El sacerdote católico Guillermo Marcó, vocero del cardenal Jorge Bergoglio, pronunció un discurso dedicado a deslindar el papel de la Iglesia en la vida cívica del rol que corresponde por necesidad a los laicos y, más específicamente, a los políticos. Vale la pena la lectura, editada para la publicación «Valores Religiosos», por la claridad de los conceptos pero, sobre todo, por la simpatía de algunas citas.
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En una reciente encuesta realizada en los Estados Unidos a personas que habían superado los noventa años, se formuló la siguiente pregunta:
¿Qué haría distinto de lo que hizo? La respuesta que mayor cantidad de adhesiones tuvo fue: «Me hubiese gustado tomar más riesgos en mi vida».
Sin duda, monseñor Piña es un buen ejemplo de lo antedicho, es obispo, tiene 75 años, está a punto de jubilarse. ¿Para qué complicarse la vida?
Sin embargo, decidió hacer algo por la dignidad de su gente: «Nos sacamos el miedo, nos sacamos ese apriete que nos tenía a todos encogidos. Pudimos ver que la gente pueda manifestarse y superar, incluso en las urnas, un proyecto hegemónico y dominante». Para conseguirlo tuvo que ponerse al frente. Quizás a sus oponentes les resuene la frase del ex presidente Roca: «Comer carne de cura es indigesto», le escribía a Juárez Celman después de su larga pelea y posterior reconciliación con la Iglesia por la educación.
Encíclica papal
La Iglesia ha abordado numerosas veces en sus documentos la complejidad de la relación entre ella y la sociedad civil. El papa Benedicto XVI, en su primera encíclica «Deus Caritas est», nos decía:
«Para definir... la relación entre el compromiso necesario por la justicia y el servicio de la caridad, hay que tener en cuenta dos situaciones de hecho: el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política... La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe instarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige renuncias, no puede afirmarse ni prosperar».
Intentar ver en lo que hizo monseñor Piña una jugada electoral con el cardenal detrás, en un armado simplemente político.
¿Quién agarrará la posta? Los pastores deben orientar; en casos excepcionales como el de Misiones ponerse al frente; pertenece a los laicos el desafío de cambiar la sociedad.
Creo que la primera tarea la señala monseñor Piña y el ejemplo misionero: «Madurar en la conciencia cívica», el pueblo puede oponerse a la vieja política que no se quiere reformar; continúa diciendo: «Ese estilo de gobiernos feudales, que se creen dueños de todo. Claro que, como dijo el pastor Pedro Kalmbach, la gente no come vidrio». Hasta aquí el texto del obispo. Ojalá los argentinos de buena voluntad reafirmemos nuestro compromiso ciudadano para exigir de los que nos gobiernan, que en su servicio al pueblo incluyan, además de los logros económicos; transparencia en el uso de nuestros recursos públicos; una Justicia independiente con garantía para los testigos; generación de empleo, no política clientelista; orden y seguridad en nuestras calles; libertad para expresar nuestras ideas sin que se nos insulte o demonice. ¡No son favores, son «derechos humanos» que debemos reclamar en una sociedad democrática!
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