Fue ayer, otra vez, la Capital Federal -también parte del primer cordón bonaerense- un fácil escenario para el despliegue e imperio de piquetes. Tortura para automovilistas y transeúntes (la Autopista Illia soportó 2 kilómetros de autos parados), con levantamiento de peajes en Panamericana, campamento en Plaza de Mayo, otro en Avellaneda, cortes varios y más de una escaramuza. Inolvidable caos de tráfico ante la parsimonia del gobierno que ha llegado al insólito colmo de entregar credenciales para que sus funcionarios puedan superar las barreras en Plaza de Mayo. Nadie le echa la culpa a Aníbal Ibarra. Este desorden que Elisa Carrió atribuye a esta administración por haber inventado a los piqueteros -sin faltarle razón- ya conmueve a Néstor Kirchner, quien quizás aguarda más presión de estos sectores revoltosos y, en consecuencia, repulsa en los medios y la sociedad, para proceder. Es que todos estos episodios muestran un gobierno inanimado, sin respuestas del Presidente, quien sólo aduce que no reprimirá seguramente porque no encuentra los instrumentos o la política certeros. Esto, era obvio, le ha costado un brusco descenso en las encuestas, sobre todo a su candidato capitalino Rafael Bielsa. Tanto que un entendido en la materia como Mauricio Macri salió ayer a pedir prisión para los piqueteros que enloquecen el trámite diario de los porteños. Ahora en la Rosada se discute si seguir siendo prisionero de los piquetes, como Fernando de la Rúa en su momento, o cambiar de conducta. Alguno se impresionó con una frase conocida: cuando el gobierno no resuelve un problema, el problema es el gobierno.
Con impunidad
frente a la indiferencia
del gobierno,
los piqueteros
han vuelto
habitual el caos
del tránsito en el
centro porteño,
agregando el
levantamiento de
las barreras en los
peajes de las
autopistas del
Oeste, Panamericana
y a La Plata.
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