Van a abundar en estas horas los retratos del rey que abdica, con solaz en sus bloopers, amigas y más que amigas, cacerías de elefantes y, diz que ocurrió, hasta de un oso embriagado al efecto, para jolgorio de Juan Carlos y de Vladímir Putin. Quienes lo han tratado clavan el principal activo del Borbón en un estilo llano, el del ¿Por qué no te callas? lanzado a Hugo Chávez, que la leyenda asigna a su estirpe -el Alfonso XIII que recibe a Carlos Gardel y éste le pellizca la mejilla y lo saluda: ¿Qué hacés, viejito?, y nadie se enoja. Cachador bromista seduce no sólo a las damas. Puede, por ejemplo, bromear en un acto oficial en el criollo Palacio San Martín cuando advierte frente a él a un cronista con un zapato con los cordones desatados y cargarlo junto a diplomáticos como en una chanza de colegio (hay un video). Hablando de colegios, ha tenido un amigo principal en la Argentina, el empresario Santiago Soldati, compañero de banco en su infancia en un colegio de Lausanne, Suiza. Desde entonces el amigo lo llamaba, por encima o debajo de las precedencias, Juanito. El amigo español lo distinguió cada vez que vino al país o en sus santuarios de descanso en Europa. Cuando se inauguró aquel tren de la costa que unía Olivos con el Tigre, emprendimiento de los Soldati, el rey vino al país, se subió a la formación -diría Randazzo- y simuló conducirlo como un Pollo Sobrero más (si es que este Pollo ha manejado alguna vez un tren). Como jugando en un ferrocarril de juguete con el amigo de la infancia. De esa relación infantil le quedó seguramente una mirada especial del rey que se va hacia la Argentina. Se rodeó de algunos compatriotas que han tenido amistad de décadas con él, la más notable con la familia del actual embajador Carlos Bettini, exiliados en los años 70 y que han mantenido una estrecha amistad que se expresa en el hecho de que una hermana del embajador ha desempeñado tareas de confianza en el Palacio de la Zarzuela.
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Cuando Néstor y Cristina de Kirchner fueron invitados en 2006 a una cena de gala en ese palacio, Juan Carlos sentó cerca de él a Bettini, sabedor de la amistad de éste con la actual Presidente desde las estudiantinas y el rugby en La Plata, pero como señal de que también era de él. Con Raúl Alfonsín hubo también una relación especial, admirado el monarca por la firmeza en el juicio a las juntas, modelo de transición que empardaba con la española que había instaurado el Borbón legalizando al PC español y que había montado un esquema de poder que podía convivir con gobiernos conservadores y socialistas. La formación del rey había sido más que ecléctica, pese a que su padrino, Francisco Franco, le cuidaba celosamente la lista de preceptores. En esa elasticidad fue discípulo de un monárquico carlista como Eugenio Vegas Latapié o de un liberal como Alonso Zamora Vicente, príncipe de los filólogos que entre finales de los 40 y comienzos de los 50 había sido profesor en la Universidad de Buenos Aires y había probado la pócima de los Julio Cortázar y los Daniel Devoto.
De Zamora Vicente aprendió la clave para el entendimiento mutuo que formuló Jorge Luis Borges: en la Argentina el gusto por lo español es un gusto adquirido. Es decir, a los argentinos hay que tenerles paciencia. A través de él pudo completar su afición argentina, que cristalizó con Alfonsín en la firma de un tratado estratégico que contenía una cláusula democrática -para defenderla, se entiende -, una novedad en esos acuerdos que después se generalizó. Mantuvieron siempre una amistad a la distancia y cada vez que Alfonsín viajaba, ya siendo expresidente, a Madrid, lograba una oportunidad de conversar con el rey.
Con Carlos Menem maduró el costado económico del proyecto de la Corona de imponerse como el portal de los negocios de Europa en la región. El proceso de desregulación y privatización fue un festival para la economía española, que impuso sus grandes marcas a lo largo de los años 90 (el frustrado negocio de Iberia-Aerolíneas, la Telefónica, la venta de parte de YPF a Repsol sobre el final del menemato, para citar apenas las cumbres más evidentes). En el balance de la década de los 90 la inversión española en el continente llegó a superar a la de Estados Unidos: en 1999 fue de u$s 20.500 millones contra u$s 20.000.
A Néstor Kirchner lo asistió en su momento de más debilidad, cuando asumió y creyó que su tarea era renegociar con el mundo de los negocios los acuerdos que habían tenido con la administración anterior de Menem. Hizo viajes gravitantes a España, adonde habló cara a cara con los empresarios y les impuso de la idea de que si no había negocios no habría dinero para repartir con nadie, una manera de frenar las demandas de resarcimiento que llovían sobre la Argentina desde el año 2000. El más importante fue en 2003, un par de meses después de asumir y les fue a decir a la flor de los negocios de la Cámara de Madrid: Una cosa era con el menemismo y otra será con nosotros. Y ahora no hay que llorar, porque ustedes sabían a lo que se arriesgaban. De allí salió el presidente de las corporaciones, José Cuevas, con el recordado: Usted nos puso a parir. En ese momento el Gobierno español no perdió la paciencia, amortiguó el efecto de aquel cruce y logró montar un nuevo modo de relación que fructificó con el acuerdo YPF-Repsol para la incorporación del grupo argentino Eskenazi, que cerró para España lo que se había iniciado en la era Menem: convertir a Repsol en una empresa prime en el negocio de un petróleo que no tiene en su territorio. Lo que ha seguido es aún historia por develar y por escribirse sin la prisa de los hechos tan recientes.
