26 de febrero 2001 - 00:00

Banco Central, víctima de su propia medicina

En su declaración pública, Pedro Pou, presidente del Banco Central, enfatizó que su situación era equiparable a un linchamiento pues se lo estaba condenando por anticipado sin un debido proceso por el asunto del lavado de dinero.

La filosofía proclamada por Pou de que no puede haber sanción sin juicio previo es correcta, por lo que llama la atención que no la aplique el Banco Central que él dirige, en coordinación con los bancos de plaza, cuando inhabilita a muchas personas sin escucharlas en casos de problemas relacionados con la emisión, devolución de cheques, etcétera.

El Banco Central en ese aspecto es la institución más arbitraria de la Nación y su reglamentación (Comun. «A» 3075 y conc.) determina, por ej., que una empresa de plaza que ingrese más de cinco cheques sin provisión de fondos debe ser inhabilitada sin juicio alguno, como también para actuar en cualquier otro banco, además de cerrar la cuenta personal de aquellos mandatarios que hayan firmado los cheques librados en cantidad mayor a cinco.

Es decir que se aplica una terrible sanción de 5 años de inhabilitación (2 como mínimo en ciertos especiales casos donde se abone la multa del art. 64 de la nueva ley de cheques o se rescaten los cheques en quince días), sin derecho a defensa previa y, lo que es más grave, el cierre de cuenta particular de los presuntos mandatarios que en su mayoría nada tienen que ver pues no disponen de la decisión del giro del dinero ni tampoco poseen capital para pagar las multas, etc., con lo que el Central viola sin tapujos el sistema constitucional.

Ni que hablar de los permanentes errores de información de los bancos de plaza por los cuales miles de inocentes aparecen a diario en el «Veraz» por cuestiones ajenas, debiendo esperar años y trámites interminables ante burocracias bancarias para lavar esa imagen que el Banco Central ejecuta sin controlar la veracidad de tales informes y sin haber oído al imputado, que se convierte en sancionado automático.

Escribía con acierto Ortega y Gasset que «en el dolor nos hacemos» y quizá la vivencia propia del señor Pou de lo que a él no le preocupaba para miles de inocentes, pueda ser el primer peldaño para cambiar el reglamento citado y no se condene a la inhabilitación sin antes haber oído a los informados.

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