de Kosteki y Santillán). Si eran insuficientes esas cargas, hasta lo soltaron al todoterreno piquetero profesional Luis D'Elía, para que lo convierta a Duhalde en una especie de carnicero nazi por cuanto medio de comunicación exista.

El bonaerense, en su inocencia (habrá que llamarla así), no podía entender: había creído con su mujer que Kirchner modificaba su conducta anterior, que había escuchado sus consejos, cuando se asoció a monseñor Casaretto en observaciones críticas a los piqueteros. Quiso avalar ese cambio, respaldarlo con miras a la convocatoria del próximo 20 de diciembre en que las organizaciones piqueteras prometen inolvidable como si fuera la toma del Palacio de Invierno (como si ese episodio hubiera sido una epopeya según lo cuentan los nostálgicos de la revolución soviética).

• Advertencia

El Presidente, suspicaz ante cualquier adhesión (mucho más ante las no requeridas) se desentendió de esa inicial queja contra los piqueteros y advirtió que había quienes lo empujaban a matar gente. Léase Eduardo Duhalde y esposa. Un regalo de Navidad por si la pareja no recibe ninguno en agradecimiento por haberle concedido los votos que lo llevaron a la Presidencia. El moño lo terminó de colocar con su carta Aníbal Fernández, quien, como se sabe, por la mano del duhaldismo ya no tiene espacio para desarrollarse en la provincia y, si le queda esa aspiración, sólo podrá intentarla con el apoyo de Kirchner. Pero nada es gratis y algo hay que pagar o declarar para utilizar la chaquetilla de los colores santacruceños.

La gente de mal humor dirá que, hastiadas, las dos partes irán al enfrentamiento. Al menos, así se lo nota a Kirchner, apremiado siempre por cierta belicosidad propia, combustión que se nutre de intereses políticos. Contrarios a los del ahora indignado Duhalde, quien a pesar del clima de fronda, insistirá con la paz sin dejar de preparar a su tropa. No quiere un desenlace tan repentino con el hombre que él mismo eligió y, en todo caso, hará esfuerzos en ese sentido. Algo así como el Operativo Dorrego, en tiempos de los '70, en el que militares protagonistas del proceso posterior desfilaban abrazados con los jóvenes montoneros sabiendo todos que luego habrían de traicionarse. Casi un estilo de vida, peculiar del peronismo, y al que el resto de los argentinos deben asistir y quizá padecer.

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