En este balance de ocasión es difícil imaginar una relación más estrecha de los gobiernos argentinos que la que ha tenido con la monarquía de los borbones. También discernir-de la mano de esa fraternidad- sobre una historia fluctuante de acercamientos y distanciamientos en los últimos 30 años. Las administraciones que nacieron en 1983 en la Argentina contaron con Juan Carlos de Borbón como un aliado que acompañó los aciertos y las desgracias y, de Raúl Alfonsín a Cristina de Kirchner, ninguno de ellos tuvo un teléfono tan dispuesto a escuchar pedidos y quejas, pero para dar y recibir también consejos. Los gobiernos argentinos, que han tratado en su historia engarzarse en el complejo tejido del mundo extrañarán a Juan Carlos como una referencia que parecía, como el mandato de los reyes, eterno.
El continente en su formato actual le debe a este rey que se va el germen de una unidad que hoy está sellada en organismos regionales (Unasur, Mercosur, CELAC) que no hubieran existido sin el impulso previo que le dio España a alguna forma de entendimiento que superase el aislamiento entre los países durante la era de las dictaduras. Para eso sirvió el formato de las cumbres iberoamericanas que imaginaron a comienzos de los 90 los asesores de la Corona, como una forma de darle al rey un rol importante en el mundo del multilateralismo que siguió a la Guerra Fría. La Corona de España necesitaba, según aquella idea, encontrar un papel frente a los países iberoamericanos que caminaban en los procesos de transición. España podía aportar la leyenda de su propia transición del franquismo a la democracia, con un ejercicio del acuerdo bastante extraño a la tradición española, cargada de intolerancia y de divisiones que hundían sus raíces en el fondo de la historia. Ese esfuerzo que protagonizó la dirigencia española era en los 80 objeto de estudio y sus instituciones parecía marcas de exportación, como los pactos de La Moncloa, el destape y al almodovarismo. De esa trama habían participado miles de latinoamericanos que habían emigrado a España en los años 70, gerentes de un proceso que hizo famosa a España y que ese país revirtió como producto de exportación a las que habían sido sus colonias.
El modelo de ese empeño, ligado a intereses políticos y económicos del Gobierno español, les funcionó a los países de la región como la primera foto en la que podían verse los mandatarios, más allá de sus diferencias políticas e ideológicas, como nunca antes. Eso significó aquella primera cumbre de Guadalajara en 1991, comienzo de una serie de reuniones que crecieron en importancia y que permitía que presidentes democráticos escuchasen cara a cara a un Fidel Castro y discutieran con él a solas como nunca antes. La importancia de esas cumbres será reivindicada por la historia como esos hechos que nacen ligados al interés de un sector (el rey, España) pero que alcanzan un sentido que lo supera. Crecieron esos encuentros, que parieron a las otras organizaciones nuevas de la última década del siglo que, por peso propio, comenzaron a opacar las cumbres. Declinó el interés de los presidentes de la región que habían aprendido a llamarse por teléfono y a encontrarse en cumbres regionales de la mayoría de edad. La última que se realizó en Panamá la consideraron la última, y nadie niega hoy que esas cumbres se van con Juan Carlos.
El heredero, Felipe de Asturias, algo ha recibido del padre en la atención sobre la región y la Argentina. Quienes ven conspiraciones detrás de las casualidades van a señalar que el secretario privado del hoy aún príncipe se llama nada menos que Jaime Alfonsín. También que en 1985 Alfonsín Raúl recibió de manos del futuro monarca el premio que lleva su nombre en reconocimiento al aporte de su incipiente Gobierno a la cooperación internacional.
A diferencia del padre no es expansivo ni bromista, aunque igualmente llano. No se conocen experiencias profundas en la Argentina, salvo noviazgos en distintos grados de cocción con dos hijas de argentinas. La principal, Isabel Sartorius, a la que dicen nunca ha olvidado; la otra, más fugaz, Viviana Corcuera, hija de una exreina del trigo en la localidad de Firmat. Hoy las miradas se dirigen al argentino que más lo conoce y lo ha tratado, aunque niega ser su amigo personal. El exministro y diputado radical Jesús Rodríguez, con quien Felipe compartió una semana inolvidable en un seminario en la Universidad de Georgetown, en donde el español seguía una maestría en relaciones internacionales. Eran felices e indocumentados en esa estudiantina que todo lo allana, pero desde entonces se tienen como referentes en sus respectivos países. Se ven cuando uno viaja hacia el país del otro y se cruzan información. El príncipe, a diferencia de su padre, no es sólo un activo -deportista de la vela y de otras especialidades, sobre las que habla cuando se ve con otro de sus conocidos de por acá, Daniel Scioli-, también es un contemplativo: estudia de todo a la inglesa, repartiendo el saber no por capítulos ni disciplinas sino por regiones del mundo. Puede responder sobre América Latina, pero también sobre Asia, África o Europa central. Sabe lo que pasa en el mundo, le atribuyen quienes lo han tratado. No es hijo de tigre, pirata, como su padre, pero en alguna correría estuvo por estas costas, sin el conocimiento de sus amigos locales. Es parco, le parece pesar la tarea, pero si lo dejan puede llegar a ser lo que fue su padre para la Argentina, que no va a tener fácilmente otro amigo como Juan Carlos.
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